Santa Ana de Coro, Pura y Limpia Concepción de El Tocuyo, Nueva Segovia de Barquisimeto, Nueva Valencia del Rey, Trujillo de Cuicas, Santiago de León de Caracas, San Juan Bautista del Portillo de Carora, Nueva Zamora de la Laguna de Maracaibo, San Sebastián de los Reyes, Espíritu Santo del Valle de San Juan de Guanaguanare. Eran esas, no más que diez, y llamábanse así, las ciudades que había levantado la sangre derramada y levantadas permanecían en la Gobernación de Venezuela al despuntar el primer sol de 1600. Y faltaba sangre por derramar. No se habían poseído todas las tierras, ni se habían fundado todas las ciudades. La conquista estaba incompleta; llevaba así poco menos de un siglo.

El indómito indio había ofrecido la mayor de las resistencias al castellano, pero a base de empeño poseyó la tierra el fiero hombre blanco. No con las armas, sino con el empeño se derramó la sangre. Por el empeño fueron cayendo las gentes y se sembraron los rollos de justicia. Pero no bastó el empeño. Nívares y jirajaras guerrearon contra la soberbia España desde que Miguel, el esclavo, fue rey del río Buría. Pusiéronle pare a la expansión de Venezuela; frenaron el repartimiento de hidalguía y de imperio en aquellas tierras que aún no existían. Y para crear imperio, debía la España derramar sangre: debíase crear un república que pusiera regimiento a la silvestricidad del arcabuco. Debía nacer otra ciudad.
Y el año fue el de 1628, un 25 de enero, cuando la sangre dio a luz nuevamente. Pero la ciudad que la España parió ese día fue no más que la sola hermana nata, la única de una serie de engendramientos y abortos que venían dándose desde un septenio atrás. Como en el resto del occidente de aquella Tierra Firme incógnita, la impronta saqueadora de los Bélzares alemanes fue la que permitió a los oídos europeos escuchar el nombre de Nirgua por vez primera. O quizá fue Nivar, o Nirva, o Nirua. Diremos que Nirgua, pues son también más o menos incógnitas las transformaciones fonéticas que en la lengua castellana pudo haber tenido la designación que el indio daba a su río, su arcabuco y su montaña, que el blanco llamará luego, como hasta hoy, Picacho.
Fue Federmann, o Fredemán, o Frideman, en fin, el teniente general, que por inoportunas coincidencias tuvo que fundar luego la ciudad de Bogotá, quien en una de sus entradas en reconocimiento de la Terra Ignota hizo apuntes en su lengua germana de aquellas feroces gentes que se canibalizaban, «xideharas», jirajaras, que, sin embargo, aún temían al vello facial de los mitad hombre y mitad bestia, de piel brillante y que perdían su capacidad para pelear al caer la lluvia o al adentrarse en la humedad del hogar del indio. No maquinaban los Bélzares dar religión, lengua, cultura y gobierno; derramaron sangre a borbotones que no dio a luz porque nunca hubo Dorado. El Dorado era lo único que se buscaba.
Y ciertamente nunca hubo Dorado, pero creyóse haber. Ya siendo Venezuela no solo una factoría comercial sino también tierra española, murmuraciones entre los hombres de armas de existir oro a la altura de un riachuelo mentado Buría llevaron a Villegas, el teniente general, a sacar a un Damián del Barrio, soldado del rey, de su capital de paja y bahareque para que descubriera la áurea fuente. Vióse más que ganadora la España cuando lo que descubrió, el Real de Minas de Buría, rendía lo suficiente para pagar a Carlos, el Emperador de los Romanos, sus quintos y además dar de comer a la gente en El Tocuyo. Pero El Tocuyo quedaba muy lejos, y los indios eran muchos. Funda Villegas la Nueva Segovia, no de Barquisimeto, sino de Buría; prospera el Real, se importan esclavos.
Un Miguel mató cuanto hidalgo pudo y escapó al monte con cuanto negro encontró. En la cumbe empalada ideóse rey, llamóle reina a su mujer y príncipe a su hijo, y como de costumbres era castellano, consagró obispo que llevara cuenta de los asuntos divinos en el reino. Envía el rey un mensaje a la nación enemiga: «Quemaremos la Nueva Segovia, tomaremos sus haciendas y mujeres». Atacan los negros la aldea de los blancos, y el capitán Diego (Hernández) los repele. Los prisioneros que toman los españoles guían al capitán Diego (de Losada) y su escuadra hasta la cumbe. Miguel es muerto y se disuelve el reino, toda su población es devuelta a la esclavitud: no se imaginaron estos desgraciados que serán sus descendientes quienes funden y habiten una república española en el lugar que ellos reclamaron propio.
