Algunos cronistas trazan el dorado apellido de “Miranda” por aquellos paisajes verdosos del antiguo Reino de Oviedo, de las primeras entidades cristianas de resistencia en la actual Madre España, en donde insignes caballeros ganaban ejecutorias de nobleza durante la Edad Media. De allí, probablemente, florece el temperamento del jovencito Sebastián Francisco. Aquel carácter ibérico recibirá con gracia la sangre caraqueña de la madre, situándose como un criollo inflexible, poderosamente vehemente y de alma ardiente. Sufría de ataques de cólera, no toleraba las contradicciones absurdas en su presencia y mucho menos las opinión de aquellos intelectualmente inferiores y sumisos a su sapiencia dichosa y demostrada. Su orgullo la llevaba como pulcra corona y su altar lo constituía su aristocrática postura de Grande Hombre. Poseía una dignidad imponente y modales cortesanos que le permitían codearse con reyes y sabios, aunque esto también le granjeó fama de vanidoso y jactancioso.
Era supremamente inquieto, movíase las manos de forma convulsa, al igual que los pies. A esa motricidad dinámica, se le ajustaba un sentido poco común de la pulcritud, comiendo con precaución, cuidando los detalles más mínimos. Sus dientes tenían fama de blancura envidiable, cuya brillantez nunca se opacó por el exceso de vino o alcohol, pues rehuía de aquellos venenos del gusto. Considerado un “Casanova” metódico, registró sus numerosas aventuras eróticas con franqueza, pero sin haber experimentado, según algunos autores, un amor profundo y único. Su relación más estable fue con su ama de llaves, Sarah Andrews, madre de sus dos hijos ilegítimos.
Se le describe como una “enciclopedia andante” y un humanista que hizo suyo el proverbio de Terencio: “Como hombre, no encuentro nada humano extraño a mi interés”. Poseía una memoria prodigiosa y dominaba entre cinco y seis idiomas. ¡Todo un conjunto de saberes excelsos comprimidos en aquella imagen que se extendía, por sus glorias, a través de toda esa región que fue su mayor sueño y obsesión: la América toda!
Estudios y discursos se han expuesto, elevaciones de monumentos, homenajes póstumos, reconocimiento a sus grandezas como “El Venezolano más Universal”, título que reside, para alegría nuestra, en el inmortal Arco del Triunfo en la ciudad de París. ¿Pero qué legado, además del político y militar, nos ha sido heredado de esta gloria americana que supo hacer suyo el título del universalismo americano? En su reconocido archivo, el cual llevaba hacia donde fuese, titulado “Colombeia”, podemos apreciar, según fragmentos, aquello que se hace nombrar “Ciencia del vivir”.
En sus manuscritos, entre los cuales, cómicamente, resaltan aquellos relacionados a su imperiosa actividad como Don Juan, hallamos, por otro lado, verdaderas orientaciones que sirven a los adictos a la rectitud del honor, a la majadería por la altura del prestigio y a la consagración del nombre. “Saber disimular y no fingir; todo esto con prudencia has de ejercer, para acertar la Ciencia del Vivir”.
Acompaña al cuidado de sus protegidos en código de consejero casi paternal, por ejemplo, recuerdo aquel pasaje en donde a Bernardo O’Higgins, discípulo que años más tarde ganaría cierta fama en su tierra natal chilena, en una ocasión, le advierte que “no hay nada más insensato, a veces más peligroso, que aconsejar a los tontos”.
En esta ciencia del vivir, los libros ocupan un lugar especial y acaso místico y divino, pues nuestro generalísimo, en distintas ocasiones, hállese a gusto en lecturas profundas y hondas, y a menudo despertaba en él ese ánimo infantil cuando se topaba con obras antes no leídas ni conocidas, exclamando de alegría el gusto de una lectura novedosa. Amaba la lectura, devoraba bibliotecas, hasta el punto en que él, con todo ese desbordamiento de cultura, se convirtió en una tesorería de máximas, reflexiones y disertaciones al servicio de los más ilustres, y fue este motivo de su inmanente atracción para con figuras de relieve histórico.
Miranda fue un hombre de arrebolada conversación, capaz de escuchar con aspereza lo ajeno y de imponer, casi siempre, el peso de su propio pensamiento, sin quebrar por ello la corriente viva del diálogo. Su paso por el mundo lo llevó a cruzarse con figuras mayores de su tiempo, librándose breviarios dialógicos, hondos en su revelación. En Filadelfia trató a George Washington, a quien vio reservado y medido, dueño de una calma que no le impedía juzgar con severidad el culto excesivo que lo elevaba sobre otros hombres de mérito. A Thomas Jefferson lo estimó más cercano a las letras que al gobierno, aunque recogió en él visiones amplias sobre el destino del Nuevo Mundo. En Boston quedó impresionado por Samuel Adams, a quien reconoció talento y saber, mientras que con Alexander Hamilton sostuvo un vínculo constante y cordial. En Londres y París trató a Thomas Paine, a quien tuvo por observador agudo y aliado de la libertad.
