“A todo lo largo de la historia de Venezuela hay como una voz que se alza continua y patética para advertir los riesgos de los tiempos y la necesidad de rectificar el rumbo del país. No es una sola voz, pero sí es, en lo esencial, una sola prédica que pasa de boca en boca descendiendo por los sucesivos escalones de las generaciones”
—Arturo Uslar Pietri

En la lejanía turbulenta de nuestros períodos históricos, la memoria abre paso a episodios que, vistos desde la silla del presente, no nos hieren tanto por nostalgia del ayer como por la duda sincera del qué habría sucedido si… Esa pregunta, tan humana como dolorosa, atraviesa los campos del saber y la conciencia de los pueblos. Aun cuando parezca un sentimentalismo vano, bien puede servirnos —como sacacorchos de la historia— para destapar las verdades ocultas que laten en los infortunios de nuestra vida republicana, especialmente en aquellos hombres que, llamados a la presidencia, fueron negados por el destino.
Muchos venezolanos ilustres han ocupado la Primera Magistratura de la República; otros, menos dotados en talento, en sabiduría o en amor patrio, fueron, más que gobernantes, saqueadores de facto del erario y del espíritu nacional. Apenas una tenue luz asomó alguna vez en las cuevas sombrías de sus administraciones penosas. Pero hubo también quienes, siendo civiles eminentes, dechados de humanidad y ejemplo de liderazgo, se acercaron a las puertas del poder sin lograr franquearlas, rasgando las telas de la presidencia sin poder, jamás, ceñirse su traje definitivo.
Venezuela reclama para sí la herencia moral de aquellos hombres que el destino selló in extremis con la locura, la muerte prematura o la envidia que engendra ignorancia. Ellos, que fueron lámparas de sabiduría y de devoción venezolanista, quedaron fuera de la historia oficial, como voces truncas del porvenir. Quiero invocar, en estas líneas, la memoria de esos cuatro ausentes del poder: hombres que, por su virtud y su entrega a la idea nacional, pudieron haber sido la esperanza de una patria herida, y cuya ausencia todavía provoca una cólera moral en quienes creemos que el bien público debió alguna vez tener rostro decente.
Del Prestigio a la Locura

Diógenes Escalante nació en Queniquea, en el Estado Táchira, en 1879. Aquel rincón andino, austero y montañoso, que dio también a Venezuela al general Eleazar López Contreras, fue cuna de una generación de hombres hechos al rigor del clima y a la disciplina del deber. En esa comarca, donde el viento huele a páramo, se formó el temple de quien más tarde habría de figurar entre los nombres ilustres —y también trágicos— de nuestra historia política.
Su juventud transcurrió en los últimos años del siglo XIX, cuando el país, fatigado de guerras civiles, buscaba todavía su equilibrio republicano. Iniciado en las filas del Partido Liberal Amarillo, aquel que prolongaba al crespismo, Escalante sirvió como ayudante de campo del general Espíritu Santos Morales durante la invasión andina de 1899, aquella que llevó a Cipriano Castro y a Juan Vicente Gómez hasta las puertas del poder. El joven Diógenes combatió entonces contra los hombres que poco después regirían el destino de Venezuela; pero la fortuna, maestra del oportunismo político, lo haría luego servidor de ambos guerreros.
Su carrera pública tomó cuerpo en los días del naciente gomecismo. Escalante comprendió, con sagacidad, que el nuevo orden necesitaba hombres leales antes que bochincheros. Por su defensa constante del régimen fue recompensado con cargos de alta visibilidad: fue Secretario de la Gobernación de Caracas en 1902; más tarde, Cónsul en Europa —en Berlín, Holanda y Francia—, donde aprendió el tono diplomático que marcaría su trato con el poder. En 1910 regresó brevemente al Táchira para ejercer como Secretario General de Gobierno, y poco después fue nombrado Director de la Imprenta Nacional, desde donde se proyectó como un hombre de letras y administración.
En los años de mayor consolidación del régimen, Escalante se unió con entusiasmo al movimiento del “Gómez único”, aquel coro de adhesión que pretendía convertir al Pacificador en mito viviente de Venezuela. Fue diputado por el Estado Sucre en el Congreso de Plenipotenciarios de 1914, que legitimó la dictadura organizadora del César andino, y ese mismo año fundó El Nuevo Diario, tribuna desde la cual exaltó la estabilidad y el orden que, según él, Gómez garantizaba a la nación. Se templó así la primera vida de Diógenes Escalante: entre la obediencia y la lealtad al Padre Restaurador, entre el servicio al poder y la fe en una Venezuela que aún creía poder salvarse bajo la sombra protectora de un hombre fuerte.
Durante dos décadas, Diógenes Escalante fue uno de los más notables representantes diplomáticos del régimen de Gómez. Desde 1915 hasta la muerte del gendarme necesario, su voz fue la de Venezuela en el exterior: una voz prudente, medida y de acento culto. Europa fue su morada y también su escuela. Aprendió las delicadas artes de la diplomacia y el sentido de los equilibrios internacionales que tan hondamente marcaron su pensamiento.
Cuando Gómez murió en 1935, Escalante regresó a la patria que había dejado veinte años atrás. Fue Eleazar López Contreras, su coterráneo de Queniquea, quien lo llamó a Caracas, reconociendo en él a un civil ilustrado y de juicio sereno, recto, necesario ante esa hora del porvenir venezolano. Ocupó cargos de relieve: Ministro de Relaciones Interiores y Secretario de la Presidencia en 1936, colaborando además en la redacción del Programa de Febrero —junto a Caracciolo Parra-Pérez, Manuel Egaña y Alberto Adriani—, aquel documento de jerarquía renovadora buscaba reconciliar el orden heredado con la apertura de un nuevo tiempo republicano.