La Nueva Segovia murió como nació. Pero como en Venezuela ningún engendramiento es vacuo, volvió a nacer en otro sitio, con otro nombre. De hecho, volvió a nacer en dos sitios, con dos nombres distintos: una fue ciudad y se llamó Barquisimeto, la otra una villa y se llamó Las Palmas. El germen primigenio de la sangre derramada en Nueva Segovia dio a luz a dos líneas de sucesión. Las Palmas fue fundada en tierra de los nívares y xideharas que a la sazón de la muerte de Miguel mataban hidalgos a montones y frenaban la producción de las vetas del riachuelo.
Fue entonces en la Nirgua que el capitán Diego (de Montes), luego un famoso viejo sabio de la capital, fundó la villa que murió presto de desatención. No duró más que un verano. Y en el invierno murió de hambre e indios la Villa de Nirgua que levantó el capitán Diego (de Paradas) en un sitio más cercano y con un nombre más parecido al de la república del siglo postrero. La vuelve a fundar el capitán Diego (Romero) que la bautiza Villa Rica, pues se procuraba lo fuera. A un sitio más a propósito la muda como Nueva Jerez del Rey, quizá por ser aquel engendro la frontera que separaba a la España y su Venezuela de la tierra inculta e inexistente del indio. Pero Nueva Jerez se llamaba en los documentos: Nirgua del Collado la mentaba la hidalguía porque la mandó fundar el gobernador don Pablo, llamado por los hidalgos Faldetas. Y en el hidalgo pueblo descansó el único gobernador de una tierra que, a propósito, murió sin gestarse, aquella deseada Nueva Extremadura.
Tiempo luego surge la inequívoca permanencia de la España en el arcabuco xidehara. En domesticación de la incivilidad un viejo capitán Diego, Diego de Losada, crea cultura en el sitio de la antigua Villa Rica; en aquella provincia a mitad de camino entre la inexistencia y la civilización. Lo hace jugando toros y cañas, y luchando torneos entré la hidalguía que lo acompañaba a fundar un pueblo en la fiera provincia de los indios caracas, más allá de las fronteras de la España. En 15 años, desde el año de 52 hasta el de 67, la sangre dio a luz a cuatro pueblos en el teatro de la Provincia de Nirgua. Y en el de 69 otro Juan, de Veintemilla, levantó a su santo un Real que no acabó de sucumbir a la indiada y ni siquiera a la inclemencia del tiempo, pues aún hoy se asoma su esqueleto. Lo que perdió fue el santo.
Los anales no registraron cuándo y por qué murió la Nueva Jerez, y república nueva no hubo hasta el sol del 1604. Heredera de Albión debía decirse la Nueva Londres que en Buría fundaron los mestizos anegrados descendientes de los vasallos del rey Miguel y el rey Felipe. Fueron mestizos anegrados los fundadores porque el hidalgo empeñado ya no quería ser soldado sino que dedicarse a no explotar los apacibles campos de la Venezuela conquistada con su sangre. Don Gonzalito, hidalgo de hidalgos, el caballero del erguido penacho y la capa colorada, actor del más sublime teatro de la guerra indiana, levantó en el 09 una Santa Ana de Alquiza; si antes Nirgua fue de Collado, ahora lo era de Sancho. Pero Nirgua no fue ni de Collado, ni de Alquiza, y tampoco lo había sido de Villegas, de Villasinda, de Ponce de León, ni de Vaca. No fue de Miguel, ni de Carlos, ni de Felipe; no fue de la España, ni de Venezuela. Aún era Nirgua de los xideharas y nívares que habitaban sus montes, se bañaban en sus ríos y mataban españoles en sus campos. Aún no había posesión. Desde el 52 no se había sembrado un rollo de justicia que durara más que meses. No se había derramado sangre suficiente que diera a luz a la república que civilizara la tierra. Pero no faltaba mucha por derramar. Y el año fue el de 1628, un 25 de enero, cuando la sangre dio a luz nuevamente. Y el vástago sería la undécima ciudad, Santa María de la Victoria del Prado de Talavera de Nirgua.



Tiene un hermoso estilo literario el artículo, además se puede leer como un homenaje a tu lugar natal. Porque ahora sabemos que Nirgua tiene Historia. Te felicito una vez más
Los hechos humanos siempre están ahí, esperando a ser escarbados, interpretados y difundidos. Mil gracias por el bello comentario, Rajihv.
Desearía conocer algo más sobre el capitán romero.Donde nació,sus padres.o la infrmacio que tenga.Gracias