La beatificación del Doctor José Gregorio Hernández aprobada por Su Santidad el Papa Francisco, es la mejor noticia que ha recibido la sociedad venezolana en años. Considerado durante un siglo como el “Santo de los venezolanos” es todo un ícono de la venezolanidad que se ha mantenido incólume, lo cual es importante para un país que ha sido muy influido por la transitoriedad o el cortoplacismo; esto viene a ser una notable excepción de la que debemos sentirnos contentos por la buena nueva, orgullosos por tener un compatriota que llega oficialmente a los altares del catolicismo en hombros de su pueblo (con todo lo complejo y excepcional que eso conlleva) en lo que ha sido una labor iniciada en 1948 por parte de laicos y sacerdotes pertenecientes a la Iglesia venezolana, comprometidos con su legado material, intelectual y espiritual porque aún falta el paso definitivo que lo consagre como Santo
(canonización).

El primer escalón rumbo a la santidad es el de Siervo de Dios, que requiere poseer la fama de santidad, el haber ejercido las virtudes cristianas en grado heroico y la ausencia de obstáculos insuperables para continuar el proceso (el
Doctor J.G. Hernández recibió por duplicado ese título tanto en 1949 como en 1972); el segundo peldaño es el de Venerable en el cual son determinadas por un tribunal eclesiástico la practica continua de las virtudes cristianas, las
cuales se subdividen en teologales (fe, esperanza y caridad), cardinales (prudencia, justicia, fortaleza y templanza) y las morales (obediencia, humildad, pobreza, y castidad), en el caso del “médico de los pobres” le fue otorgado la categoría de Venerable en 1986 por parte del Papa Juan Pablo II, desde ese momento se considera un modelo para los fieles que podían rendirle culto privadamente; el penúltimo paso en el escalafón del catolicismo para lograr la santidad, es el de Beato que nuestro ilustre compatriota alcanzó en 2020 gracias a la ratificación por el Vaticano del milagro efectuado a la niña Yaxury Solórzano, por tanto ahora se le puede tributar culto público en las iglesias venezolanas solamente, mientras que la cúspide del proceso es la canonización mediante otro milagro aprobado por el Vaticano, en el cual el Beato es declarado Santo y su devoción pública se puede efectuar en cualquier lugar del mundo.

El Doctor Hernández nacido en los Andes trujillanos de Isnotú un 26 de octubre de 1864, mientras que su fallecimiento accidental ocurrió el 29 de junio de 1919 en uno de los primeros accidentes automovilísticos de Caracas envuelto con un halo de santidad , que inmediatamente se convirtió en fervor ininterrumpido de toda la sociedad desde entonces posee varias características particulares que son interesantes de resaltar: La primera es que fue fotografiado vistiendo de traje con corbata, a diferencia de la gran mayoría de imágenes que se ven en las iglesias donde están vestidos de túnicas o hábitos religiosos de hace siglos; fue un notable modernizador de los estudios y aplicación de la medicina en Venezuela por medio de sus investigaciones, asimismo haber sido fundador de la Academia Nacional de Medicina en 1904 donde ocupó el sillón número XXVIII; fue un laico comprometido que hizo de la medicina su apostolado combinando magistralmente la Ciencia y la Fe que generalmente han estado enfrentadas, el hecho ya mencionado de su muerte por atropello; la beatificación ocurre en medio de la pandemia por Covid-19 recordando que él valerosamente enfrentó la anterior pandemia de Gripe española que azotó a la humanidad 100 años atrás y que se cobró decenas de millones de víctimas a escala planetaria, me hacen pensar en la perfección del tiempo de Dios y en que todos estos elementos lo hacen bastante cercano al mundo contemporáneo.

Para una Venezuela aquejada de tantos y tan graves problemas, la noticia de la beatificación del “médico de los pobres” junto a los actos que se han venido realizando constituyen un bálsamo necesario para la población, que
personalmente comparo en buena medida con el surgimiento de Juana de Arco (convertida en Santa) en la Francia que sufría por la Guerra de los Cien Años en el siglo XV en la que su trascendental participación salvó a ese país de la disolución, u otra más reciente como lo fue el Papa polaco Juan Pablo II (también canonizado) cuyo ascenso al trono de San Pedro en 1978 ha sido vista como una señal divina de ayuda a Polonia que en el trascurso del siglo XX sufrió los horrores de las contiendas bélicas y el bolchevismo, mientras en un plano mundano su figura fue decisiva para el fin de la Guerra Fría.

