Hace noventa y cinco años, en la ciudad de Ginebra, la noche se volvió más espesa que de costumbre. No fue una simple oscuridad la que cayó sobre los Alpes suizos, sino una tiniebla densa, como un sudario que descendía lentamente sobre la figura de un hombre que ya había agotado toda su luz interior. La muerte, esa vieja aliada de los espíritus demasiado lúcidos para soportar el mundo, acudió entonces como una respuesta, no…