Para 1941, en el ocaso del exitoso bolivarianismo republicano, Escalante se había convertido en el candidato preferido de López Contreras para la sucesión presidencial. Sin embargo, los vientos políticos, inclinados hacia la figura de Medina Angarita, desviaron la balanza de su favor. Aceptó con mesura el revés y volvió al servicio exterior, siendo nombrado Embajador en Washington. Entre recepciones diplomáticas y conversaciones discretas, afianzó amistades que hablaban tanto de su cultura como de su carácter. Su trato distinguido y su inteligencia analítica le valieron el respeto de los círculos políticos norteamericanos, incluso del vicepresidente y luego presidente Harry Truman, con quien lo unió sincera amistad.
Escalante gozaba de una reputación compleja, casi legendaria entre sus partidarios, lo que diríamos un titán de la diplomacia. Se le tenía por un hombre de juicio claro, conocedor profundo de los problemas internacionales, liberal en su pensamiento y de decoro intachable, incapaz de manchar su nombre con el peculado. Muchos lo veían como la figura neutral que podía servir de puente entre los viejos y los nuevos tiempos. Incluso Rómulo Betancourt, adversario ideológico pero hombre de palabra justa, lo llamó “varón de carácter, con personalidad definida, que no sería muñeco de nadie en la Jefatura del Estado”.
Pero no todos lo miraban con benevolencia. Su larga ausencia del país hacía que muchos lo consideraran un hombre desligado del alma venezolana, “extranjerizado” por su prolongada estancia en el exterior. Otros le reprochaban su pasado gomecista, su firma en los actos que legitimaron la “terrible dictadura”. Betancourt mismo trató de justificar aquello como “una responsabilidad común” de su generación civil. Cuando Escalante regresó brevemente a Venezuela, antes de su candidatura, la reacción popular fue tibia, casi hostil, como si el país no lograra reconocer en aquel diplomático pulcro al joven tachirense que un día creyó en la promesa de una patria ordenada y decente.
Así fue Diógenes Escalante antes del gran desenlace de su vida: un hombre entre dos épocas, un civil de inteligencia probada, un venezolano que quiso servir desde la razón y no desde la espada, y que el destino —caprichoso y trágico— apartaría del poder justo cuando la nación parecía dispuesta a aceptarlo.
En los primeros meses de 1945, la candidatura de Diógenes Escalante emergió como una esperanza de equilibrio en medio del agitado panorama político nacional. Fue el propio gobierno de Isaías Medina Angarita quien la promovió, con el doble propósito de continuar la obra de moderación iniciada por López Contreras y, al mismo tiempo, neutralizar la sombra de su eventual reelección, calificada por los pedevistas (Partido Democrático de Venezuela) y demás contendientes como “reaccionaria”.
Todo parecía conjugarse a favor del diplomático andino. Su nombre despertaba adhesiones de los más diversos sectores: el Partido Democrático Venezolano, columna del régimen, lo proclamó con entusiasmo; los lopecistas, prudentes y previsores, lo aceptaron; hasta el pequeño Partido Comunista le otorgó su simpatía. Lo más sorprendente fue el respaldo del recién fundado partido Acción Democrática, cuyos líderes —Rómulo Betancourt y Raúl Leoni— viajaron a Washington para entrevistarse con él. En los salones sobrios de la Embajada, se fraguó un acuerdo que parecía sellar el porvenir político del país: los adecos ofrecerían su apoyo a cambio de la promesa de Escalante de abrir paso al sufragio universal, directo y secreto, y de renovar la estructura militar heredada.
Aceptada la candidatura, Escalante regresó a Venezuela el 8 de agosto de 1945. Su llegada a Maiquetía fue un acontecimiento nacional. Una multitud de más de cinco mil personas, entre dirigentes, obreros y curiosos, se congregó para recibirlo. Era el retorno del civil culto, del hombre sereno que, después de largos años de representación diplomática, venía a reconciliar las fuerzas dispersas del país. Por unos días, Venezuela pareció creer nuevamente en la posibilidad de una transición pacífica, razonada, guiada por la inteligencia y no por la violencia de los antiguos males atávicos.
Pero la euforia se desvaneció con la misma rapidez con que nació. A fines de agosto comenzaron a circular rumores inquietantes sobre su salud mental. El 31 de ese mes, Escalante mostró signos de perturbación: desvaríos, quejas absurdas, temores infundados. El psiquiatra Francisco Herrera Guerrero, llamado con urgencia, diagnosticó sin vacilaciones un trastorno grave: la mente del candidato se había extraviado. El 3 de septiembre se confirmó lo impensable: Diógenes Escalante, el hombre del consenso nacional, había perdido la razón.
Aquel diagnóstico fue más que un parte médico: fue el certificado de defunción de una esperanza civil, de una nueva democracia efectiva. Su renuncia, forzada por la enfermedad, alteró todo el tablero político. El lopecismo recuperó fuerzas; el gobierno buscó apresuradamente un sustituto, Ángel Biaggini; y Acción Democrática, convencida de que su pacto con el candidato se había hundido para siempre, aceleró los preparativos del golpe cívico-militar que estallaría el 18 de octubre. La locura de un hombre abrió la puerta a la tormenta que cambiaría el curso de la República para siempre.