Esta beatificación del Doctor José Gregorio Hernández Cisneros es una valiosa oportunidad para la Iglesia Católica, al ser la institución más antigua de Venezuela (aunque no exenta de sufrir los problemas nacionales) de fortalecerse aglutinando a los creyentes, sirviendo de “mater et magistra”. En este sentido, considero que el rol eclesiástico en la vida nacional a partir de esta excepcional elevación a los altares, debe adquirir una mayor prominencia para la regeneración espiritual, moral e intelectual de la población, que no ha tenido desde la colonia. Además, para la Iglesia es un logro enorme porque remarca la figura del cristiano ejemplar, demuestra la posibilidad de perfeccionar nuestras vidas para bien propio y de los otros, de la espiritualidad de un científico motivado por la fe que a lo largo de su vida practicó la caridad cristiana hacia sus semejantes, y porque reivindica una devoción nacional de larga data extendida a todos los niveles y todos los sectores.

Es ineludible mencionar el milagro muy milagroso de la niña Yaxury Solorzano Ortega que es el decisivo para que el Vaticano ascienda a los altares y otorgue el título de Beato a nuestro Doctor Hernández; me refiero a que es
un milagro muy milagroso por las circunstancias tan complicadas en que ocurrió cuando el 10 de marzo de 2017 la niña fue herida por un disparo en la cabeza a causa de un robo a su padre ocurrido en un caserío del estado Guárico, 5 horas más tarde luego de una travesía hasta San Fernando de Apure fue internada en el hospital de la ciudad llanera, al día siguiente es operada pero con dudas del personal médico sobre las posibilidades de supervivencia e incluso de recuperación plena debido a la gravedad de la lesión. Su madre Carmen Ortega rezó por la sanación de la niña, y ella relata que: “Le pedí a Dios el milagro por intercesión del doctor José Gregorio Hernández; cuando ya iban a entrar a quirófano, yo sentí que la bendición de José Gregorio me quitó la preocupación, porque todo iba a salir bien”, y así ocurrió contra todo pronóstico…veinte días después la niña Yaxury fue dada de alta del hospital satisfactoriamente (caminando, hablando, viendo sin inconvenientes), pasados unos meses y habiendo entregado las autoridades religiosas el informe correspondiente al Vaticano, el día 19 de junio de 2020 el Papa Francisco reconoció el milagro y autorizó la beatificación. Por tales razones trascendentales para el país, la feligresía venezolana junto a la jerarquía Católica deberán velar siempre por esa niña y su familia.

También surge la pregunta ¿cuál es la mejor manera de venerar o conmemorar a este ilustre hijo de Venezuela?, siendo evidente que su figura de inmensas proporciones ha sido honrada de múltiples maneras: Artísticas, cinematográficas, institucionales, bibliográficas, etcétera. Pues creo que haciendo énfasis en lo que fueron sus mayores desvelos mientras vivió, como lo son la salud pública y la educación universitaria, a través de la mejora del precario sistema sanitario, potenciando la investigación científica, renovando la estructura física, organizativa y pedagógica de las universidades, también publicando sus obras completas en formato digital e impreso, por ejemplo.

En el ámbito de la sociedad su figura, apartando el aspecto religioso, tiene un inmenso valor de ejemplaridad para la actualidad y el porvenir porque como señaló el historiador Tomás Straka:” Fue un científico y un profesor notable, un médico comprometido y humanitario, un ciudadano honrado”. Características éstas que necesitamos retomar con urgencia para ser mejores seres humanos y tener un mejor país; que por cierto actualmente no es muy distinto del país de su época, por cuanto la situación de Venezuela en el entre siglo XIX-XX (específicamente en el lapso 1892-1908) fue de extrema dificultad, lo que no imposibilitó que destacara en la sociedad del momento haciendo aportes de primera categoría en lo personal y profesional.

Rómulo Gallegos escribió un panegírico en ese mismo 1919, del que cito un fragmento: “No fue el duelo vulgar por la pérdida del ciudadano útil y eminente, sino un sentimiento más hondo, más noble, algo que brotaba en generosos raudales de lo más puro de la sustancia humana; un sentimiento que enfervorizaba y levantaba las almas. Cada cual había concurrido con lo mejor de si mismo… cada cual buscó su luz propia y la encendió, dieron así los corazones sus mejores destellos; la incomparable emoción de la lumbre interior, ardiendo ante un noble nos ennobleció la vida. Sin duda fue éste el más precioso don de cuantos otorgó próvidamente el Doctor Hernández… el bien que se hace brotar espontáneamente en cada alma, porque éste nos devuelve la fe en nosotros mismos y nos hace conocer el santo orgullo de sentirnos buenos”.

El ahora Beato José Gregorio Hernández y próximamente Santo, es nuestro, es orgullo de todos los venezolanos de ayer, de hoy y lo será siempre.

Nota: Este artículo es un gesto de gratitud del autor por un favor recibido del Doctor J.G.H. con su mano santa y sanadora.

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