Opinión | Aproximación al nacionalismo venezolano en Mario Briceño-Iragorry y Mariano Picón-Salas

El concepto del nacionalismo ha sido objeto de estudio desde hace muchísimo tiempo y no siempre ha merecido los más dorados elogios, sino los mantos del más visceral e irracional repudio, por las consecuencias nefastas —en algunos sectores específicos de la sociedad política— que dejó la contienda de las Guerras Mundiales del turbulento siglo pasado, centro de las revoluciones ideológicas más extremas. Junto a ese creciente movimiento nacional en Europa, la América Hispana también experimentó el proceso vertiginoso de la expansión de ideales que profesaban los elementos de la Patria, Desarrollo y Destino Histórico, y cuyos regímenes que así se vistieron del patriotismo más combativo fueron, en los ritmos seguidores de la Historia, maltratados y deformados, ya sea por las coloridas visiones políticas que empezaron a dominar la época del mundo o por una adhesión, diría patológica, a las tendencias que no tienen dificultad por contribuir a la disolución de las idiosincrasias, costumbres y bases de los pueblos del mundo, especialmente aquellos con trayectorias históricas que pudieran ser realmente estimulante para sus sociedades, en la búsqueda de una misión de exigencia y laboriosidad para el bien de sus ciudadanos.

A las luces que invaden el oscurantismo disfrazado de progreso y modernidad, en el siglo de la era digital, en la época de la fantasía posmoderna, a saber, en este cautiverio del nihilismo, de sociedades fanáticas de la indiferencia cósmica por las grandes misiones trascendentales de los grandes hombres y las naciones con vocación por el combate de sus posiciones en sitios de privilegio histórico, el nacionalismo se ha entrometido en las mentalidades jóvenes, aquellas que se han posicionado a favor de unas perspectivas diferentes y totalmente justificadas, por las cuales anhelan ser cómplices del desarrollo integral de la moral y espiritualidad de sus patrias maltratadas, fortaleciendo sentidas emociones por las raíces que han brotado salvajemente en sus interiores agotados de la mediocridad, la irresponsabilidad y la vulgaridad de la que, desafortunadamente, sus países han sufrido. 

Venezuela es un caso excepcional y que, a pesar de los persistentes berrinches cubiertos de academicismos estériles y protestas de generaciones desgastadas que no supieron —y no quisieron— dirigir los cauces de la grandeza venezolana, se alza como una de esas patrias más dispuestas a los sacrificios necesarios por las restauraciones urgentes que la nacionalidad reclama para sí y sus gentes, hambrientas de energía, de aptitud constructiva para la gloria de todo corazón venezolano que nos une en lazos indisolubles. Ante esa posibilidad, muchos se preguntan qué es el nacionalismo venezolano, y en verdad que un catálogo eximio de ilustres pensadores, estadistas e intelectuales han trabajado, dedicada su existencia toda, a esa labor de trazar caminos por los cuales la ascendencia del gentilicio pueda lograr ese grado que, por derecho histórico, siempre nos ha pertenecido, desde la gallardía de la Independencia e incluso desde antes, en las aventuras de los Conquistadores españoles, ancestros de inmaculada espada, dominadores del territorio e iniciadores de las andanzas de esta nacionalidad genial.

Dos autores me resultan ideales para comenzar con este desglose conceptual, para aproximar al venezolano, no sólo a sus nombres y reputaciones, conocidas por su herencia intelectual y por sus enseñanzas morales como grandes representantes de la patria de Bolívar. Estos son los andinos, de la región trujillana y la merideña, Mario Briceño-Iragorry y Mariano Picón-Salas, el uno y otro, en verdad, los prosistas más prolíficos y destacados del siglo XX venezolano, amantes infinitos de la cultura, de la Venezuela de las buenas costumbres, de las cosas bien hechas, del trabajo y del sentido venezolanista por afirmarse con decoro en el concierto de las grandes naciones del mundo entero. 