Escalante fue llevado poco después a los Estados Unidos, donde sus familiares lo internaron en una casa de reposo en Florida. No volvió a pisar su patria. Algunos cables de prensa intentaron suavizar la noticia, hablando de “tratamientos médicos” y de un pronto restablecimiento, pero la verdad era otra: el embajador que había representado la serenidad venezolana ante el mundo se apagaba lentamente, vencido por el desequilibrio interior.
Rómulo Betancourt, dueño ya de la palabra pública, dio entonces su versión de los hechos, presentando aquel acuerdo —que solo él y un hombre enfermo conocían en su totalidad— según su conveniencia. Escalante, recluido y silencioso, no pudo desmentirlo.
Así terminó la tragedia de Diógenes Escalante: la del civil que estaba destinado a unir, y que, al perder la razón, precipitó el derrumbe de la cordura nacional. En su caída se refleja, como en un espejo roto, el drama de Venezuela: la imposibilidad de convertir la inteligencia en poder efectivo y la virtud en representación de ese nuevo poder venezolano. La locura se había comido a la democracia venezolana.
La Venezuela Posible
La candidatura presidencial de Arturo Uslar Pietri en 1963 no fue una aventura electoral más dentro del fragor partidista de la República. Fue, más bien, el esfuerzo de un intelectual civil por rescatar la política del pantano de la violencia y de la improvisación siempre destructiva de las cosas “bien hechas”. Aquellos años estaban marcados por la inestabilidad, por el idealismo vacío de la guerrilla, que, desde los montes, creía poder redimir a la patria con cuotas de sangre y cartuchos. En medio de ese clima amargo, la figura de Uslar emergió como un llamado al entendimiento nacional, como la tentativa de reconciliar al país consigo mismo.
Desde su retorno a la vida pública en 1958, en el nacimiento de la llamada democracia puntofijista, una vez terminado el ciclo del Nuevo Ideal Nacional, el escritor caraqueño, había venido madurando una doctrina de Estado fundada en la inteligencia creadora, en la cultura como raíz del progreso, y en el deber de formar una democracia moral antes que numérica. Su candidatura fue, pues, la cristalización de esas ideas: una protesta contra la demagogia y una invitación al consenso nacional.
La postulación nació del impulso de un grupo de hombres independientes que veían en él la figura idónea para unificar a la oposición dispersa. A finales de 1962, Ramón Escovar Salom, líder del Movimiento Republicano Progresista (MRP), inició gestiones para erigir a Uslar como candidato único frente a las maquinarias partidistas. El intento fracasó ante las ambiciones de Jóvito Villalba, de la Unión Republicana Democrática, y de Wolfgang Larrazábal, del Frente Democrático Nacional. Pero Uslar, fiel a su temple de hombre de ideas, decidió seguir adelante, confiando más en la fuerza moral de la convicción que en la aritmética electoral.
Su candidatura recibió el respaldo del MRP y de un mosaico de organizaciones civiles y económicas: el Comité Electoral Campesino, dirigido por Ramón Quijada; el grupo Independientes Pro Frente Nacional, integrado por empresarios y figuras de la banca como Óscar Machado Zuloaga y Pedro R. Tinoco hijo; y otros movimientos menores, como el Frente de Unificación Nacional (FUN) y OPINA. No fue, pues, un partido lo que lo llevó a la contienda, sino una conjunción de voluntades dispersas que veían en él al civil capaz de devolverle decoro a la República.
El 22 de junio de 1963 fue proclamado candidato por un grupo de independientes, y el 13 de julio la postulación se hizo oficial. Su lema, “Arturo es el hombre”, resumía la aspiración de quienes, cansados de la politiquería, buscaban en él al maestro, al orientador, al estadista que podía unir la inteligencia con la acción. Bajo el concepto de “entendimiento nacional”, Uslar Pietri ofrecía algo que los partidos habían olvidado: el gobierno de la sensatez, el retorno de la cultura a la vida pública, la reivindicación de la educación como fundamento de la patria.
Así nació aquella candidatura: no como la empresa de un ambicioso del poder, germinaba el deber moral de un pensador ante la decadencia de su tiempo político.
Arturo Uslar Pietri no se presentó ante el país como un caudillo, lo hizo como un hombre que venía a cumplir una tarea de conciencia: la de señalar el desvío y proponer la rectificación. Su candidatura de 1963 fue, ante todo, una respuesta moral a la urgencia de un cambio. En sus discursos y escritos repetía dos ideas matrices que resumían su visión del porvenir: la “necesidad del cambio” y la “Venezuela posible”. Ambas expresaban su fe en que la nación podía reencontrarse consigo misma si el talento y la honestidad sustituían a la improvisación y la demagogia.
Su programa de gobierno, presentado en Maracaibo ese mismo año, se apoyaba en tres frentes de acción que él llamaba las políticas de justicia, desarrollo y soberanía. No eran simples etiquetas electorales, sino ejes morales de un proyecto nacional. En su esencia, todas apuntaban a un mismo propósito: la creación de una democracia eficiente y dejar de lado las constituciones ficticias, aéreas, de papel. Para Uslar, la democracia no debía agotarse en el rito del sufragio ni en la algarabía de los mítines. Era, más bien, una obra permanente de responsabilidad, una disciplina de orden, tranquilidad y progreso. Lo que él buscaba era salvar el espíritu de la República de la banalidad partidista y del odio político que dividía a los venezolanos.
