Opinión | En defensa de la lengua

«Lo que hay que hablar es la lengua de la gente educada» 

—Andrés Bello

Nuestra lengua y su belleza cervantina, caballeresca, no puede ser disminuida, ultrajada o arrinconada por el simple hecho de que, para unas hordas semiletradas, signifique una “rimbombante” forma de expresar el propio carácter y alma ante el mundo. Perder la maja oportunidad de embellecer la lengua por el disgusto de unos pocos ineptos constituye un serio agravio en contra de nuestro espíritu hispanoamericano. Con tal rango histórico como gentilicio, estaríamos manchando con oprobio las herencias fantásticas de nuestros antepasados españoles, maestros en el arte de las letras, cuyas obras han trazado admirables líneas en el mundo de la literatura clásica. 

Endurecer con mármol el abecedario y convertirlo en un vocabulario de virtudes es el primer camino a la honra de nuestra digna lengua de Conquista y Libertad. La lengua no debe ser jamás ejercida para su mal uso, para el pillaje vulgar y pernicioso de los torpes y mentecatos, pues las palabras son fiel reflejo del corazón y el alma, y evocamos colores resaltantes o grisáceos según los invocamos al hablar en público o privado. 

Para los necios, la lengua es coroto reutilizable, emplean su hablar de manera adúltera, suscitando opiniones mezquinas, mojigatas, semblanzas de lo ruin y odioso. En contraste, unos pocos valoran la virtud cervantina, la cual rechaza con ahínco las formas altaneras y groseras, propias de la enanez de lengua. No se trata de ser “rimbombante”, sino de ejecutar con decencia y acierto las ideas en el plano superior de la palabra compartida. A esto nos referimos. 

Naturalmente, el lenguaje ha ido modificándose y la sencillez de expresión retrata la vida ordinaria de las personas, en donde muchas de ellas no dominan el arte de las palabras inmaculadas, pero podría enseñársele para tener más Cervantes y menos Barrabás en nuestros países. Hablar bien es signo de salubridad espiritual y moral. Teniendo en cuenta esto, nos protegeríamos de los demagogos, esos vendedores de humo que, con un dialecto falaz e incompetente, embrujan a las masas y las encauzan hacia destinos fatales arrastrándonos con ellos. 

Si la lengua del pueblo no está avezada, pulcra y casta, difícilmente el desarrollo de la sociedad esté marcado por la rectitud y la excelencia, porque la lengua es el alma del pueblo y sus expresiones, más que nubes de letras, son climas completos de realizaciones duraderas. Así, el mal hablar, las groserías, las sustituciones por expresiones inglesas, mutilan lo bello y original de nuestro legado castellano. Porque hablar bien es embellecer el mosaico del idioma, es trazar paisajes excelsos con la pluma de la lengua educada y disciplinada. 

Hoy, en nuestras épocas saturadas de tendencias negativas, la lengua es objeto de cambios forzados, con la excusa de la natural evolución de su uso. Sin embargo, las ideologías de turno con atuendos de mediocridad, quieren forzar al hombre de a pie a hablar según unas maneras y otras, en favor de grupos minúsculos que carecen, ciertamente, de importancia. 

Se hace necesaria la rebeldía ibérica que dio forma a nuestra espiritualidad común para enfrentar estos atentados en contra de la belleza primigenia de nuestra lengua española, única, podríamos decir, en los fastos de los idiomas. 

Porque «el idioma es un universo traducido a ese idioma» —como diría el poeta cumanés José Antonio Ramos Sucre— y nuestro rico y complejo universo hispanoamericano no puede ser menoscabado por la pretensión de unos pocos por amuñuñar su grandeza al servicio de los iletrados, a menudo, más necios que ignorantes. La ignorancia es curada por la educación, pero la necedad es de tacaños de la inteligencia. Unos se arreglan con el aprendizaje, otros se mantienen fielmente a las cadenas de su propia desdicha.

En tal sentido, espero agitar a los espíritus risueños, defensores de la lengua diamantina, esa que brilla en donde esté, por su inclinada devoción a lo bello y poético, por lo grandioso de su expresión, por la sinceridad de su evocación y por la manera tan grata y distinguida de pasearse entre los oídos de los hombres, seduciéndonos con su vocablo firme y decidido. 

