Códigos psicosociales de la Hegemonía Militar Tachirense

La Hegemonía Militar Tachirense transformó de manera irreversible el rumbo de la nación venezolana. Abarcó el ciclo histórico que va de 1899 a 1945, con una prolongación decisiva entre 1952 y 1958. En ese amplio período, cuatro gobernantes originarios del estado Táchira consolidaron un proyecto de poder que ordenó, modernizó y proyectó a Venezuela hacia la era del petróleo y el siglo XX. Se trató de militares pragmáticos, sin dependencia de doctrinas políticas rígidas, más atentos a la eficacia y la competencia administrativa que a la retórica partidista. Su misión, en esencia, consistió en garantizar estabilidad y hacer funcionar el Estado venezolano.

A partir de los conceptos sociológicos de Pierre Bourdieu —especialmente los relacionados con el campo político, los distintos tipos de capital y el habitus— y apoyándome en algunos postulados de Antonio Pérez Vivas en su obra “Pérez Jiménez y la Hegemonía Andina” y algunos elementos extraídos de la biografía sobre Juan Vicente Gómez del distinguido historiador Tomás Polanco Alcántara, desarrollaré algunos elementos que permiten comprender este proceso fundamental. La construcción de un poder nacional desde las montañas andinas no fue solo un fenómeno militar, sino también un hecho social profundamente arraigado en la identidad regional y en la capacidad de sus élites para convertir sus recursos, redes y disposiciones en dominación política efectiva.

Si se quiere comprender la hegemonía militar tachirense, hay que auscultar antes el alma que la precede. La idiosincrasia andina no brota del vacío o del azar, se nutre de una extensa raíz, dura, silenciosa. Mientras buena parte del territorio que hoy llamamos Venezuela se extendía en horizontes de nomadismo o en culturas que no lograron consolidar una vida productiva estable, la Cordillera de los Andes —Trujillo, Mérida, Táchira— resguardaba comunidades heredadas de la gran civilización chibcha, con la huella incaica en su memoria profunda. Ahí el mestizaje formó hombres de perfiles indígenas marcados, de espíritu laborioso, de reflexión paciente, de inteligencia práctica, siendo pueblos tallados por siglos de obediencia al rigor de la tierra.

Juan Vicente Gómez

Durante el convulso siglo XIX, mientras el resto del país se desangraba entre la disolución de la Guerra Federal y el desorden anarco-feudal de los caudillos, la montaña seguía su propio compás natural. Lejos del ruido de las montoneras, los Andes cultivaban café y frutos menores; afinaban, sin saberlo, un modelo económico de noble sencillez, en donde la tierra era del que la trabajaba. No hubo allí latifundios vastos ni peonajes humillantes, por el contrario, existía una ética austera del esfuerzo personal, del hogar erguido sobre el sudor de la familia, en un seguimiento sincero del principio bíblico establecido en el Génesis. En esas altas tierras se marcó un principio que luego gobernaría su carácter político, cuya doctrina quedó grabada en que “los vagos y rufianes no tenían cabida”. El orden no era una aspiración teórica; era una necesidad vital.

Esta mentalidad productiva —templada en la disciplina del trabajo y en la convicción de que la ley, en gran parte del país, era apenas un “artículo de lujo”— alimentó en el andino una sospecha permanente: allá abajo, en las llanuras y costas, el bochinche se había vuelto estilo de vida, y ese desorden deshonraba al hombre que se levantaba temprano para ganarse el pan y, esencialmente, deshonraba al “ser” venezolano. Donde la indolencia y la chabacanería eran premiadas y el esfuerzo honorable castigado o pisoteado, el espíritu montañés del andino se sintió, casi por fatalidad histórica, llamado a la acción política y social, para alejarse de la socarronería.