En el centro de su pensamiento económico, como piedra angular, estaba la vieja consigna que él mismo había acuñado en 1936: “sembrar el petróleo.” Para Uslar, la salvación de Venezuela pasaba por transformar la renta petrolera en riqueza productiva y duradera, en educación, en agricultura, en industria. Repetía con tono profético que el petróleo debía invertirse en el porvenir, no en el consumo inmediato ni en el populismo que empobrece al espíritu nacional.
Por eso criticó con severidad la política petrolera del gobierno de Rómulo Betancourt y su lema de “no más concesiones”. No rechazaba la prudencia, sino la falta de un plan alternativo que garantizara continuidad y desarrollo. Afirmaba que una política de Estado debía ser fruto del consenso nacional, y no la imposición de un partido o de un hombre. “El petróleo —decía— pertenece a la nación, no a un gobierno pasajero.”
En un país herido por la violencia subversiva, en medio de asaltos, sabotajes y robos que estremecían la conciencia pública, Uslar se alzó contra la represión como único remedio. Entendía que la violencia no se vence con fusiles, sino con justicia. Su fórmula era clara: combatir el comunismo haciendo mejor justicia social que los comunistas; vencer la miseria creando trabajo y cultura; devolver la fe en la República gobernando bien.
Así concebía su democracia eficiente: una democracia que no se predicara, sino que se cumpliera; una democracia capaz de restaurar la confianza del pueblo en sus instituciones y de reconciliar la libertad con el orden. Era, en suma, el ideal de un civil que quiso moralizar la política, convertir el petróleo en escuela y el Estado en ejemplo.
En sus palabras se percibe la prédica de los maestros de la nación: Bello, Rodríguez, Vargas. Pero también la advertencia de quien sabía que, si Venezuela no sembraba el petróleo en su cultura, lo derramaría en su ruina. Y así fue.
La campaña presidencial de Arturo Uslar Pietri se libró en medio de un fuego cruzado donde la palabra política fue usada con la virulencia de un vil fusil. El solo hecho de presentarse como candidato independiente, ajeno a las maquinarias de partido y representante de una élite intelectual y moral, bastó para que tanto el gobierno como la oposición lo consideraran un peligro. En un país acostumbrado a los bandos, la figura de un hombre que no obedecía consignas despertaba, a un tiempo, recelos y esperanzas.
Desde Acción Democrática (AD), dirigida aún por Rómulo Betancourt, y desde COPEI, bajo la égida de Rafael Caldera, se le vio con desconfianza. Ambos lo asociaban al “antiguo régimen”, al “gomecismo civilizado” de Medina Angarita, donde Uslar había sido —como decían sus adversarios— una “eminencia gris”. Caldera, con su ironía habitual, lo llamó “candidato paracaidista”, insinuando que su única función era restarle votos a los socialcristianos y favorecer a los adecos.
La izquierda, por su parte —entre el Partido Comunista y los sectores más radicales de AD—, lo atacó por su origen social y por su independencia económica, acusándolo de representar los intereses de la “oligarquía” y de los “monopolios extranjeros”. Su condición de intelectual, no formado en el bullicio de los comités sino en la meditación del estudio, lo hacía sospechoso ante quienes medían el valor político por la militancia y no por la capacidad.
Incluso la Unión Republicana Democrática (URD), que mantenía la amistad personal de Jóvito Villalba con Uslar, se apartó de su causa, recordándole que un candidato sin maquinaria partidista estaba condenado al fracaso. La advertencia tenía el peso de la experiencia: el ejemplo de Larrazábal en 1958 todavía flotaba como un recordatorio de que la popularidad sin estructura termina disolviéndose en los comicios.
Pese a ese cerco político y a la violencia verbal de la contienda, Uslar Pietri se convirtió en un fenómeno electoral. En las elecciones del 1 de diciembre de 1963, obtuvo 469.363 votos, equivalentes al 16,08% del total nacional, y alcanzó casi el 40% de la votación en el Distrito Federal. Aunque resultó derrotado —Raúl Leoni triunfó con el 32,8%—, su candidatura reunió, por primera vez, a electores de los más diversos orígenes: desde la “extrema derecha” hasta la “extrema izquierda”. Su mensaje había tocado la fibra de un país fatigado de las promesas vacías y de los odios sistemáticos.
La derrota no disminuyó su estatura. Los grupos que lo apoyaron fundaron, en febrero de 1964, el Frente Nacional Democrático (FND), y Uslar, con su prudente sentido de Estado, aceptó colaborar en el gobierno de amplia base de Raúl Leoni, junto a la URD. Su actitud no fue de claudicación, sino de necesario servicio: entendía que la patria se salva también desde el consejo y la cooperación. Tal vez fue un error.
Su doctrina, centrada en la democracia eficiente y en la empresa de hacer el país, no encontró concilio inmediato en una sociedad dominada por el populismo y la inercia rentista. Pero con el paso de los años, su pensamiento se reveló como una advertencia moral, una voz que hablaba desde el porvenir.
Hoy, al recordarlo, comprendemos que Uslar Pietri no fue un candidato perdido en las cifras de una elección: fue el maestro civil que intentó sembrar en la conciencia nacional la idea de que Venezuela no se redime con promesas populistas y demagógicas, se redime con trabajo, inteligencia y educación. Su palabra sigue siendo un reclamo ante el futuro: el reclamo de una patria que aún no ha aprendido a ser eficiente en su democracia ni sabia en su riqueza. Ahora nos toca acatar, ahora mucho más, aquellas advertencias y fundar la democracia efectiva, aristocrática, funcional en nuestro país asolado.