Hay que acercarnos a esa síntesis de la venezolanidad impresa en sus obras y que nos dejan marcos referenciales que nosotros, sus hijos espirituales, debemos continuar ante las andanzas del caos y barbarie que padecemos en carne y alma. Para transformar las realidades venezolanas, en primer lugar, pienso, es necesario construir y estructurar colectivamente, una “conciencia de unidad y destino nacional”, en sus palabras. Este nacionalismo venezolano, preciso, nada tiene qué ver con exageraciones chauvinistas, es una actitud de defensa y combate en contra de elementos disgregadores, una acción colectiva que inicia desde la voluntad de la individualidad consciente de su labor venezolanista. 

Diferenciemos, sin embargo, las acepciones venezolanistas entre ambos. Mientras el maestro trujillano teje, elabora, el nacionalismo tradicionista, que no debe confundirse con ese fetiche al pasado inmóvil, sino como la búsqueda de una “sustancia creadora” y una “realidad operante” que las nuevas generaciones deben reelaborar. Así, es importante señalar que Briceño-Iragorry atribuye con justicia la importancia de la unidad nacional que se comenzó a vislumbrar en los trescientos años de la vida colonial, período que él analiza con maestría en múltiples obras, especialmente en Tapices de Historia Patria. Y es que, si tratamos el venezolanismo tradicionista, hay que recordar, por si algunos despistados no pueden darse cuenta en el momento, que nuestra unidad espiritual, en la Santa Iglesia, nuestra lengua compartida, cervantina, y nuestro mestizaje racial y cultural, forman parte de ese proceso grandioso que fue la aventura española que creó lo que somos hoy y a lo que tanto debemos. De igual manera, para Briceño-Iragorry, ese afecto a la etapa colonial, no puede ni debe disminuir las hazañas de la Independencia que fueron, en muchos sentidos, reacciones del mismo carácter individualista de la Península, transmutadas en un ambiente de ideas y actitudes revoltosas, rebeldes, que reaccionaron frente a una situación que veían con desdén. Las reivindicaciones de caracter material, como nuestros recursos, el hierro, el petróleo u otros, no puede ser la totalidad de las aspiraciones, y es que esa mirada materialista es la que gobierna en muchos corazones disque venezolanos, en donde sus modos, sus sueños, sus visiones, están impregnadas de extranjerización forzante, olvidándose que un movimiento nacionalista debe realizar un “afinamiento de nuestros valores privativos de Nación”, incluyendo el modo de cantar, orar o soñar. 

A las masas barbáricas, cuyas atribuciones en exceso moralistas, que pueden ser comprendidas como justificaciones aliviadores de las conciencias llamadas “democráticas”, no se les puede entregar labores de dominio si esos controles ficticios, más que encaminarse a la sanación de la República, precipitan su colapso inminente. Esa visión que puede no ser apta para ajustarse a los estándares del prosista merideño, quien fuese cercano a sectores políticos y personajes de este talante democratista, deja entrever, en cierta medida, migajas cuidadosas sobre el asunto. Picón-Salas nos hablaba elocuentemente de las “masas inorgánicas”, aisladas y deprimidas, a las cuales él pensaba que debieran despertar, estimulando sus vibraciones colectivas, en voluntades organizadas dirigidas a ese fin común del destino venezolano. ¿Pero ese destino venezolano es acaso una muestra de la búsqueda y consolidación de un “cerrado provincianismo mental”?

El venezolanismo es un tránsito hacia los linderos del universalismo, no entendido como esa tendencia a la disolución de los pueblos, de su costumbres y visiones comunes, no esa universalidad que todo lo abraza, hasta el exceso viciado, no se trata del movimiento en que los países son abrazados entre sí, en una falsa igualdad de posibilidades de grandiosidad. No. Ingresando al nacionalismo de la técnica de Picón-Salas, nos damos cuenta de su significación al elemento universal: la adopción y la consecuente adaptación de las técnicas de los extranjeros en aquellos dominios que las energías criollas aún no desenvuelven con la naturalidad y la excelencia más adecuada, y diría que “quien carece de punto de comparación ni siquiera ve lo próximo”. Un nacionalismo efectivo es aquel que piensa en cómo hacer miembro al mundo venezolano al universo de las corrientes históricas. El nacionalismo, que no muere en la retórica, en la epopeya ni en la invocación vana del Héroe, abarca con urgencia la idea de la integración nacional al progreso del mundo tecnológico e industrial, en las avanzadas formas de hacer sociedades más abundantes, más inteligentes, más ilustradas en los artes y oficios que dan cuerpo al desarrollo de la totalidad humana en avance creciente. Todo eso sin perder los valores que dan sentido a las bases de nuestra venezolanidad positiva. Es el proceso de integración de lo técnico y lo humano, del arte y el oficio, de la genialidad criolla y la sapiencia foránea, en utilización eficaz de los recursos para los beneficios del ser venezolano.