Cuando el siglo XIX se arrastraba hacia su término histórico, dejando tras de sí un país exhausto de revoluciones fratricidas, sin crédito ni prestigio alguno, rehén de empréstitos inmorales y de un caos que amenazaba con disolverlo todo —¡disgregación!—, los hombres del Táchira descendieron a imponer el orden. No fue una invasión, fue una corrección. Cayeron en 1899 como quien baja de las alturas envalentonado para salvar lo que se derrumba abruptamente. La aventura de Cipriano Castro triunfó, para sorpresa de la historia venezolana, en buena medida, porque los Andes habían acumulado algo que al resto del territorio comenzaba a faltarle: población activa, gente que sabía trabajar, mandar y obedecer sin deshonra. La hegemonía andina, que se inauguró con ese paso firme, sería la más prolongada de nuestra historia republicana. Medio siglo en donde el orden no se confundió con el destino patrio, sino que el orden se convirtió en la urgencia existencial de toda una nación.

Con la hegemonía andina se consolidó por fin una economía racional, cimentada en la productividad y no en la rapiña personalista tan común en otros regímenes de nuestra común historia. Se extinguió, paso a paso, el “caudillismo semifeudal” que mantenía al país preso en su convulsión histórica. No se tomó el poder, no fue ese asalto agresivo, fue un desempeño extraordinario para el avance de su triunfo.

Ya en los años iniciales de ese ciclo, mentes prácticas como la de Román Cárdenas imaginaron y planificaron un sistema vial capaz de unir al país, superando el aislamiento que había alimentado al caudillo local. Después, el General Juan Vicente Gómez, con mano férrea pero visión clara, pacificó el territorio, lo comunicó de punta a punta, desmontó el poder de los caudillos y saldó, sin titubeos, la onerosa deuda externa, en una fecha importantísima: el centenario por la muerte del Padre Libertador. Podrá discutirse su dureza y acaso brusquedad, pero no su obra efectiva. En donde antes había una lucha de dialécticas y materializaciones políticas descalabradas, se levantaron las bases del Estado moderno de Venezuela.

Sus herederos en el mando, Eleazar López Contreras e Isaías Medina Angarita, grandes hombres de virtudes grandiosas, continuaron esa modernización institucional y política ya sin los rigores de la violencia política del César de La Muleta. Con ellos dos vendrían el Banco Central, la tecnificación de la administración pública, la apertura progresiva de libertades democráticas. Se hacía un país que se alejaba de los métodos del Benemérito y aprendía a gobernarse a sí mismo.

Eleazar López Contreras

Más tarde, el General Marcos Pérez Jiménez retomó la tradición andina en clave desarrollista y tecnocrática. Su apuesta ya no era sólo ordenar el territorio, sino modelar la nación entera: transformar el medio físico para transformar la mentalidad del venezolano. No es exageración recordar que su gestión alcanzó el más alto coeficiente de inversión en obras reproductivas de nuestra historia —más del 53% del gasto público— y que llevó a Venezuela a ser líder continental en organización sanitaria, estabilidad monetaria y ejecución de grandes infraestructuras. Una época en que la grandeza parecía al alcance de la mano del venezolano.

A todo esto, al observar en rápida semblanza las ejecutorias presidenciales del ciclo andino, emergen patrones de conducta política que se repiten con la persistencia de un sello de origen. Entre ellos, el más notorio —y acaso el que estructura todos los demás— es la supremacía del orden como principio rector: orden en las obras públicas, en la administración, en las finanzas, en la vida social; disciplina en el mando y en la ejecución. Esa obsesión organizadora —hinc et nunc— no es casualidad ni un accidente histórico, pues responde a una psicología forjada en la dureza de la montaña, en el esfuerzo cotidiano y en la noción de que la autoridad es condición innegociable para la prosperidad.

Isaías Medina Angarita

De ahí, pues, que convenga excavar —sí, excavar— en las capas profundas de la mente andina para desentrañar cómo su ethos se hizo praxis de gobierno; cómo la sobriedad del campo se tradujo en instituciones; cómo la experiencia de la frontera se convirtió en hegemonía nacional. Solo entonces podremos ver con nitidez que su poder no derivó meramente de la fuerza de las armas, sino de algo más sólido y persistente. Hablamos de una ética del trabajo, del orden y del deber que se impuso como destino político de Venezuela durante más de medio siglo.

Además de lo ya expuesto, conviene precisar algunos conceptos elementales para comprender no solo la estructura sociológica del andino, sino también la arquitectura conceptual que sostiene esta reflexión. En el centro de dichas consideraciones se encuentra una facultad que, a mi juicio, define la psicología política del Táchira: la inteligencia convergente.