El suicidio de la Democracia

En el panorama político de la Venezuela moderna, la figura de Alirio Ugarte Pelayo tiene un cierto brillo con el fulgor trágico de quien pensó la democracia no como sistema, sino como urgencia moral. Joven doctor, abogado de mucho verbo, dejó en su obra Destino Democrático de Venezuela (1960) un verdadero testimonio de inteligencia cívica y pasión republicana. No habla ahí como doctrinario de escritorio, era un hombre que concibe las ideas como instrumentos de acción, y la libertad como una vocación del espíritu. Una democracia, una República, no son conceptos en sus ideas; son realidades constructivas de posibilidades.
Don Alirio comprendía que la democracia no se defiende con agresivas consignas, es con la fundación de instituciones y sus efectivas aplicaciones sobre los hechos venezolanos. Desde su militancia en la Unión Republicana Democrática (URD), sostuvo que la unidad de los partidos era el único camino para preservar el orden constitucional y garantizar el progreso. “La división —advertía— es la antesala del despotismo”. En su visión, la democracia es, ante todo, un régimen de partidos, porque el pluralismo no debilita, sino que vitaliza a la República. Atacar o restringir una corriente política era, a su juicio, iniciar una ofensiva contra la libertad misma.
URD, bajo su liderazgo, se definía como un Partido Liberal Popular, fórmula que sintetizaba su ideario:
En cuanto a lo Liberal, don Alirio se declaraba enemigo del retroceso autoritario. Defendía la dignidad humana frente al abuso del poder y denunciaba el peligro de toda hegemonía política o ideológica. Sabía que la concentración del poder en una sola fuerza conduce, inevitablemente, al sectarismo, al golpe de Estado y al despotismo. Por eso proclamaba la igualdad de todos ante la ley y exigía la eliminación de todo fuero o privilegio, fuese civil, militar o religioso.
En cuanto a lo Popular, su liberalismo no era estático ni conservador: sí transformador. Creía en una revolución democrática, pacífica y social, alejada de otros experimentos bruscos como lo fue la revolución octubrista de 1945. Propugnaba una profunda reforma agraria, la limitación racional de la propiedad y la entrega gratuita de tierras a quienes las trabajaban. En su concepto democrático, el pueblo debía ser protagonista del desarrollo, no sumiso espectador; creador de su destino y no súbdito de los intereses mezquinos del partidismo.
Uno de los temas centrales de su doctrina fue la relación entre el poder civil y el poder militar. En una época aún marcada por el sello inconfundible de los cuarteles, don Alirio condenó el militarismo, al que definía como el vicio de convertir a las Fuerzas Armadas en árbitro del destino nacional. Para él, la estabilidad de la República no dependía de si el presidente era civil o militar, sino de que fuera un estadista, capaz de integrar la representación política de la nación en un proyecto común. “Las Fuerzas Armadas —afirmaba— debían ser institucionales, obedientes a la ley, guardianas del orden y nunca deliberantes en política”.
Su ideal de equilibrio se concretaba en la idea de un Gobierno de Integración Nacional: un poder ejecutivo que reflejara la pluralidad de la voluntad popular, asegurando la participación de todas las fuerzas políticas y evitando así la exclusión que alimenta los golpes de Estado y las dictaduras.
Con la misma claridad, reclamaba una reforma constitucional que descentralizara el poder y devolviera a los Estados su autonomía. Veía en el régimen federal una garantía contra el centralismo asfixiante de Caracas y proponía la elección directa de los gobernadores, convencido de que solo una nación con múltiples centros de vida política podía llamarse verdaderamente libre.
En síntesis, la doctrina de don Alirio fue una defensa integral de la libertad y la responsabilidad política. En ella cabían tanto la justicia social, como el respeto institucional y la igualdad de los ciudadanos ante la ley. Su visión de una democracia liberal-popular no fue un antojo ideológico, se trató de un sincero intento más lúcido de armonizar el orden con la libertad, la ley con el pueblo, y el ideal republicano con la realidad venezolana.
Su voz —tan joven y tan sabia— quiso despertar al país del letargo cívico. Fue, en el sentido más noble de la palabra, un demócrata combatiente: aquel que entendió que la libertad no se hereda ni se improvisa, sino que se edifica día a día sobre la justicia, la unidad y la virtud. Pero, esta pieza trata sobre desarrollos heroicos con finales trágicos.
La tragedia política de Alirio Ugarte Pelayo comenzó a gestarse en el seno mismo del partido al que había servido con lealtad y entusiasmo: la Unión Republicana Democrática. Aquel joven tribuno, que había consagrado su vida a la defensa de la democracia, se vio de pronto cercado por la incomprensión y la intriga de sus colegas de partido. En un borrador de carta dirigida a su maestro y jefe político, Jóvito Villalba, pocos meses antes de su expulsión, el amargo don Alirio dejó testimonio de su amargura y su soledad moral.
En esas líneas —que son más una confesión que una defensa— relata la existencia de un ambiente hostil, de un grupo pequeño y rencoroso que, según sus palabras, se había dedicado a la “intriga y la maledicencia” con el propósito de destruir su reputación. Aquellos adversarios internos, a los que él llamaba con ironía “un grupelo”, lo acusaban de conspirar contra el partido, de crear divisiones, y hasta de fomentar un supuesto “alairismo”, como si su pensamiento libre fuese una amenaza para la disciplina partidista.
