El Táchira fronterizo en una leyenda: El Buitre de El Salto

La geografía de la frontera del Táchira del siglo XIX con sus riscos, desiertos de altura, peñascos estériles y precipicios, no será solo un paisaje, sino un actor fundamental en esta tragedia a relatar.

Los primitivos caminos de recuas, aun siendo la vía principal de comunicación entre San Antonio del Táchira y San Cristóbal, pasando por Capacho, permitían que figuras como «El Buitre» actuaran en los márgenes de la civilización.

Es interesante analizar la figura de Mejía, el bandolero, desde la literatura de terror clásica: una máscara de hospitalidad, donde la posada obligada se convierte en casa-guarida resulta en un tropo universal que nos recuerda las leyendas de posaderos asesinos en la vieja Europa. La deshumanización, en el lenguaje de la época al utilizar palabras que animalizan en expresiones como planta tóxica, pantera cebada, buitre rapaz, hiena, servía para justificar moralmente su ejecuación final y resaltar la monstruosidad de sus actos.

Al ubicarnos en la época, este relato es recopilado y publicado casi de forma paralela con la novela Doña Bárbara del insigne escritor y expresidente de los Estados Unidos de Venezuela, Don Rómulo Gallegos, y nos presenta, por igual, el conflicto entre el bárbaro y el héroe civilizador. Entre Mejía (el caos) y el Capitán Manuel Jacinto Martell (el orden). Mejía viene a representar la barbarie de los caminos antiguos, el peligro de la noche y la traición al huésped y el Capitán Manuel Jacinto Martell, el fin del misterio y el símbolo de la llegada del Estado o de la autoridad que pone fin a la ley de la selva en las periferias de los pueblos y ciudades.

Camino Andino, a finales del siglo XIX. A cercanías de donde se desenvuelve esta historia.

El relato que transcribimos, sobrevivió casi 80 años antes de ser impreso en 1930. Esto indica que vivió como una leyenda oral en el Táchira fronterizo hasta que el periodismo de principios del siglo XX decidió rescatarlo como parte de la identidad regional. Sin el trabajo del periodista Humberto Díaz Brantes y el informe de Don Manuel Albornoz, publicado en El Álbum del Táchira, la historia de “El Buitre” probablemente se habría disuelto en el olvido, como tantos otros crímenes de la época de las recuas.

El final del bandolero Mejía en las proximidades de La Grita, con su cuerpo «insepulto» que sirvió de festín a los rapaces cuervos, formó parte de un ciclo de violencia que marcó la memoria colectiva del Municipio Bolívar y del Táchira fronterizo del siglo XIX. Un relato y tiempo de nuestra propia historia, escasamente conocido y estudiado en la actualidad.

Este es el relato:

“Por los años de 1840 y 1850 emergió como planta tóxica, entre los pavorosos y estériles peñascos de El Salto, siete kilómetros de San Antonio por la vía de recuas que conduce a San Cristóbal, el célebre bandido Mejía, cual el forajido Erazo de Berruecos, o mejor, la pantera cebada y feroz de aquella comarca, ¡apodado el Buitre!

Bajo los caracteres de la más tremenda alevosía, fueron muertos por aquel facineroso malhechor, sinnúmero de viajeros que desgraciadamente se hospedaron en la casa-guarida que, en calidad de posada obligada, tenía tan sanguinario posadero, taimado y ladino, quien como buitre rapaz y al amparo de las sombras de la noche, apagaba su sed de sangre y oro en los infelices transeúntes que caían en sus feroces garras, degollándolos cuando dormían y arrojando incontinenti los cadáveres a un sótano o cueva horadada ad hoc a inmediaciones del precipicio que allí existe.

Entre las víctimas notables hechas por el bandido Mejía, cuéntase un sacerdote que viajaba de Mérida a Pamplona, y dos ricos comerciantes de La Grita y Trujillo, quienes, provistos de fuertes sumas de dinero, se dirigían a algunos pueblos de Colombia en viaje de negocios.

Hasta el año de 1856 fue teatro ‘El Salto’ de las lúgubres tragedias del malhechor Mejía. Todo tiene su fin. Para dicho año el valiente capitán Manuel Jacinto Martell, quien viajaba de Caracas por esa vía para Colombia, habiéndose hospedado en la casa del bandido pudo milagrosamente salvarse y descubrir el misterio que hacía tantos años velaba una incógnita. Dando Martell al siguiente día noticias a las autoridades de San Antonio, de lo ocurrido a él y a su asistente en la noche anterior en el punto de ‘El Salto’, aquella fiera humana fue aprehendida, e instruido el sumario, fue remitido a la Penitenciaría de Mérida donde debía purgar sus atroces delitos; pero en el viaje, no lejos de La Grita, en la cuesta de Aguadía, pretendiendo romper las ligaduras que lo asían con el fin de fugarse, uno de los soldados de la escolta que lo conducía, disparó sobre él, cayendo exánime para jamás levantar. Así quedó exterminada aquella hiena del seno de la humanidad; habiendo quedado su cuerpo tendido allí, insepulto, ¡el cual sirvió de lúbrico festín a los rapaces cuervos!”

Samir Sánchez
Samir Sánchez
Doctor en Filosofía y Letras (Historia y Sociedades) por la Universidad de Deusto (Bilbao, España), con especialización como metodólogo teórico y formación en Educación y Ciencias Sociales. Profesor en la Facultad de Ciencias Sociales y Humanas de la Universidad de Deusto (UD), impartiendo asignaturas como Historia del Pensamiento Político, Ética y Valores, y Opciones críticas ante los retos de un mundo global. Anteriormente, fue Profesor Titular e Investigador en la Universidad Católica del Táchira (UCAT - Venezuela) en áreas como Sociología, Historia del Arte e Historia del Urbanismo, y es Investigador ad honorem de dicha universidad desde 2018.

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