“Yo creo que lo básico para que un país prospere y para que desarrolle las actividades normales, es crear el orden público”.
—Pedro Estrada
Pedro Estrada es una de las figuras más polémicas de la historia política venezolana. Para sus detractores —que no son pocos— representa la encarnación misma del mal y la tortura: una suerte de Belcebú venezolano al servicio del supuesto “zángano” Marcos Pérez Jiménez, aquel militar que condujo los destinos nacionales durante la Dictadura Militar Organizadora (1948-1958), concepto que —como juzgará el lector— considero plenamente adecuado.

Dicha dictadura nació, en gran medida, tras la toma de conciencia del gravísimo error que supuso otorgar a Acción Democrática y a su caudillo, Rómulo Betancourt, el poder político en 1945. El Trienio Adeco (1945-1948) —período en el que Pedro Estrada ya actuaba en servicios de seguridad bajo el mando del general y expresidente Eleazar López Contreras— estuvo marcado por la barbarie, la anarquía y una sinvergüencería institucionalizada. De los adecos, Estrada diría lo siguiente: “Los adecos están hechos para la violencia. A través de su historia tú lo puedes evidenciar, ya sea siendo gobierno u oposición. Ellos no creen en nada distinto”. Esta experiencia caótica preparó el terreno para el golpe de Estado de noviembre de 1948, que inauguró un nuevo capítulo histórico.
Como Director de la Seguridad Nacional (SN) durante el régimen perezjimenista (1951-1958), Estrada articuló una visión del Estado y de la sociedad centrada en la primacía absoluta del orden. Sin ambages, definía su participación política en una máxima que consideraba su aporte fundamental: “mi vocación en favor del orden”.
Durante la entrevista que sostiene Pedro Estrada con el periodista Agustín Blanco Muñoz —donde desteje trazos de su biografía y revela nociones conceptuales-prácticas que iluminan su pensamiento organizador— se advierte con claridad una urgencia congénita orientada a la instauración del orden. Desde sus primeros pasos como jefe de policía en Maracay ya se percibían esas inclinaciones hacia la organización social y la defensa del orden público.
El orden, para Estrada, no constituye un trámite administrativo ni un formalismo burocrático: es una condición sine qua non para el desarrollo y la prosperidad del país. En su esquema conceptual, el progreso venezolano depende, ante todo, de garantizar el orden; y este incluye tanto la protección del régimen como la salvaguarda efectiva del ciudadano de a pie.
Su pensamiento vincula íntimamente el orden con la propiedad privada, a la cual considera la máxima ambición y motor creativo del ser humano. Despojar al hombre del derecho de propiedad —asevera— es anular su deseo de superación y su capacidad de producir. Esa convicción se robustece al asumir responsabilidades policiales tras la muerte de Gómez, cuando se encontró con un panorama de anomia social, poblado de robos, saqueos y violencia callejera. Y a un amigo que, en Maracay, intentó ubicarlo en una facción política, le respondió con una frase que sintetiza su ethos: “Yo no estoy con nadie; yo estoy con el orden. No hay que confundirse”.
En cuanto a los métodos empleados para preservar el orden, Estrada reconoce la necesidad de la represión como herramienta esencial para cimentar un modelo social que descansa —afirma— sobre desigualdades inevitables en toda estructura política real. No obstante, se distancia de la imagen de terror absoluto y fantasiosa que se le atribuye desde sus adversarios políticos, juicio que se fijó de manera absurda en el imaginario colectivo venezolano.
Cuando se le acusa de haber ordenado torturas, niega de forma categórica tales imputaciones y desafía a quien sea a presentar una sola orden escrita o verbal que lo incrimine. Acepta, sí, la responsabilidad política total por los hechos ocurridos durante su gestión —¡sería tremendo si esto ocurriese con los paladines del democratismo del Trienio!—; pero insiste en que la oposición fabricó un terror psicológico, abundante en exageraciones y falsedades, con el fin de desacreditar cualquier intento de retorno a un orden estable y disciplinado en la vida nacional.
En su concepción, la subversión —que él identificaba como un mal corrosivo para el cuerpo de la República, porque amenaza con la disgregación— debía combatirse mediante los métodos tradicionales del Estado fuerte: la fuerza legítima, la coerción y la acción preventiva contra los enemigos del orden. Es decir, Estrada justifica el uso de la violencia institucional como un recurso necesario ante el caos: vis contra vis, o lo que es lo mismo: la fuerza frente a la fuerza. Y es que claro, algunos piensan que la fuerza siempre es barbárica, pero no. ¡Fuerza es, ante todo, instrumento de organización!
En esas páginas de la entrevista emerge un concepto peculiar, cuya vigencia inquietante —más que su contenido literal— nos obliga a detenernos: la “dictadura cultural”. Estrada lo introduce como una necesidad cardinal para asegurar la estabilidad y el porvenir de Venezuela, surgida en el fragor de la lucha ideológica contra la subversión y el comunismo que él enfrentó en su tiempo.