Con su serenidad habitual, respondió que su lealtad no era a un grupo, sino a la doctrina liberal y popular de la URD, y que sus actos se regían por principios, no por conveniencias. “He obrado siempre dentro de los organismos regulares del partido”, afirmaba, reivindicando su conducta limpia frente al fango de las sospechas.
La tensión se agravó cuando comenzaron a discutirse las futuras candidaturas presidenciales y la posibilidad de una alianza de unidad nacional. En ese contexto, fue acusado falsamente de sostener reuniones con otras organizaciones políticas para promover su nombre. Él, por supuesto, negó categóricamente tales versiones y recordó que el propio Villalba había desestimado su eventual candidatura. Aun así, las intrigas continuaron, alimentadas por quienes veían en él un espíritu demasiado libre para ser controlado.
Finalmente, la crisis estalló. Según la prensa de la época, el 18 de octubre —en medio del clima de divisiones internas y de la descomposición de la llamada “Mesa Redonda” opositora—, la dirección de URD resolvió expulsarlo del partido, sin debate ni derecho a réplica. La decisión fue ratificada meses después, el 17 de enero, por unanimidad, en una sesión que selló el divorcio entre la doctrina y la mezquindad.
Ugarte no aceptó el agravio en silencio. Rechazó la expulsión mientras no se le dieran las razones de su condena, exigiendo claridad y honor donde solo halló cálculo y miedo. “No se atrevieron a explicarme las causas”, diría después, con esa dignidad serena de los hombres que prefieren la soledad que invita a la reflexión antes que la penosa humillación.
A partir de ese momento, Alirio Ugarte Pelayo quedó como un desterrado dentro de su propia causa democrática en una Venezuela partida en ramas de distintos matices políticos. La URD —que él había defendido como instrumento de libertad— se convirtió, en su doloroso juicio, en una máquina de poder, como lo tienden a ser los otros partidos. Y aquel joven demócrata, que soñó con la unidad de los partidos como garantía de la democracia, comprendió que el mal de Venezuela no estaba en los dictadores de uniforme, sino en los dictadores de comité, esos que hacen de la intriga malévola una forma de gobierno. ¡Qué giros de tuerca!
Desde entonces, su palabra adquirió un tono más grave, más personal, más mesiánico. Su idealismo no se apagó: se hizo hierro versificado, ardiendo en medio de un mundo político que había perdido el sentido moral de la acción pública. Era un hombre nuevo dispuesto a tomar acción.
En mayo de 1966, cuando la República ya se hallaba sumida en las tensiones que explotarían años más tarde, cayó ese pensador, político y, ante todo, ejemplar ciudadano lleno de luces: Alirio Ugarte Pelayo. Su muerte, envuelta en el misterio y la conjetura, no fue simplemente la desaparición de un hombre, sino el apagamiento de una esperanza cívica, de una oportunidad de una democracia decente y apta. Murió el tribuno, pero con él se resquebrajó también una esperanza que, aún débil, se atrevía a sostener la fe en la democracia como empresa moral y no como maquinación de poder.
Aquella mañana —dicen los periódicos— se disponía a ofrecer una rueda de prensa en su residencia de Los Chorros. Tenía apenas cuarenta y tres años. Había sido expulsado de su partido, difamado por los suyos, traicionado por los mismos que lo aclamaron. Su espíritu, herido pero no vencido, preparaba el nacimiento de un nuevo movimiento, quizás el último intento por redimir la palabra política de las garras del sectarismo adequista, copeyano y urredista. Entonces, un disparo interrumpió su voz. La noticia se propagó por Caracas como una herida abierta: Alirio Ugarte Pelayo se había quitado la vida —dijeron los cables oficiales—. Pero ni sus familiares ni sus discípulos creyeron en aquel relato de conveniencia.
Desde el primer día, su muerte se envolvió en sombras. Se habló de envenenamiento, de conjuras, de manos invisibles que quisieron silenciar al orador incómodo. Su esposa sostuvo que en las manos del muerto no había rastros de pólvora, y su hija, años después, negaría con firmeza el suicidio: “Mi padre no pudo tomar una decisión tan cobarde y simplista”. Y, aun si fue la suya la mano que empuñó el arma, ¿no fue, en el fondo, la República la que se disparó a sí misma al perder a uno de sus más nobles civiles?
Su muerte fue, para Venezuela, lo que un eclipse es para los pueblos antiguos: un presagio y una enseñanza. En el silencio de aquel disparo resonó la frustración de una generación que creyó que la democracia podía edificarse sobre la virtud y no sobre la intriga. Fue el último idealista civil de su tiempo: aquel que quiso reconciliar la libertad con el orden, la política con la decencia.
La multitud que lo despidió en Caracas no lloraba solo a un hombre; lloraba la desaparición de una posibilidad para Venezuela. La democracia, sin él, volvió a manos de los comités y de los cálculos. Lo que Alirio quiso edificar con doctrina y honor se desmoronó bajo el peso de los pactos y las consignas. Lo que al final nos llevó a los cauces que ya conocemos con amargura y pesimismo.
Y así, su nombre quedó escrito en la memoria venezolana no como el de un mártir político —que sería demasiado breve—, sino como el de un civil de vocación redentora, cuyo ideal se estrelló contra la indiferencia de su tiempo. Su voz, que pedía unidad y grandeza, se apagó antes de ser escuchada. Pero aun en su muerte, parece recordarnos que el destino democrático de Venezuela no se juega en las urnas, sino en la conciencia moral de sus hombres.
