Se encuentra en los capítulos XII y XIII del libro VI de «Historia de la Conquista y Población de la Provincia de Venezuela» (1723) de José de Oviedo y Baños, una supuesta hazaña -recogida de la tradición oral según el cronista- realizada por Garci González de Silva, que deja a plena vista la percepción heroica y algo distorsionada que se tenía de los conquistadores previo al nacimiento del pensamiento anticolonial que reina hoy en Occidente.

Siendo la veracidad el aspecto más discutible de esta historia, Oviedo y Baños admite que la redacta «temeroso y aún desconfiado»; pero aún así la justifica, diciéndola «acreditada por diferentes instrumentos auténticos», como su «antigüedad de más de un siglo» y la «asentada tradición con que de padres a hijos se ha conservado hasta hoy en esta provincia por cosa particular la memoria de este suceso», que según él «aseguran su relación por evidente». Menciona además que «fuera pasarlo en silencio defraudar injustamente a su dueño de los aplausos que merece acción tan grande, sólo por la vana desconfianza que pudiera originar la temida contingencia de un recelo; […] y así, menospreciando los reparos, que pudieran dar motivo para acobardar la pluma, digo: […]».

La caballeresca (y quijotesca) historia es la siguiente:

En 1577, habiéndose Garci González de Silva -alférez de unos 30 años de edad, casi 10 de ellos sirviendo en la Provincia de Venezuela- retirado a Caracas después de conquistados y tomados en encomienda los indios del Tácata, y no teniendo en qué ejercer como militar al encontrarse pacificadas todas las naciones que componían la «Provincia de Caracas», decide, junto con su cuñado Francisco Infante y otros dos españoles, visitar los llamados «pueblos de Salamanca», donde habitaba la encomienda de indios quiriquires que estaba repartida entre Infante y é.

Los españoles son recibidos por los indios de Salamanca con «muestras singulares de amistad muy verdadera», considerándolos amigos, «porque en realidad el buen tratamiento y afable condición que siempre habían experimentado en sus dos encomenderos no merecían otra cosa». Sin embargo, como explica el cronista: «pero como no hay servidumbre tolerable para quien tiene en la memoria que en otro tiempo fue libre, bastó el considerarlos como dueños, para que su comunicación les fuese fastidiando poco a poco»; empieza a gestarse así un alzamiento entre los caciques. Apacuana, hechicera y madre del cacique Guasema, además de autora intelectual de la rebelión, resuelve que el plan debe ser llevado a cabo un día antes del regreso de los españoles a la ciudad, aprovechando así el momento de vulnerabilidad.

La noche de la rebelión, hasta 200 indios subieron el repecho en cuyo alto se encontraba la choza de bahareque donde habitaban Garci González y sus compañeros, mientras otros 2000 esperan abajo. Le explicáron a los españoles que planeaban acompañarlos esa noche para despedirlos en la mañana mientras partían, y al no llevar armas (o eso creían los españoles, pues en realidad llevaban macanas escondidas entre leña y paja), estos no tuvieron sospecha alguna.

Imagen referencial: Cortesía

Una vez dormidos los españoles en sus hamacas, los indios tomaron las espadas y otras armas de los cuatro desgraciados; infligen «crueles heridas» en Francisco Infante y los otros dos soldados. Garci González despierta por el alboroto e inmediatamente se lanza a recoger su espada; «pero como no la hallase en parte alguna, apeló la necesidad al remedio más pronto que le permitió el aprieto, y echando mano de un leño de los que ardían en el fuego, encendido más en cólera de lo que estaba en llamas el madero, embistió con sus contrarios, asegurando la vida en la resolución de aquel arresto, pues convertida en furor su valentía, no daba golpe en que no fuese una muerte, ni hacía amenaza, que no causase una herida».

Viéndose los indios amenazados por la fuerza y bizarría del español, se les ocurre que la solución más sencilla es agarrarlo entre varios y matarlo a golpes; «pero engañóles la cobarde presunción de su confianza, porque si hasta allí había obrado en Garci González el valor, al ver que se multiplicaba con mayores peligros el aprieto, pasó a ser desesperación, lo que había sido defensa, pues habiéndolo cogido en peso los indios y llevándolo cargado, acertó a alcanzar con la mano un acicate, que el día antecedente había él mismo colgado de un clavo en la pared, y cobrando
nuevo brío con la ayuda de aquel instrumento débil, fueron tales los golpes y heridas con que maltrató a los indios, jugando el acicate a un lado y a otro, que se vieron obligados a soltarlo».

Los indios tratan de huir aterrados, derrumbando en el proceso uno de los muros de bahareque que componían la casa. Una vez afuera, Garci González desata a un mastín de guerra -que había hecho amarrar la noche anterior para que no hiciera daño a los indios- y «más bravo que un toro» se lanza hacia ellos: «hiriendo con desesperación a unos, mientras el perro con coraje despedazaba a otros».

