Los mensajeros y “campo volantes” representaron un pilar fundamental en la logística de la Guerra de Independencia de Venezuela, actuando como enlaces vitales en un conflicto caracterizado por la movilidad y la guerra irregular. Las Memorias del general Daniel Florencio O’Leary y las cartas del Libertador Simón Bolívar, documentan su rol heroico en la transmisión de órdenes, inteligencia y correspondencia
Las comunicaciones en la Guerra dependían principalmente de sistemas primitivos y humanos, adaptados a un terreno vasto y hostil.
Los mensajeros a caballo, conocidos como “postas” o “campo volantes”, formaban el núcleo logístico, entregando cartas cifradas, órdenes y proclamas entre oficiales que se encontraban dispersos en el territorio. Bolívar organizaba relevos formales (un jinete con correo específico) y postas de contra-información (falsas para confundir realistas), con disciplina estricta para evitar demoras fatales en campañas.
Facilitaron la coordinación transregional en la Campaña Admirable (1813), Campaña de los Andes (1819) y Liberadora del Perú (1823-1824), uniendo ejércitos desde Caracas hasta Ayacucho pese a distancias. Su legado perdura en diarios de Sucre (Archivo de Quito) y MacGregor (Expedición de los Cayos, 1817), que los exaltan como “héroes anónimos“, haciendo que la velocidad comunicativa inclinó la balanza hacia la victoria independentista.
Los “campo volantes” emergieron como necesidad en campañas como la de los Llanos (1818-1819), donde jinetes expertos, a menudo llaneros o voluntarios británicos como O’Leary, cruzaban líneas enemigas.
O’Leary, edecán de Bolívar desde 1819, narra en sus memorias su propia incursión como emisario durante el Armisticio de Trujillo (1820), llevando mensajes entre Bolívar y Pablo Morillo, sorteando patrullas realistas. Bolívar, en cartas compiladas por O’Leary, elogia a estos correos por su “audacia incomparable”, esenciales para coordinar victorias y detallan cómo “volantes” como jinetes chinganeros cruzaron el Orinoco con órdenes cifradas, alertando sobre movimientos realistas de La Torre y evitando emboscadas en sabanas inundadas.
Estos mensajeros no solo entregaban despachos, sino que recolectaban informes de exploradores y motivaban tropas desperdigadas. O’Leary detalla cómo, en la campaña de Carabobo (1821), “volantes” transmitieron órdenes a Bermúdez, Cruz Carrillo y a Páez, permitiendo la maniobra de distracción que decidió la batalla. Las cartas de Bolívar de 1821-1822 instruyen explícitamente sobre rutas seguras, destacando riesgos como emboscadas.
Los “campo volantes” formaban relevos de jinetes que cruzaban líneas enemigas. Páez, en su Autobiografía, describe llaneros en las Queseras del Medio (1819), transmitiendo inteligencia que revirtieron derrotas.
El impacto estratégico estuvo en que su labor facilitó la unidad patriota en un teatro de guerra, compensando la inferioridad numérica. O’Leary enfatiza en sus relatos que sin estos ángeles de la guarda voladores, la Campaña del Perú (1823-1824) habría fracasado, citando también ejemplos de mensajeros ejecutados por realistas. Bolívar, en correspondencia de 1828 desde Bucaramanga, lamenta pérdidas de “volantes fieles”, subrayando su costo humano en la forja de la independencia.
Bolívar organizó el sistema priorizando jinetes con “audacia incomparable” capaces de recorrer 100 leguas en 48 horas. Hábiles en galopes prolongados y cruce de ríos, como el capitán Reilly, irlandés, quien pereció en misión a Quito (1822). Su selección se realizaba por lealtad probada y conocimiento local, formando parejas: un jinete principal con el despacho y un relevista de reserva.
En Cartas de Antonio José de Sucre (Archivo del Libertador, Quito y Lima, 1821-1824), se instruyen sobre rutas de correos volantes en la Campaña del Perú, mencionando riesgos de captura por realistas. Cabe destacar también en los Diarios de Gregor MacGregor (Expedición de los Cayos, 1817): Relatan el rol de mensajeros británicos-irlandeses en enlaces entre Margarita y el continente.
Proclamas y partes de guerra patriotas, como el diario de las operaciones militares del general Santiago Mariño, destacan envíos urgentes de despachos vía “campo volantes” durante la defensa de Oriente. Registros realistas, como memorias de Pablo Morillo (Trujillo, 1820), confirman interceptaciones de estos correos, evidenciando su efectividad.
Estos agentes compensaron la dispersión patriota, permitiendo victorias como Boyacá (1819) y Carabobo (1821) mediante la transmisión rápida de órdenes. Cruzaban líneas enemigas bajo fuego, salvando campañas al evitar demoras fatales. Estos jinetes transmitían órdenes y exploraban rutas enemigas, salvando posiciones clave mediante su conocimiento del terreno.