Conciencia Cívica

Renny Ottolina, conocido como El Número Uno de la televisión venezolana, emergió a mediados de la década de 1970 como un líder de opinión de tal magnitud que se le abrieron posibilidades insospechadas en el ámbito político. En un proceso electoral caracterizado por la “multicolor abundancia de candidatos”, Ottolina aspiró a la Presidencia de Venezuela en 1978, en lo que él mismo consideró un esfuerzo por cambiar el curso de la historia y establecer un “gobierno decente”. Su corta pero intensa carrera política se desarrolló al amparo de su inmensurable influencia mediática, antes de verse truncada abruptamente por un fatal accidente aéreo.
El proyecto político de Ottolina no se fundamentaba en un programa de gobierno tradicional, sino en lo que él denominó un “programa político”, articulado a través del Movimiento de Integridad Nacional (MIN). Esta agrupación se definía como humanista-pragmática, sustentada en la creencia del rescate del ser humano y en la necesidad de realizar las cosas por su propia necesidad. Su ideología central se apoyaba en el cumplimiento de la Constitución Nacional y en la aplicación efectiva de la ley.
El discurso de Ottolina se centró en la recuperación moral del venezolano a través del restablecimiento de los valores espirituales. Sostenía que era indispensable cambiar la manera de ser y de pensar del ciudadano, pues el país se hallaba sumido en una profunda crisis de valores. Invitaba a eliminar aquellas actitudes degradantes del carácter nacional: “ausentista, holgazán, pedigüeño, pordiosero ni ladrón”. Su fórmula de país era sencilla, pero de eficacia indiscutible: educación y trabajo.
Uno de los pilares de su plataforma fue su enérgico rechazo al partidismo estéril y a la llamada “carnetocracia”. Aunque reconocía la importancia del sistema de partidos, condenaba lo que denominaba “los partidos del sistema”. Abogaba por una auténtica meritocracia, donde el valor del ciudadano se midiera por su preparación y méritos, y no por su filiación política. Como muestra de su compromiso con la inclusión del talento nacional, Ottolina prometió presentar su gabinete dos meses antes de las elecciones, integrado por venezolanos capaces, independientemente de sus tendencias ideológicas.
En materia económica, defendió la iniciativa privada. Consideraba que el Estado se había convertido en un “súper empresario” a causa del afán estatizante de AD y COPEI, así como de la desidia del sector privado. Propuso la desnacionalización de algunas empresas públicas —como CANTV, Venezolana de Navegación, Aeropostal y CADAFE— transformándolas en Sociedades Anónimas de Capital Abierto (SAICA), para que cientos de miles de venezolanos pudieran adquirir acciones y participar directamente en su gestión.
Respecto a la delincuencia, sostenía que no se combatía con más represión, sino con educación, deporte, salud e inversión en los orígenes sociales del crimen, además de devolver su plena autoridad al Poder Judicial.
La candidatura de Renny Ottolina nació de manera espontánea, casi como un acto de voluntad popular. Al principio, él mismo la rechazó, alegando que no contaba con una organización que lo respaldara. Sin embargo, ante el clamor creciente de quienes veían en su voz una esperanza moral, decidió asumir la tarea de reunir personalmente las casi cien mil firmas necesarias para inscribir su postulación ante el Consejo Supremo Electoral. Su método, fiel a su carácter independiente, consistió en edificar una organización que surgiera de abajo hacia arriba, sin amparos artificiales ni muletas partidistas. Buscó que su movimiento se fundara, no en los intereses de cúpulas, sino en la energía del pueblo consciente.
Su irrupción en el escenario político fue inmediata y poderosa. La influencia acumulada en sus treinta y dos años de labor comunicacional se transformó en capital moral y político. Lo que en otros era maquinaria, en Renny fue prestigio y credibilidad. En las encuestas realizadas entre junio y noviembre de 1977, su nombre aparecía entre los más favorecidos, superando a varios candidatos de partidos tradicionales. Estudios de opinión lo situaban junto a Rómulo Betancourt y Luis Herrera Campins entre las figuras más admiradas y respetadas del país. Quienes lo apoyaban lo hacían, sobre todo, por su capacidad, su independencia y su honradez; cualidades que, en medio del desencanto político, se tornaron virtudes redentoras.
La tribuna desde la cual difundía su ideario fue la radio, ese instrumento que él convirtió en una aula cívica. A través de su programa Renny en su Radio, transmitido por Radio Capital y una red de treinta emisoras, desarrolló un estilo directo, combativo y sin ambages. En sus emisiones abordaba con franqueza los males del país, denunciando la corrupción administrativa y el sectarismo partidista que corroían la obra del presidente Carlos Andrés Pérez. Su palabra, que despertaba conciencias, también alarmaba a quienes veían en ella una amenaza al orden establecido.
A finales de 1977, Renny en su Radio alcanzó el primer lugar de sintonía nacional. Pocos días después, el 12 de diciembre de ese mismo año, el gobierno emitió la resolución N.º 283, mediante la cual prohibió indefinidamente la transmisión del programa. Se alegó que había violado el reglamento de radiocomunicaciones al “afectar la reputación del Consejo Supremo Electoral”. Aquella medida, percibida por la opinión pública como un acto de censura, se convirtió en escándalo nacional y, paradójicamente, multiplicó el apoyo popular a Renny.
Lejos de amilanarse, continuó su prédica cívica desde un nuevo espacio vespertino en Radio Aeropuerto, bajo el título Venezuela despierta, con Renny Ottolina. Su voz, que el poder quiso acallar, volvió a escucharse con más fuerza, convertida en llamado moral a la conciencia ciudadana.