Mientras gran parte del país vivía en la dispersión mental y el sentimentalismo político, los hombres de la montaña aprendieron a condensar, a sintetizar, a analizar lo complejo sin perderse en abstracciones inútiles. La inteligencia convergente se expresa en la capacidad de atacar el problema y resolverlo, sin divagaciones. Nace así la obra pública metódica, la tecnificación del Estado, el rigor en la administración, el realismo político como principio rector.

Nada resulta más evidente para demostrar esta convergencia mental que la centralización del poder, lo cual se expresa como una cirugía civil necesaria para extirpar al caudillismo, esa gangrena venezolana que redujo la República a una feria de caprichos provinciales. Los gobernantes andinos comprendieron —por instinto reflexivo— que la unidad de mando es la primera condición de la eficacia, que sólo una autoridad central podía refundar la nación y poner término a la barbarie del “sálvese quien pueda” federal.

Pero esta inteligencia del orden brota de un humus cultural sólido. Los andinos encarnan, como pocos pueblos de América, la moral del trabajo: laboriosidad, ahorro, disciplina cotidiana, como ya hemos señalado. No esperan que la riqueza caiga del cielo ni que un petróleo paternal los redima; su principio se incrusta decisivamente en su psique: “la riqueza se construye”. El ejemplo de Juan Vicente Gómez —hombre que llega al poder tras ser un hacendado exitoso en La Mulera— muestra esta pedagogía discreta, porque emprende, primero a través del trabajo, y luego se manda a la aventura revolucionaria.

A ello se suma una firmeza espiritual templada en la altura. Religiosidad profunda, solidez familiar, respeto jerárquico sin servilismo, cortesía en el trato y una solidaridad vertical, unida por la lealtad a la palabra dada. Nada de improvisación. Nada de bochinche. ¡Deberíamos tomar nota, camaradas!

Marcos Pérez Jiménez

Es aquí donde contrastan las miserias psicológicas de ciertos detractores. Rómulo Betancourt —movido por lo que Antonio Pérez Vivas llama una “patología de proyección”— descargó sus resentimientos contra el carácter andino, tachándolo de “cazurro”, “desconfiado”, “sórdido”, y denunciando en él un supuesto espíritu feudal. Pero la realidad histórica —¡sempiternus testis!— lo contradice sin clemencias. Fueron los andinos quienes modernizaron a Venezuela, quienes pacificaron el país, quienes organizaron el Estado y, al hacerlo, quienes hicieron posible que otros después se jactaran de democracia en una nación ya cimentada.

Si deseamos elevar el análisis hacia una comprensión más fina del fenómeno, bien vale traer a colación la teoría de los campos de Pierre Bourdieu. La sociedad —nos advierte el sociólogo— no es un caos informe, sino un conjunto de universos de competencia, de luchas por recursos, de estrategias para conquistar posiciones dominantes. Y el campo político, ¡ay!, es acaso el más implacable de todos, pues allí se juega el poder de consagrar la historia.

A finales del siglo XIX, el campo político venezolano era un teatro devastado: guerras civiles interminables, élites exhaustas, una república en ruinas. Fue justamente en ese vacío donde los tachirenses irrumpieron como unos “recién llegados” al banquillo del poder, pero no como invitados fugaces, aparecían como conquistadores de una mesa que otros habían abandonado y que venían a reparar y a quedársela. No se trataba de improvisados, porque arribaron montados sobre capitales acumulados en la dureza de la vida andina, listos para ser convertidos en autoridad legítima.

Tenían un capital militar robusto: redes castrenses de frontera, disciplina férrea, experiencia prolongada en algunas campañas. Poseían un capital social igualmente cohesivo, convergen parentescos, alianzas leales, vínculos sellados en la aspereza de la montaña. Arrastraban además un capital simbólico que irradiaba honorabilidad, el ya mencionado mito del hombre andino, fuerte, honrado y protector del orden. A ello se sumaba el capital territorial, pues dominaban una frontera viva, lugar ideal para reclutar brazos y recursos para extender su capacidad. Y, una vez tomaron Caracas, ese caudal se transformó en capital político, luego reforzado por el petróleo —el célebre oro negro que consolidó la centralidad del mando y la verticalidad del Estado en la década de 1920.