En el Viejo Mundo, su figura atravesó cortes y salones. En la futura casa de Dostoievski y Tólstoi fue admitido en la cercanía de Catalina la Grande, a quien primero admiró por su talento y luego juzgó como desfigurada por el peso de la realeza, y entre otras curiosas anécdotas que involucran una intimidad hasta hoy polémica. En París conoció a Napoleón Bonaparte, a quien miró con interés en sus inicios y con rechazo cuando el poder se hizo absoluto, mientras este veía en Miranda un espíritu encendido, ajeno a la locura y cercano a una forma de fuego interior equiparándolo a un Don Quijote sin el desquiciamiento de aquel. Admiró la capacidad militar de Federico II de Prusia, aunque reprochó el trato dado a sus tropas. En Polonia halló en Estanislao II Poniatowski un espíritu cultivado y curioso por América. Con William Pitt el Joven sostuvo conversaciones discretas en busca de apoyo, y de él recibió respeto y desengaño.
Su tránsito no fue ajeno al mundo de las ideas y las artes. Visitó a Joseph Haydn en su retiro musical y compartió con él impresiones sobre la música. En Lausana dialogó con Edward Gibbon sobre Roma, en una casa poblada de libros que parecía prolongación de su obra. El suizo Johann Kaspar Lavater trazó su retrato y creyó ver en él una fuerza singular para penetrar la condición humana: “Hombre todopoderoso, vives en el sentido de la fuerza. ¿Quién puede penetrar la realidad como tú, a quien escapan tan pocas cosas? ¿Quién, como tú, comprende todas las debilidades de los débiles? ¿Quién comprende, como tú, el poderío de los fuertes? ¡De qué resolución, energía y habilidad; de qué orgullo despreciativo y de qué valor te ha dotado la naturaleza!”. En Milán conversó largamente con Cesare Beccaria sobre justicia y América, y en Marsella fue recibido con afecto por Guillaume-Thomas Raynal, con quien sostuvo diálogos prolongados sobre política y su tiempo.
Miranda se eleva más allá de la medida estrecha de la ciencia histórica abúlica, y en su figura no percibo un simple registro entre tantos, sino una presencia que desborda el marco de lo verificable para instalarse en la región de los símbolos vivos. Desde la distancia del tiempo americano aparece como una idea viva, una idea-fuerza que encarna algo más que la suma de sus actos, una forma superior del ser venezolano que no necesita ser nombrado entre otros porque los contiene. Es, para nuestra tierra, el primer hispanoamericano que se sienta entre los grandes del mundo y es reconocido por ellos sin distinción de origen, como si su trayectoria hubiera roto de antemano las barreras de su tiempo. Su nombre quedó ligado a tres grandes sacudidas de la modernidad, la independencia de las colonias inglesas en América, la Revolución Francesa y la Emancipación de Hispanoamérica, lo que lo convierte en una figura sin paralelo, un hombre cuya fidelidad se dirige menos a una geografía que a la causa más amplia de la libertad humana.
En él se advierte una voluntad que penetra la oscuridad colonial con claridad anticipadora, una inteligencia que logra concebir antes que otros la forma posible de la revolución en estas tierras. Miranda se muestra como la primera encarnación consciente de la americanidad, no solo como idea política, sino como destino. A él se debe el nacimiento de la sagrada tricolor que aún nos convoca, su firma descansa en el acto que consagra la Independencia y su pensamiento ofrece el primer aliento a la noción imperial de Colombia, mucho antes de que la espada la hiciera posible en la historia por obra de Aquel capaz de igualarlo e incluso superarlo.
Sobre su figura se han depositado diversos apelativos que buscan abarcar su complejidad, imágenes-rituales que remiten al profeta en Moisés, al mártir en el Nazareno y al caballero en Don Quijote, como si su vida reuniera en un perol inmenso las grandes angustias, tragedias y glorias de las existencias exigidas por la Providencia. Ninguna de esas designaciones logra contenerlo del todo, y acaso baste su pulcro nombre, para reconocer en él al venezolano, al americano de proyección más vasta y magnífica, Francisco de Miranda, cuya energía histórica no se agota en su tiempo y que aún irradia sentido en la conciencia de la América independiente.