En la comarca venezolana, para nuestro infortunio colectivo, proliferan los demonios de la dialéctica. Se trata de una, quizá dos o tres generaciones, que han adoptado el abecedario errático de los detractores de la virtud verbal. Ante semejante desvarío, cabe interrogarse: ¿por qué? El decurso histórico de las barriadas —en especial las caraqueñas— ha dado pábulo a la formación de grupos marginales; conglomerados humanos desadaptados, desarraigados y encendidos en una furia recelosa contra toda forma de civilización.

Una dicotomía nada novedosa, con hondas raíces en nuestro devenir histórico —la de la civilización frente a la barbarie— se manifiesta hoy con particular evidencia en el uso de la lengua, cuando se comparan los extremos sociales del país. Arturo Uslar Pietri, acaso el más insigne de nuestros artífices de la palabra distinguida, encarna el paradigma de esa virtud expresiva: una dicción limpia, humana, genuina y lo bastante inteligente para no desbordarse en amaneramientos cervantinos ni reducirse a una manifestación enclenque o incompleta.

Solía referirse a tales imperfecciones como los “cursos” de la antiescuela: esa escuela de la calle que, lejos de instruir en valores o belleza, con frecuencia inocula vulgaridad, desidia y deformación verbal.

El Libertador Simón Bolívar, en su vasta correspondencia, nos lega también la herencia de un sabedor consumado, maestro en el arte de concertar las palabras dentro de la orquesta de una lengua adiestrada y majestuosa. Con frecuencia, sus cartas no son meros mandatos fríos dirigidos a subordinados; en ellas reposan verdaderas epifanías de un don escritural luminoso y vibrante.

Las formas en que están concebidos sus más insignes documentos —la Carta de Jamaica; la misiva dedicada a su maestro Simón Rodríguez, escrita desde el Perú al recobrar noticias de él; las cartas henchidas de fervor romántico hacia Manuelita Sáenz; los elogios casi celestiales al espíritu intachable del Gran Mariscal de Ayacucho, Antonio José de Sucre; el arrebato místico del Delirio sobre el Chimborazo; y sus proclamas, siempre ardientes— nos revelan a un Libertador con alma de poeta y pulso de prosista. 

Somos herederos de ese caudal venerable de la historia venezolana que hizo de nuestra lengua un instrumento dirigido, culto y magistral. ¡Conviene recordarlo con celo! Hoy esa lengua yace moribunda y desquiciada; los indignos somos nosotros, y urge restituir la dignidad que un día la elevó hasta la estatura de nuestros heraldos del verbo.

Andrés Bello, José María Vargas, Fermín Toro, Cecilio Acosta, Juan Vicente González, Rafael María Baralt, Arístides Rojas, Manuel Díaz Rodríguez, Eduardo Blanco, José Antonio Ramos Sucre, Rómulo Gallegos, Cruz Salmerón Acosta, Laureano Vallenilla Lanz, Rufino Blanco Fombona, Andrés Eloy Blanco, Mariano Picón-Salas, Mario Briceño-Iragorry, Arturo Uslar Pietri, Rafael Cadenas, Eugenio Montejo. En esa constelación de nombres ilustres reposa la herencia de una lengua venezolana bien templada, bruñida por la civilidad y dotada de acero dialéctico. 

Surjan iracundos frente a las imposiciones de la simplicidad agotadora, impropia de nuestro espíritu creativo y rechacen toda idea que suponga reducir las dimensiones cervantinas de nuestros gestos y voces. Seamos educadores y no simples mendigos de dialectos incompletos, seamos maestros de letras y no estudiantes necios, seamos valientes soldados de Cervantes y no sirvientes dóciles de la tiranía del lenguaje anodino, vulgar, soez. 

Honrad a la América; honrad a Venezuela; honrad a tu lengua.

José Alfredo Paniagua
José Alfredo Paniagua
Ensayista en el boletín digital Idearium Caribe, guionista en el canal de YouTube La Nueva Enciclopedia, articulista en el sitio web Hechos Criollos, director de la revista de literatura y sociedad “Adᵃn” y afanoso poeta.

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