Nada de esto era producto del azar. Todos esos capitales estaban más o menos preformados, incubados en la vida regional andina y dispuestos a irrumpir cuando el país se desangraba —y así fue, en efecto—. Ahora bien, estos capitales no flotaban en el aire como teorías livianas, dado que estaban anclados en un habitus. Ese misterio encarnado en el cuerpo, en la conducta espontánea, en la reacción inmediata, cultura congénita expresada inconscientemente. El habitus tachirense había sido moldeado por siglos: disciplina, austeridad, obediencia al mando, una mentalidad “militar-agraria” curtida en el trabajo duro y el rigor físico. Identidad de frontera: alerta permanente, organización defensiva, como un sexto sentido sociológico. Religiosidad sobria, jerárquica, comunitaria. Una psicología del deber que privilegiaba la verticalidad y la centralización sobre la verborrea partidista y el sentimentalismo anárquico que se respiraba en los llanos y costas y que tanto costó al país, fundamentalmente, en ese ciclo de guerras civiles que selló Gómez en 1903. 

Bien nos recuerda Bourdieu que el poder conquistado no está jamás asegurado. Hay que reproducirlo, y los andinos lo hicieron con maestría y vale la pena, verdaderamente, detenerse en este aspecto. Formaron nuevos cuadros militares del mismo origen; aseguraron las lealtades promoviendo internamente al Ejército; utilizaron al Estado como instrumento de cohesión y no de dispersión; construyeron grandes obras que hablaban mejor que cualquier griterío demagógico; usaron el petróleo como cemento del edificio nacional y, sobre todo, aseguraban las vías orgánicas de un país, el orden 

En suma, pienso, Gómez preparó a López Contreras, este a Medina, y aquel, en cierta medida y considerando los factores abruptos de por medio, a la coyuntura que agarró Pérez Jiménez; entonces no fue casualidad, fue una continuidad estratégica, al menos hasta Medina. Más que un gobierno en un sentido común u ordinario, fue una dinastía del campo político, una hegemonía legitimada por su eficacia basada en la competencia y los resultados positivos.

Y como todo dominio que perdura, llegó un momento en que no necesitó justificarse. La “violencia simbólica”, proceso por el cual el orden se vuelve evidente e incluso necesario para los dominados, hizo lo suyo. La cuestión dejó de ser “¿por qué mandan los andinos?” para transformarse en “¿quién sino ellos puede mantener en pie este país?”. Estabilidad, progreso material, defensa de la nación. La hegemonía tachirense se volvió una especie de sentido común en el imaginario político venezolano, se convirtió en referencia civilizatoria frente al caos federalista o la barbarie caudillista devenida, en tiempos de Medina, en la anarquía del democratismo, es decir, las fuerzas destructivas de la dialéctica democrática que no emprende una lección civil, sino que ansía la toma desesperada del poder supremo. 

Fue un período de grandes avances, sin dudas. Esta semblanza —que espero rinda frutos— no pretende ser novedosa, non nova sed nove, más bien busca poner de manifiesto, a través de ciertos conceptos, elementos quizá desvirtuados en el conocimiento colectivo, para que puedan ahora llegar a más personas.

Con todo, podemos concluir que la herencia de la Hegemonía Militar Tachirense revela una verdad sencilla y contundente: cuando el orden y la disciplina gobiernan, los resultados tienden a ser óptimos y positivos para la República. 

BIBLIOGRAFÍA CONSULTADA

Bourdieu, Pierre. El sentido práctico. Buenos Aires: Siglo XXI Editores Argentina, 2007. (Ed. orig. Le sens pratique, 1980).

Pérez Vivas, Antonio. Pérez Jiménez y la Hegemonía Andina. Caracas: Tipografía Cortés, 1987.

Polanco Alcántara, Tomás. Juan Vicente Gómez: Aproximación a una biografía. Caracas: Academia Nacional de la Historia, 1990.

José Alfredo Paniagua
José Alfredo Paniagua
Ensayista en el boletín digital Idearium Caribe, guionista en el canal de YouTube La Nueva Enciclopedia, articulista en el sitio web Hechos Criollos, director de la revista de literatura y sociedad “Adᵃn” y afanoso poeta.

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