El camino político de Renny Ottolina se interrumpió fatalmente el jueves 16 de marzo de 1978. Aquella mañana, viajaba junto a los miembros de su equipo del Movimiento de Integridad Nacional —el doctor César Oropeza, el periodista Ciro Medina, el coordinador de prensa Luis Duque y el piloto Carlos Olavarría— en una avioneta con destino a Porlamar, estado Nueva Esparta, donde dictaría la conferencia titulada Venezuela: Hoy y su Futuro.
La aeronave nunca llegó a su destino. Horas después, se supo que se había estrellado contra el cerro El Ávila, en la Fila de los Indios. Los cuerpos fueron hallados el lunes 20 de marzo. La noticia, como un relámpago moral, sacudió la conciencia nacional. El país entero quedó suspendido entre la incredulidad y el dolor. La muerte de Renny Ottolina, el hombre que había logrado unir el lenguaje de la radio con la esperanza del pueblo, despertó una ola de conjeturas y sospechas. ¿Fue un accidente fortuito o el silenciamiento de una voz incómoda? Las autoridades del MIN exigieron una investigación exhaustiva para determinar si existieron factores externos en la tragedia.
Su desaparición, ocurrida apenas dos semanas antes de la fecha en que planeaba proclamar oficialmente su candidatura —a la que llamaría Día de la Dignidad Nacional—, truncó la posibilidad de que un líder independiente y moralmente incorruptible alcanzara la presidencia. Su campaña, aunque breve, fue quizás la más trascendental de su vida: la que con mayor celo planificó, pero que nunca pudo realizar.
En su mesa de trabajo quedaron inéditos dos manuscritos, entre ellos A través del cristal de mis anteojos, una reflexión sobre la realidad venezolana y su visión de un nuevo país. Aquellas páginas, nunca publicadas, son hoy testimonio del pensamiento de un hombre que quiso ver más allá del ruido político y enseñar al venezolano a mirarse con decencia.
La muerte de Renny Ottolina no fue solo la caída de un candidato, sino el fin de una voz que había logrado transformar la crítica política en enseñanza civil y la palabra dicha en ejemplo ciudadano. Venezuela perdió con él a uno de sus más grandes maestros civiles, y acaso el último intento de hacer de la política una escuela de virtud.
Destino truncado
A través de estas cuatro memorias —todas ellas, sin duda, henchidas de furor patriótico y signadas por circunstancias adversas que precipitaron la caída de sus protagonistas— se nos revela, como un solemne pésame de la historia, la constante desventura de las trayectorias políticas venezolanas. ¡Muerte, locura, incomprensión! Aún hoy, los jóvenes entusiastas que proclaman ideas de renovación para su tiempo padecen los mismos agravios que aquellos hombres de ayer. Ese mal congénito, al que se disfraza con el nombre de pluralismo pero que no es sino parasitismo moral, continúa agobiando a las masas y condena, con mezquindad, a los nuevos voceros del país ideal y posible: esa Venezuela edificable sobre la decencia, el mérito y la virtud, fundamentos indispensables para nuestro engrandecimiento patrio.
Estas semblanzas de cuatro hombres que pudieron alcanzar la Primera Magistratura nos enseñan cuán arduo y accidentado es el camino hacia el triunfo. Sin embargo, sus voces —aunque truncas por el destino— fueron tan hondas que sus ecos continúan resonando sobre nosotros.
La Venezuela del alto decoro de Escalante, la Venezuela posible de Uslar Pietri, la Venezuela democrática y liberal de don Alirio, y la Venezuela moralmente curada de Renny Ottolina: todas esas Venezuelas siguen vivas y laten, como promesas aún inconclusas de creación, en el alma nacional.
¡Sea, pues, nuestra tarea cumplir las rutas que estos destinos inconclusos no alcanzaron a desarrollar!
BIBLIOGRAFÍA CONSULTADA:
Alarico Gómez, Carlos. Renny Ottolina. Caracas: 2010.
Álvarez, Gonzalo. Qué pasa realmente en URD. Caracas: s/f.
Arráiz Lucca, Rafael. Arturo Uslar Pietri: Ajuste de cuentas. Caracas: 2001.
Avendaño, Astrid. Arturo Uslar Pietri: Entre la razón y la acción. Caracas: 1996.
Bustamante, Nora. Isaías Medina Angarita: Aspectos históricos de su gobierno. Caracas: 1985.
Cordero Velázquez, Luis. Betancourt y la conjura militar del 45. Caracas: 1978.
Eskenazi, Margarita. Uslar Pietri: Muchos hombres en un nombre. Caracas: 1988.
García Ponce, Antonio. Isaías Medina Angarita. Caracas: 2010.
Marbán, Jorge. La vigilia del vigía: Vida y obra de Arturo Uslar Pietri. Caracas: 1997.
Mondolfi Gudat, Eduardo. La encrucijada peligrosa: López Contreras, Medina Angarita y la Venezuela de los años 40. Caracas: 2024.
Olavarría, Jorge. La revolución olvidada: El 18 de octubre de 1945. Caracas: 2008.
Peña, Alfredo. Conversaciones con Uslar Pietri. Caracas: 1978.
Rivas Rivas, José. Historia gráfica de Venezuela: El gobierno de Rafael Leoni. Primera parte (1963–1966). Caracas: 2010.
Ugarte Pelayo, Alirio. Destino democrático de Venezuela. Ciudad de México: 1960.
Uslar Pietri, Arturo. Golpe y Estado en Venezuela. Bogotá: 1992.