Según su planteamiento, el país requeriría de “un largo período de dictadura cultural”. El término, cargado de resonancias autoritarias-organizativas, no apunta —al menos en su formulación— a la mera represión política, sino a una reconfiguración profunda del espíritu cívico, a la transformación de la mentalidad social hacia una ética de disciplina, deber y orden. Se trata, en su visión, de instaurar una pedagogía nacional permanente, una estructura que moldee al ciudadano desde la base cultural misma del país: mens aedificanda est, «la mente debe ser edificada».
Para ejemplificar estos esfuerzos, Estrada menciona la creación del Círculo Militar y la Casa Sindical de El Paraíso como espacios orientados a cumplir esa función social y organizadora. Sin embargo, reconoce con amargura que tales iniciativas, aunque bien encaminadas, tropezaron con la lentitud y resistencia de un cuerpo social fragmentado, indisciplinado y adverso a la transformación interna.
Su posición parte de una convicción central: la lucha contra el comunismo y la subversión no podía librarse únicamente con procedimientos tradicionales de orden público. Ya desde su función al frente de la Sección Político-Social, hacia 1938, Estrada comprendió que el desafío no era exclusivamente policial; detrás del Plan de Barranquilla —proyecto político-ideológico pensado para ser aplicado sobre los moldes sociales de Venezuela— y otras conspiraciones, actuaba un enemigo que operaba en el territorio de las ideas, en la mente y en la fe política de los venezolanos. Declara él sin ambages: “Comencé a leer marxismo cuando comencé a combatirlo. No podía ir a combatir una cosa que no conocía”. Es una afirmación reveladora: primero el estudio, luego la acción. Aunque reconoce su carencia inicial de formación académica, asumió con disciplina una tarea que él describiría como “propedéutica” del combate ideológico: estudiar al adversario para desactivarlo desde dentro.
La misión de la Sección Político-Social, pues, no se reducía a la represión, sino a una estrategia más compleja —que suele omitirse: vigilancia, propaganda, educación política y contra-narrativa pública. Estrada aprendió entonces que la subversión podía desestabilizar un país sin disparar un solo tiro, y que —siguiendo la máxima latina bellum omnium contra omnes— la batalla por la hegemonía era permanente y total. Su visión, por tanto, incorpora una dimensión que muchos omiten: las ideas también matan o salvan naciones, y creo que sobran ejemplos en la historia reciente: el combate decisivo residía, pues, en esa dimensión dialéctica.
En esencia, la dictadura cultural, según Estrada, constituye un proceso prolongado y decisivo para instaurar la disciplina como hábito social y asegurar los cimientos de un orden duradero. Si —sostiene él— la democracia contemporánea ha permitido que la Universidad devenga semillero de desorden y que prolifere una masa improductiva acostumbrada a no trabajar, entonces el fracaso del país no es político, sino cultural: corruptio culturae, corruptio rei publicae.
La raíz del problema reside en lo que denomina el “espíritu arbitrario del venezolano”, una disposición anárquica que se ha cultivado durante generaciones —desde los remotos tiempos de la emancipación criolla—. En una nación donde, sin vergüenza pública, el silencio es devorado por la bulla, la melodía sustituida por el estrépito, donde la fealdad urbana se normaliza y el desorden vial se convierte en símbolo pernicoso del comportamiento ciudadano, no puede sorprender que la dictadura cultural —esto es, el sometimiento pedagógico del pueblo al deber de elevarse— se presente no solo como una exigencia básica, sino como una necesidad existencial para salvaguardar la vida nacional.
Para crear República es indispensable formar ciudadanos: máxima evidente de Bolívar y Rodríguez. Pero antes de ello —insinúa Estrada con crudeza— es preciso domesticar la barbarie, recordarle a esta horda de semibárbaros que una nación no es el espacio para hacer cuanto place a la “regalada gana”, sino el escenario donde cada acción debe dignificar y elevar la categoría señorial de la Patria.
El temor al orden en nuestros connacionales nada tiene que ver con una defensa genuina de los principios abstractos de libertad e igualdad sobre los que descansa la democracia. Para muchos, la democracia se reduce a la licencia para hacer lo que les venga en gana, como si Venezuela fuera —en palabras de Renny Ottolina— una cancha de bolas criollas. Si tal es la comprensión dominante, entonces alguien debe establecer reglas para esa cancha y vigilar los comportamientos que en ella se desarrollan.

No se trata, por supuesto, de instaurar un totalitarismo a la usanza soviética o nazi; se trata de dirigir a una nación históricamente acostumbrada al bochinche denunciado por Miranda, y fundar una escuela de valores cívicos: educar para Venezuela, como escribió Uslar Pietri. Pero antes de esa educación sobria y decente, si el ganado se halla disperso y alzado, una vara y unos gritos resultan insuficientes. Ahí radica la función de la dictadura cultural: someter hasta instruir, formar el carácter ciudadano, combatir el desenfreno de la barbarie.
Porque no puede gobernarse con civilización un país que persiste en comportarse con barbarie. Y si queremos —como es natural desear— levantar a Venezuela entre las naciones más ejemplares y prósperas del mundo, debemos primero disciplinar el espíritu que la habita y restaurar su dignidad pública.


