En las entrañas de los Andes venezolanos, en el recogido ámbito de Queniquea, vino a recalar, tras las agitaciones de la política y los caminos inciertos de la guerra, el coronel Manuel María López. Había sido, en la década de 1870, hombre de armas en las filas liberales, uno de los dos grandes bandos que se disputaban el destino de Venezuela en aquel siglo XIX aún convulso y sin reposo.
Su permanencia en aquel rincón andino no fue fruto del azar, sino de la intercesión de un sacerdote, figura de autoridad moral en la comarca, que había trabado amistad con el militar en su estancia en una localidad cercana. Era el presbítero Fernando María Contreras, hombre de fe y de arraigo, quien no sólo le ofreció resguardo, sino que lo introdujo en la intimidad de su hogar. Ahí, en ese contexto doméstico y recogido, nació el vínculo que habría de sellar el destino, el encuentro entre el coronel errante y Catalina Contreras, hermana viuda del sacerdote.
El matrimonio se celebró en Queniquea bajo la bendición del propio presbítero, como si aquel acto pretendiera fijar, por la vía del sacramento, la vida inquieta del soldado. Pero la errancia, que parecía formar parte de su naturaleza, volvió a imponerse. El coronel López partió nuevamente, y su destino se extinguió lejos, en Cúcuta, donde —según refieren las fuentes— sucumbió a la fiebre amarilla, dejando tras de sí, otra vez, la sombra de la viudez sobre Catalina.
En su ausencia, sin saberlo, durante el mes de mayo de 1883, nace su hijo, bautizado como José Eleazar, quien pasará al cuidado afectivo de su madre y de su tío, Fernando María. Aquel entorno que cobija al jovencito Eleazar no será uno de muchas abundancias en el sentido familiar, sólo conoce el cariño de su madre y la moral instruida, desde las luces católicas, de su tío. Esta convivencia constante con la vida sacerdotal y el ambiente eclesiástico de Queniquea imbuyó en el joven Eleazar un respeto profundo por la jerarquía y los valores cristianos
En Capacho Viejo, otro enclave de la geografía andina, se asentó aquel pequeño núcleo familiar, y fue allí donde la formación del joven Eleazar comenzó a adquirir contornos más definidos. Años más tarde, ya en la serenidad de la vejez, el propio Eleazar López Contreras evocaría esa etapa con palabras que revelan tanto la disciplina como el afecto que marcaron su infancia, “su tío y protector”, el presbítero Fernando María Contreras, se empeñó en instruirlo con esmero, vigilando su conducta, llevándolo desde temprana edad a los campos en sus constantes recorridos, e imponiéndole tareas domésticas como forma de apartarlo de la ociosidad. No ocultaba, incluso, cierta severidad, necesaria —según entendía— para templar el carácter y afirmar la voluntad.
De esta manera, a los valores primarios del mundo andino —la laboriosidad sobria, el rigor cotidiano— se sumó una enseñanza más honda, la del trabajo como forma de vida moral. El presbítero Contreras no concebía la fe desligada de la acción, y miraba con desdén toda religiosidad que se refugiara en la inercia. Se cuenta que expulsaba del templo a quienes, bajo el pretexto de la oración, prolongaban su permanencia en una devoción estéril. “La mejor oración es el trabajo”, solía decir, condensando en esa fórmula una ética que habría de arraigar profundamente en el ánimo del niño.
Esta consigna es clave en la vida del joven Eleazar. Es él quien dirige los pasos del futuro mandatario, quien lo inscribe en los primeros colegios, quien lo sitúa en la órbita de las humanidades. Un hito definitivo en su formación religiosa fue su ingreso en 1893 al Colegio del Sagrado Corazón de Jesús en La Grita, dirigido por Monseñor Jesús Manuel Jáuregui. Jáuregui no solo fue su “venerado maestro”, sino también su padrino, convirtiéndose en la “insigne guía espiritual” que supo sembrar en él una escuela de patriotismo y de “fervor católico”. López Contreras siempre recordó con gratitud cómo esta educación católica llevó luz a su pensamiento y guió sus acciones futuras.