Ante este ritmo de ideas, las melodías de Briceño-Iragorry, como tonadas de alta intensidad, se pasean por las siempre complicadas alcantarillas a la crítica del imperialismo norteamericano, a los permanentes alborotadores, los pitiyankis, a saber, esos aficionados a todo lo de afuera y despreciadores de todo lo de adentro. Consideraba, acertadamente, que las doctrinas norteamericanas, como la de Monroe, no era sino hegemonía en un traje de cordialidad continental. Podemos darnos cuenta de ello en las crisis de comienzos del siglo XX en el complicado gobierno de Castro y sus relaciones con las potencias, conflictos luego solucionados por algunos hombres eminentes del recién instalado gomecismo. “Bañarse —dice Briceño Iragorry— en las aguas vivas de la humanidad eterna” servía sólo si los suelos fértiles de la patria eran ya labrados. Aboga por la americanidad, ese sentido hispanoamericano, herencia de la Península, para contrarrestar las garras del dominio norteamericano. Sirve como equilibrio, verdaderamente, señalar como este universalismo no es una posición sumisa al grande de otra latitud, no es adopción extranjera en detrimento de lo nacional, es ubicación razonable frente a lo que se puede usar y ante una situación continental que se debe enfrentar hábilmente sin enemistades que perturben la perfecta paz entre el necio hermano del norte y las repúblicas bolivarianas y de toda América.

Algunos pueblos sufren los procesos de iniciación a la unidad patriótica, porque factores varios los involucran en pugnas entre sus propios habitantes, escindiendo al poblamiento en nacionalidades raciales, espirituales o de otra categoría, permaneciendo en una batalla feroz por la supervivencia o el dominio de la otra. Hoy Venezuela puede decirse que, ante la ausencia del problema racial, por la afirmación histórica del mestizaje venezolano, resultado de una síntesis de “homogeneidad democrática”, como lo llama Picón-Salas, venciendo humillaciones étnicas, padece es la lucha entre la decencia y la marginalidad, a lo cual hay que abrir breves señalamientos que Manuel Barroso indica en su gran obra Autoestima del venezolano. Una cita revela, sin muchas distracciones, esta problemática “el venezolano, como persona, ha perdido claridad consigo mismo, no sabe quién es y qué quiere. El venezolano no está claro con sus necesidades, malbarata su potencial, carece de objetivos y anda al garete sin valores”. 

Fíjese que, la obra escrita a principios de la década de 1990, nos indica el estado caótico de la mentalidad y la conducta del venezolano, en un contexto de una democracia bipartidista más parasitaria y corrupta que institucional y modélica. Es decir, nuestro hundimiento antecede a la revolución bovesiana de 1999, y es importante enfatizar en ello, porque este aceleramiento de la marginalidad venezolana no es una aparición fortuita, sino un progreso degenerativo gestado por una acumulación de errores sucesivos, desde lo político hasta lo moral. En ese sentido, me parece elocuente que tanto Briceño-Iragorry y Picón-Salas, enfaticen la necesidad de la conciencia nacional, incluso en épocas en donde las mentalidades aún podían tener cierto instinto de dirección venezolana. Siguiendo con la escisión a la que hacía referencia, en vez de una barrera racial, existe una barrera actitudinal. El venezolano decente lucha contra el marginal. “Marginal quiere decir al margen (…) la más aberrante es la de haber perdido la conciencia de sí, vivir en su no-experiencia, sin definición de sí mismo”. 

Dominados por hombres pequeños frente al país diseñado por grandes hombres, la esencia de la venezolanidad se ha diluido, ocultado, es casi un elemento místico de difícil hallazgo, porque el porcentaje que, según Barroso, llega al 80% de la sociedad venezolana, es marginal, incapacitando la continua presencia activa de personalidades capaces para el ascenso necesario de una nación como la venezolana. El civismo, en esta coyuntura marginal, sería el antídoto. Y de eso se trata el rescate de las bases de la venezolanidad, como veremos en los siguientes postulados de nuestras referencias.