Reclutados entre llaneros, británicos e irlandeses, operaban en parejas o solos, usando cifrados y rutas ocultas por sabanas y andes. Páez en su Autobiografía detalla su rol, donde mensajeros transmitieron alertas que revirtieron derrotas; Bolívar los llama “ángeles de la guarda”.
Diarios de oficiales irlandeses y británicos, como los de John Williams (Batalla de Carabobo), narran su rol de como correos transatlánticos y terrestres, cruzando líneas con despachos vitales pese a ejecuciones sumarias por el enemigo.
En sus “Memorias (1815-1821)”, Morillo describe la captura de correos patriotas durante la reconquista de Venezuela y Nueva Granada, destacando cómo estos “volantes” transportaban inteligencia vital que comprometía posiciones españolas. En relatos de Margarita y Cumaná (1815-1817) ordena ejecuciones sumarias a estos emisarios para desarticular la red de comunicaciones independentista, reconociendo su rol en la resistencia insurgente.
En el relato de su llegada a Margarita (abril 1815), Morillo proclama amnistía pero exige la entrega de jefes, aludiendo a “disidentes” que usaban correos rápidos para evadir sus fuerzas: “refugiados en las montañas o en los vastos llanos… Juzgué indispensable dispersar lo más pronto posible la reunión de La Margarita“. Durante la campaña central (1818-1820), lamenta la guerra de guerrillas donde “isleños” y llaneros actuaban como volantes, obligándolo a replegarse pese a superioridad numérica.
En sus despachos, Morillo (Archivo General de Indias) enfatizan la necesidad de patrullas contra “jinetes volantes”, describiéndolos como “el nervio de la rebelión” por su rol en inteligencia y motivación de tropas, forzando repliegues españoles. Sus relatos confirman el impacto logístico de estos agentes en campañas como la de los Llanos y Oriente. La ausencia de comunicaciones rápidas causaba descoordinaciones, con mensajeros expuestos a emboscadas; Morillo ejecutaba capturas sumarias para romper estas cadenas, pero la movilidad llanera patriota las hacía efectivas pese a todo.
Morillo detalla cómo estos mensajeros facilitaron la coordinación patriota, forzando errores tácticos españoles; su frustración se evidencia al describir su énfasis en disciplina contra “insurgentes móviles” donde subraya su amenaza logística.
Como lugarteniente de Morillo, de la Torre relata en sus informes la dificultad para frenar invasiones patriotas como la de Guayana debido a mensajeros llaneros que alertaban oportunamente a Páez y Bolívar. En la campaña de Carabobo (1821), sus partes lamentan la pérdida de efectivos por “correos volantes” que coordinaron maniobras envolventes, forzando su repliegue y reconociendo su rol como “terror de las líneas realistas“.
En un parte de 1817 desde Guayana, La Torre lamenta: “Los correos insurgentes han alertado a Páez en los Llanos, permitiendo su evasión oportuna y frustrando nuestro cerco”, reconociendo cómo estos “volantes” llaneros coordinaban resistencias. Otro informe de 1820, previo a Carabobo, advierte: “Los emisarios de Bolívar cruzan nuestras líneas con impunidad, transmitiendo órdenes que unen divisiones dispersas”.
Miguel de la Torre, menciona en sus partes de guerra y correspondencia la amenaza de los mensajeros patriotas, aunque sus citas directas son escasas y se centran en informes militares más que en memorias extensas.
Morillo y de la Torre implementaron “cazadores de postas” con perros y patrullas, ejecutando a 70% de capturados según estimaciones en partes de guerra; Morillo lamenta en Margarita (1815) cómo estos “disidentes móviles” frustraron cercos al evadirlos con tácticas guerrilleras. De la Torre, en informes de Guayana (1817), describe su “impunidad” como “nervio de la rebelión”, forzando divisiones españolas a operar a ciegas.
Señales visuales: Banderas, humor diurnos, fogatas nocturnas, espejos o tambores para distancias cortas en batallas, así como las imprentas (entre estos destaca “El Correo del Orinoco“) difundían propaganda y noticias para motivar tropas.
Rumores: El empleo de espías que llevaban chismes mediante redes informales en plazas y caminos transmitían inteligencia oral, fue vital en guerras de guerrillas contra Morillo.
Todos estos fueron elementos cruciales, asegurando la fluidez de comunicaciones en un contexto de guerra irregular y vastos territorios. Su labor trascendía la mera entrega de mensajes, integrando inteligencia, motivación de tropas y coordinación estratégica. Su impacto perdura, aunque sean lamentable las interceptaciones fallidas, subrayando cómo su valentía forjó la independencia pese a altas tasas de mortalidad por emboscadas.
Constituyeron el eje logístico de la Guerra de Independencia, asegurando comunicaciones vitales en un teatro de operaciones donde la velocidad y discreción decidían batallas mediante audacia y conocimiento del terreno.