Eran los años finales del guzmancismo, cuando el orden aparente comenzaba a resquebrajarse entre alzamientos, retaliaciones y la irrupción de nuevos caudillos. En esa Venezuela fragmentada, sacudida por las tensiones entre figuras como Joaquín Crespo y Raimundo Andueza Palacio, el niño Eleazar fue testigo de un espectáculo temprano de sangre, de ambición y de desorden.
No eran abstracciones políticas lo que veía, sino la siempre odiosa materialidad cruda de la violencia sin propósito, hombres armados, rencillas personales convertidas en causas, la rapiña que acompañaba a los movimientos revolucionarios, y la arbitrariedad de bandos que, bajo distintos nombres, reproducían una misma lógica de imposición. Y aquella experiencia temprana fue sedimentando en él una intuición, de que la desconfianza hacia la facción, hacia el partido entendido como trinchera cerrada, como instrumento de división antes que de orden.
Algunas escenas quedaron grabadas en su memoria. Su tío, el presbítero, estuvo a punto de perder la vida por el disparo de uno de aquellos hombres en armas; en otra ocasión, el joven fue testigo de un robo perpetrado con la misma impunidad por un forajido armado. No eran hechos aislados, más bien síntomas de un país en disolución. De esa experiencia no nació en él el espíritu vengativo, sino, por el contrario, una inclinación hacia la sociabilidad pacífica, hacia la necesidad de contener la violencia y restaurar un orden donde la convivencia fuese posible.
En medio de ese mundo áspero, sus protectores imaginaron para él un destino distinto. Pensaron en la medicina, en el estudio, en una vida apartada de las turbulencias del país. Con la ayuda de un familiar —vinculado a la Universidad de Mérida— se le abrió el camino hacia esa formación universitaria que parecía prometer estabilidad y ascenso.
Pero la historia, que ya lo había rodeado desde niño, terminó por arrastrarlo. La irrupción de la Revolución Liberal Restauradora, encabezada por Cipriano Castro y Juan Vicente Gómez, encendió en él un fervor juvenil difícil de contener. Tenía apenas quince años, ya había obtenido el grado de bachiller, y el horizonte académico estaba abierto; sin embargo, optó por el camino de las armas, como tantos jóvenes de su tiempo .
Hay en ese tránsito un episodio que parece condensar simbólicamente el paso de una vida a otra. Ante el agravio infligido a un antiguo maestro suyo, el joven Eleazar intervino con decisión, reduciendo al agresor y desarmándolo. El gesto, más que una sencilla anécdota, sí revela un rasgo temprano, que es la defensa del orden frente al abuso, la reacción inmediata ante la injusticia. Se dice que aquella acción llegó a oídos de Castro, quien vio en él algo más que un adolescente impetuoso.
Desde entonces se abre una etapa distinta. Comienza la formación del temperamento castrense, el aprendizaje del mando, la disciplina del ejército. Bajo la tutela política y casi paternal de Gómez, recorrerá el país, se curtirá en campañas y conocerá, desde dentro, los mecanismos del poder y de la guerra .
Pero esos años —decisivos sin duda— no agotan la comprensión de su figura. Hay un hilo más profundo que los atraviesa y los precede: el de aquella formación inicial, impregnada de catolicismo, de disciplina moral y de rechazo al desorden. Por eso, más que detenernos en su trayectoria militar, conviene volver la mirada hacia ese fondo espiritual que, aun en medio de la vida de cuartel, no dejó de acompañarlo y que habrá de manifestarse con mayor claridad cuando, décadas después, alcance la Presidencia de la República.
La religión, para Eleazar López Contreras, no pertenecía al reducto íntimo del hombre. Era otra cosa. Una fuerza visible, operante, casi estructural. Algo que sostenía, que contenía, que daba forma. La República, pensaba, no podía subsistir sólo con leyes o con instituciones, necesitaba un fondo espiritual que la justificara.
De ahí su insistencia en enlazar patria y fe. No como discurso ornamental, sino como necesidad orgánica. Un pueblo —decía— no vive sin sentimientos patrióticos ni sin religión. Ambas cosas, entrelazadas, como dos signos de una misma pertenencia. La nación no era únicamente territorio o pliegues de la historia, era también una continuidad moral, y los venezolanos, para él, guardianes de esa tradición.