La venezolanidad toda se afirma sobre una serie de valores, principios y otras categorías morales que también componen una orquesta histórica de vías, características, que dan fórmula de lo venezolano, como la independencia y la justicia, en acepciones, diría idealistas, pero afirmativas —Mijares sigue presente—. Ha sido inmortalizada y, durante los últimos años, recurrente, aquella máxima que condensa nuestro orgullo patriótico de la mente de Briceño-Iragorry: “Ser venezolanos no es ser alegres vendedores de hierro y de petróleo. Ser venezolanos implica un rango histórico de calidad irrenunciable”. Somos sustancia creadora y en el modelo de la excelencia venezolana, el mismo que tanto exaltó el doctor Uslar Pietri, no podemos incluir como orgánicos o deseables aspectos que pueden transformarnos en molestas referencias medievales, como lo bufones, pues, además de vergonzoso, no corresponde a nuestra naturalidad resolutiva. 

Tomar conciencia activa de que somos sujetos históricos adheridos a una conciencia o, al menos, en búsqueda de su afirmación continua. Esa afirmación no se logrará sin la construcción de una pedagogía cívica que fomente los valores del gentilicio. Las bases de la venezolanidad obedecen al procedimiento de la educación, porque “la educación es el factor capital de las grandes transformaciones históricas”, como afirma Alberto Adriani. Debemos apartar las palabras del hecho, cabalgar las citas que la Historia nos ha impuesto y asumir la labor de realzar al país. Articular a través de un humanismo pragmático la sustitución del fariseísmo antibolivariano, anticatólico, antivenezolano, del cúmulo de sentencias que amarran a nuestros valores afirmativos y los dejan a merced de los “sembradores de cenizas”. 

Una articulación colectiva es el camino más propicio, pues el aislacionismo individual desbarata cualquier posibilidad coherente de proyecto de unidad. El Estado debe formar, tener una vocación para la formación técnica, como hemos repasado, además del correcto proceso de internalización del venezolanismo en el sentir del ciudadano. Esto corresponde a las “expresiones-brújulas” de Picón-Salas, en donde la aplicación de una filosofía y una política deben viabilizar el tratamiento de esta pedagogía cívica. 

A esto se le suma el conocimiento de la tierra venezolana, a sumar en el alma nacional los valores que la tierra de nuestro origen nos da en proporciones que, espiritual y físicamente, a veces dejamos de lado, el fortalecimiento del cuerpo y la mente, en esa vía estaré elaborando una pieza adicional. Y es importante señalar que la insistencia al rechazo del individualismo no obedece a restricciones ideológicas, sino que, compenetrados en la solidaridad por lo venezolano, las posibilidades para enrumbar trazos de verdadera historia para el triunfo del conjunto de Venezuela se hacen evidentes ante los horizontes próximos. 

Hay que dejarnos de esas políticas de gallineros, esas discordias partidistas, porque los partidos, como elementos de la democracia, no han traído sino oposiciones que, en el disfraz dialéctico de la supuesta fortuna que resulta del contraste entre distintas ideas, retrasan nuestra ascensión, y sería más conveniente la maduración de una conciencia más aguda sobre los destinos patrios. Ante las patologías nacionales, reforcemos la conciencia venezolanista, asegurando un camino de glorias, abundancias, triunfos que abracen a la totalidad de los venezolanos. El país siempre ha podido obtener la seguridad de seguir el camino, la ruta ascendente, de los grandes logros, sólo hace falta una pulcritud de espíritu, desde el aseo de las calles hasta la higiene de la moral pública. ¡Venezuela se afirma, al mismo ritmo que avanzamos hacia la conciencia de la unidad nacional! 

José Alfredo Paniagua
José Alfredo Paniagua
Ensayista en el boletín digital Idearium Caribe, guionista en el canal de YouTube La Nueva Enciclopedia, articulista en el sitio web Hechos Criollos, director de la revista de literatura y sociedad “Adᵃn” y afanoso poeta.

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