Eran los tiempos del general Pérez Jiménez. Venezuela pasaba por una transformación física con numerosas construcciones civiles a lo largo y ancho del país. El gobierno había estimulado la inmigración, que fue un aliviadero para la todavía semi destruida Europa, que apenas diez años antes había sufrido las calamidades de la segunda guerra mundial. Una de las naciones que todavía estaba empobrecida y arruinada era Italia, de donde vinieron decenas de miles de inmigrantes sin mayores controles. Albañiles que se decían ingenieros, obreros que se decían herreros y pare usted de contar. Pero generalmente gente buena que venía a matarse el hambre a como de lugar.
La misteriosa historia la cuentan el director del diario caraqueño, en idioma italiano de esos tiempos, “La Voce d’Italia” Attilio M. Cecchini y también el premio Nóbel Gabriel García Márquez, en esos tiempos periodista de varias revistas.
Las pensiones de Caracas se encontraban atestadas de esos inmigrantes. En una de ellas, la noche del 25 de febrero de 1955 los italianos oriundos de Sicilia Giuseppe Ferrantelli, Rosario La Porta, Vicenzo y Bernardino Piazza al salir de su pensión fueron interceptados por varios hombres que se desplazaban en dos automóviles que los obligaron a irse con ellos.
A los pocos días vieron al zapatero Calogero Bacino salir de su negocio con un venezolano desconocido que lo había ido a buscar. No regresó.
La misteriosa desaparición de los sicilianos empezó a causar preocupación en sus paisanos, pero la prensa, sometida a censura, nada dijo.
Otro siciliano, Rosario Valenti, amigo del zapatero, estuvo escondido por varios días, pero se decidió a salir a la calle para arreglar sus papeles para regresar a Italia. Cuando estaba a punto de entrar en las oficinas de la Identificación y Extranjería, dos hombres de paltó y sombrero lo interceptaron y se lo llevaron con ellos.

Otro italiano, también de Sicilia, era Minzione Polizzi, quien compartía con Valenti el cuartucho en la pensión donde vivían. En esos mismos días acudió a una agencia de viajes para irse del país, pero en las puertas fue conminado por dos hombres a acompañarlo, quienes se lo llevaron en una camioneta tipo panel, semejante a las camionetas usadas por la Seguridad Nacional en la época.
Especulan los periodistas, que algunos de los siete italianos se habían convertido o pretendían convertirse en informantes, delatores o “sapos” de la Seguridad Nacional, la policía política de aquellos tiempos, ya que la agencia de viajes que frecuentaban todos los desaparecidos, era apadrinada por algunos jefes de la S.N. Para estos fines, la gente de la agencia de viajes habría contactado a los sicilianos con un militar importante en el gobierno: el coronel Oscar Tamayo Suárez.
¿Pero quién fue Tamayo Suárez?

El coronel Tamayo, un militar muy destacado, había sido uno de los líderes de la Unión Político Militar, organización que fraguó el golpe que derrocó a Medina en el año 1945, fue el primer comandante de la Guardia Nacional cuando esta se convirtió en una fuerza aparte del ejército, para 1952, siendo comandante de las Fuerzas Armadas de Cooperación (Guardia Nacional) fue de los gestores del movimiento que entronizó a Pérez Jiménez en el poder, y siempre tuvo gran influencia en el gobierno. Fue él, quien al saberse los resultados adversos de las elecciones del 52, en nombre de los militares, le dijo a Pérez Jiménez que asumiera el poder. Pero resulta que Tamayo ahora, en 1956, estaba conspirando contra Pérez Jiménez.
La especulación periodística señala que Tamayo contrató a los italianos, que habían sido soldados durante la pasada guerra y tenían buen entrenamiento en materia de armas de fuego, para nada menos que asesinar a Pérez Jiménez. Hay una versión de que alguno de ellos fue visto en un polígono practicando junto a un militar.
El pago por el magnicidio sería una jugosa cantidad de bolívares que entusiasmó a los inmigrantes.

Pero Pedro Estrada, director de la Seguridad Nacional, tenía sabuesos en todas partes que se enteraban de lo más mínimo. Informes extraoficiales señalan que, entre efectivos y confidentes, la S.N. tenía solamente en Caracas más de cinco mil elementos. Muchos de ellos inmigrantes europeos, conserjes y dueños de pensiones que informaban de todo.
Detectives de la S.N. serían los que secuestraron primero a los cuatro sicilianos la noche del 25 de febrero, quienes al ser interrogados implicaron a los otros tres, que sucesivamente fueron capturados. Los siete habrían sido eliminados y sus restos se hicieron desaparecer al extremo que todavía no se sabe a ciencia cierta qué pasó y donde fueron a parar sus restos.
Pero quedan muchas dudas: ¿Por qué el gobierno italiano no pidió una averiguación sobre el destino de siete de sus nacionales? ¿qué hicieron las familias de los desaparecidos? ¿no sería más bien un “arreglo de cuentas” de la mafia siciliana? ¿serían en verdad unos mercenarios asesinos o unos tontos útiles? ¿Por qué después de la caída del régimen nadie pidió averiguar el paradero de los italianos desaparecidos, como sí ocurrió con otros casos?

Lo cierto es que el coronel Tamayo fue destituido a los pocos días, al descubrirse un intento de golpe de estado, pero para no reconocer que existían conspiradores en las fuerzas armadas el gobierno lo acusó de estar implicado en una supuesta corrupción en el hipódromo de El Paraíso. El denunciante fue nada menos que Fortunato Herrera, propietario de caballos pura sangre y uno de los más incondicionales amigos de Pérez Jiménez. Tamayo es detenido y recluído en la cárcel de La Planta y luego enviado al exilio en el extranjero. Lo sacaron del juego, desprestigiándolo y sin hacer mucha bulla.
A los pocos meses Pedro Estrada, director de la S.N. con bombos y platillos anunció el desmantelamiento de un presunto plan para asesinar al general Pérez Jiménez. Mostró armas y explosivos, pero atribuyó el complot a Rómulo Betancourt, Carlos Andrés Pérez y Horacio Chacín Ducharne. No mencionó para nada a los italianos.
Años después el coronel Tamayo Suárez saldrá nuevamente a la palestra pública por sus implicaciones en el cuartelazo conocido como “El Barcelonazo”, movimiento golpista en contra del gobierno de Rómulo Betancourt del 26 de junio de 1961. Hoy el museo de la Guardia Nacional lleva su nombre.