En ese mismo plano aparece su rechazo a las doctrinas que percibía como disolventes y disgregadoras. El llamado “materialismo histórico”, las ideologías importadas, los sistemas que pretendían reorganizar la sociedad desde principios abstractos. Frente a eso, oponía una mística bolivariana, sí, pero sostenida por una raíz religiosa. No era sólo política; era casi una pedagogía del espíritu. Un modo de preservar la cohesión frente a lo que veía como amenaza de desintegración total.
Las reivindicaciones sociales —necesarias e inevitables— debían transitar otro camino. No el de la ruptura violenta. No el de la negación. Había, para él, una vía, la del “bien”. En ella cabían el respeto al hogar, a la propiedad, a la tradición religiosa. Los pilares de la estabilidad nacional; señales claras de la unión exigente.
En el ejercicio del poder, esa visión se tradujo en una relación sin estridencias con la Iglesia. Cordial, continua. El viejo esquema del Patronato seguía ahí, pero comenzaba a ser matizado, a perder rigidez en la práctica política . Más que subordinación, se trataba de una coexistencia, un reconocimiento de esferas.
Esa cercanía se hizo visible en la atención prestada a las misiones. El Estado, bajo su gobierno, no se desentendió de esos espacios remotos donde la presencia institucional era apenas un esbozo. En el Alto Orinoco, en el Caroní, se organizaron jurídicamente las labores misionales, confiadas a órdenes como los salesianos y los capuchinos, con apoyo económico regular. No era sólo evangelización “porque sí”. Era escuela cristiana, era disciplina moral, era incorporación paulatina de territorios humanos dispersos a una idea de país, unión y principios. Una forma de elevar, desde la fe, el nivel moral de regiones apartadas, donde la República apenas comenzaba a ser algo más que un nombre .
Y, sin embargo, todo esto no agota la dimensión personal. Porque en Eleazar López Contreras la fe no se detuvo en el gesto público. Persistió como convicción íntima. Años después de haber dejado el poder, ya en otra Venezuela —sacudida por golpes, por proyectos nuevos, por el inicio del llamado Nuevo Ideal Nacional—, aparece una escena reveladora.
Durante sus viajes por el Viejo Mundo, en la Europa que se recuperaba de los daños aparentemente irreparables tras la contienda más sangrienta de la historia humana, el ex mandatario, junto a su familia, caminan por distintos países, especialmente España, la Madre Patria, e Italia, lugar en donde sucede aquel acontecimiento casi mítico de la historia bolivariana: el juramento en el Monte Sacro de Bolívar, acompañado de su maestro, Simón Rodríguez, y un par de amigos suyos. Pero además, hace una visita especial.
En abril de 1952 fue recibido en audiencia privada por Pío XII. No era ya el gobernante, sino la herencia de su tío Fernando María, el producto de su afecto y educación, el resultado del gran venezolano: bolivariano, católico, mesurado, inteligente y diestro en la guerra. Ahí, con solemnidad, devoción, rindió homenaje al Pontífice como defensor de la paz y del derecho humano. Habló de su familia, de la educación de su hija en el Instituto del Sagrado Corazón. Recibió palabras de aprobación. Pidió, finalmente, la bendición apostólica. No sólo para los suyos. Para Venezuela, su tierra, la que defendía, por ser la cuna del Grande Hombre, Padre y Libertador.
Hay en ese gesto algo que cierra el círculo de su convicción católica. La fe sin ser vista como una utilidad política o de poder, sino la fe genuina, que se incrusta en los huesos, como los clavos en las palmas del Salvador. La convicción —persistente, silenciosa— de que el orden social, ese que tanto había buscado, no dependía sólo de la política, sino de una instancia superior, invisible, que daba sentido a todas las demás. Entre Bolívar y Cristo, López Contreras halló las fórmulas criollas y altas de mantener en el sendero del orden, la autoridad y el progreso moral, a una Venezuela necesitada de ritmos ascendentes, voces morales y un propósito nacional. ¡Honrad a Bolívar, abrazar la tradición y seguir a Cristo Rey!