El español pelea como todo un león, «hasta que habiéndole dado un macanazo en las espaldas, que le obligó a hincar en tierra ambas rodillas, viéndose ya postrado y sin la ayuda del perro, porque ya se lo habían muerto, apeló a la pronta viveza de su ingenio, y como si tuviera algunos soldados prevenidos para que pudieran socorrerle en aquel lance, levantó el grito, diciendo: Ea, amigos y compañeros, ahora es tiempo de acometer a estos perros, para que no se queden sin castigo, a cuyas voces poseídos los indios de un pánico terror, sin saber de quién huían, dando confusos alaridos, con precipitada fuga se echaron por una ladera abajo».

Deshecha la amenaza de los indios, Garci González -que tenía para ese momento «cinco heridas, una mano hecha pedazos y el cuerpo todo acardenalado y molido de los muchos golpes que le habían dado»- corre a la casa, donde encuentra a sus tres compañeros en terrible estado. Rompe su camisa y calzones blancos, cubriendo las doce heridas ensangrentadas de Francisco Infante. Este último -estando tan mal que no podía caminar- le pide a los demás que se vayan «sin detenerse a esperarlo, pues habiendo él de morir en breve de una manera o de otra, no se remediaba nada con que pereciesen todos, sólo por acompañarlo, cuando valiéndose del vigor con que se hallaban, apresurando el paso podían conseguir la retirada antes que los indios los siguiesen».

Como explica Oviedo: «Era Francisco Infante cuñado de Garci-González, por estar casados el uno con Beatriz y el otro con Francisca de Rojas, ambas hijas de Pedro Gómez de Ampuero y de Ana de Rojas (a quien por pasatiempo mandó ahorcar el tirano Aguirre en la Margarita), y así por este motivo, como por parecerle a Garci-González era descrédito de su valor y desaire de su punto el dejar desamparado el compañero en el rigor de aquel lance, se determinó a la más bizarra acción, que pudo caber en pecho noble, pues resuelto a perder la vida antes que dejarlo solo, viendo que era imposible el caminar por los repetidos desmayos que le daban, se lo echó sobre los hombros y atravesando con él por aquellas serranías, con ser el camino bien fragoso se portó con tan singular aliento, que habiendo muerto fatigados del cansancio y las heridas los otros dos compañeros, caminando él más de tres leguas con Francisco Infante a cuestas, llegó al ir amaneciendo a la quebrada de los Paracotos, último término de la nación Quiriquire y principio de la habitación de los Teques».

Los indios regresan a la casa de Salamanca, donde esperan encontrar a los españoles. Encuentran, sin embargo, el cuerpo sin vida del cacique Guacicuana, muerto a golpes por Garci González. Persiguiendo a los españoles, los quiriquires se asoman desde la loma que da por encima de la quebrada Paracotos, y viendo que González e Infante se encontraban ya del otro lado, se lanzan hacia ellos, invadiendo efectivamente a la nación de los teques, sus más acerrimos enemigos. Estos últimos -dándose cuenta de la invasión- corren armados a la quebrada, donde encuentran a los dos maltrechos españoles, que les cuentan sobre la traición de sus (ahora) enemigos mutuos.

Según el cronista: «tuvo tal lugar la clemencia, aún en la agreste condición de aquellos bárbaros que movidos a piedad, e irritados del trato doble y aleve proceder de sus vecinos, tomaron por su cuenta el ampararlos, haciendo honroso empeño de favorecer con bizarría a los que habían maltratado sus contrarios con infamia; y después que con gallarda oposición y ventaja conocida obligaron a los Quiriquires que se retirasen corridos, aplicando sus arbolarios la virtud más activa de los simples que conocía su experiencia y los antídotos más eficaces que usaba su medicina a la curación de las heridas de Francisco Infante y Garci-González, que con la agitación, humedades de la noche y accidentes del camino, sobre haber sido siempre de peligro, se hallaban apostemadas, ulceradas y corruptas, consiguieron asegurarlos del riesgo, dando lugar la mejoría, para que pasados cuatro días, que fueron menester para el descanso y tomar algún aliento, los pudiesen en hamacas transportar a la ciudad, donde fueron recibidos con el asombro que requerían las circunstancias del caso; y este fue el suceso memorable del acicate, que hasta hoy dura, celebrado en la común admiración de esta provincia por una de las hazañas más gloriosas, que ejecutó Garci-González entre las muchas que eternizaron su memoria, para aplauso perpetuo de los triunfos, que consiguió en sus conquistas».

En el siguiente capítulo, I del libro VII, se cuenta la venganza de parte de los españoles y los teques -comandados por Sancho García- hacia los quiriquires de Salamanca, que puede ser objeto de otro artículo:

«Al paso que fue celebrada en la ciudad la acción de Garci-González, así por las circunstancias que le acreditaron grande entre las resoluciones de su brío, como por haber sido motivo para asegurar las vidas de dos vecinos tan amados como fueron en su tiempo él y Francisco Infante; causó notable desconsuelo la inopinada sublevación de aquellos pueblos, pues cuando se consideraba vencido ya el trabajo y conseguido el descanso con la general pacificación de las naciones, manifestaba aquella novedad el desamor, que vivía oculto en los corazones de los indios, para brotar en rompimientos siempre que la ocasión les ofreciese a las manos su melena».

Bibliografía:

«Historia de la Conquista y Población de la Provincia de Venezuela» (Madrid, 1723), José de Oviedo y Baños

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