#Orinoco | Apuntes bolivarianos

“Emprender lo heroico”. Esta máxima ha sido para mí una sentencia imborrable en mi “corazón todo venezolano”. Unido al Libertador, sabemos, van inseparables las ideas de gloria, grandeza y heroísmo. El Libertador, muchas veces, no necesita divinizaciones que lo alejan de su rastro humano, de aquello que lo vuelve un ser único y fascinante. Divino o terrenal, desde el elogio o el juicio severo, todos coinciden en lo eterno de su nombre y en el luminoso estado de su vigencia histórica.

Bolívar es un mito fundador. Configura el imaginario colectivo del ser venezolano y transforma poderosamente el hecho nacional: supera el registro histórico, y todas las lecturas metodológicas resultan insuficientes para abarcar su vastedad. Funciona, para fortuna de nuestro pueblo, como un orientador de conductas y un canalizador de virtudes heroicas. Proporciona a las juventudes errantes los principios altísimos de su voluntad solar. Mantiene al venezolano en una autoestima histórica casi indestructible, un patrimonio que muchos otros países no poseen; y aun aquellos que cuentan con grandes hombres se hallan, naturalmente, por debajo del Libertador.

Toda su dimensión arquetípica es una obra avasalladora de la naturaleza, como si su existencia respondiera más a un drama heroico que a una vida histórica. Su coyuntura lo envuelve en agitaciones violentísimas, en sucesos peligrosos que parecen desafiar su humanidad. Es una figura desorbitada, situada fuera del universo de lo creíble. Sus hechos parecen transcurrir en un territorio bíblico, en un campo de epopeya, en un océano de leviatanes. En estas impresiones se dilatan y definen los contornos de la cosmogonía bolivariana.

Este César americano se forjó a sí mismo troquelando el “exigente arquetipo de héroe y filósofo”, hasta llegar a ser, como dijo José Martí, un hombre en el que los pueblos, en su hora de génesis, “suelen ponerse, vibrantes y triunfantes”. Bolívar se definió como “el hombre de las dificultades” y se convirtió en un fundador de grandes empresas, porque sabía “crear de la nada”. Su vocación de superar adversidades le confirió, en su tiempo y fuera de él, en cantos poéticos y estudios diversos, una dimensión casi sobrenatural. ¿Cómo un solo hombre pudo hacer tanto en una vida tan acelerada?

En una justa apreciación junguiana, sobre los aspectos de la mitología, el héroe arquetípico, imagen primordial del mundo, “crea el orden a partir del caos” y afronta su desafío hacia la amenaza siempre presente de “lo desconocido”. Y Bolívar cabe en ese molde: es “la encarnación y representación de la narrativa de la acción de la consciencia misma”. 

Su tamaño nunca fue indiferente a sus detractores. Madariaga y Mitre dejan constancia de ello. Riva Agüero y Torre Tagle, antes de sus acciones abiertamente traicioneras, lo elogiaron. Sánchez Carrión, el Padre Civil del Perú, inicialmente indiferente a la figura del Libertador, terminó convertido en un adicto colaborador suyo por la causa republicana del Perú. Igual caso ocurre con Joaquín Olmedo, quien dedicaría versos bellísimos al caraqueño universal.

La obtención del título “superior” de Libertador lo posiciona en latitudes que sólo conoce él y, un poco más cerca, el Gran Mariscal de Ayacucho, Antonio José de Sucre: el hijo espiritual, el Príncipe de Colombia, la única, la nuestra. Desde lejos lo miran con asombro y reconocimiento otros grandes hombres, como Alejandro Magno y Julio César. Toda su acción lo ha llevado a ser no sólo símbolo patrio en Venezuela y América, sino a las alturas del mundo entero, patrimonio de la humanidad toda. 

En él se concentran todas las fuerzas vivas de la nación venezolana. Es un talismán que nos une y compone en un singular destino histórico: el de concluir lo que su espada comenzó. Flota en el cerebro colectivo de los venezolanos el signo de Bolívar como el “símbolo sagrado de la nacionalidad y la patria”. 

Hay una “influencia vivificante” que se ejerce sobre nuestro espíritu al encarnar sus propósitos de trascendencia. Allí, en ese corazón de dolores y angustias, repleto de ambiciones y glorias, se condensan las ideas de la justicia, la civilización, el orden y la República. Bolívar es un reformador no sólo del medio social, es un reformador de la psicología y la espiritualidad del naciente e incompleto ciudadano americano. “Moral y Luces” es su reclamo, su denuncia, un pedido de urgencia para abrir la conciencia de los hombres recién liberados de la etapa colonial, necesita de todos para el triunfo definitivo de la empresa libertadora. 

Empresa no sólo suya, sino de todos. Arturo Uslar Pietri acierta cuando destaca el carácter continental de las visiones de los grandes venezolanos. Miranda, Bello, Sucre y Bolívar son esos venezolanos de miras hacia horizontes que sus connacionales no logran ni siquiera percibir. Afirmaba y soñaba cosas muy bellas para nuestra tierra, el Nuevo Mundo, el campo de las fecundas posibilidades de curación y elevación. Hablaba de hacer contrapeso a Europa y a los Estados Unidos, profetiza con sus escritos y discursos los acontecimientos del porvenir y los acierta con una precisión que espanta a las inteligencias más vibrantes y agudas. 

Eran visiones tan vastas que sus adversarios y colegas no podían comprender, no alcanzaban el ritmo de su sabiduría y mucho menos la velocidad de sus pasos. Otros mantenían, muy infantilmente, juicios regionales, apreciaciones sobre minúsculos espacios, tenían ideas-parcelas, es decir, óptica de terruño. El Libertador era un telescopio que advertía la infinidad del universo y él buscaba darle a ese universo un sano equilibrio con el triunfo americano y la colaboración de las hijas libres de América. 

Todos los venezolanos tenemos la sagrada necesidad de apegarnos a los ideales bolivarianos, porque ellos nos enseñan con su ejemplo dinámico la importancia de no permanecer pequeños, de no sentirnos enanos y mezquinos. Bolívar es un cúmulo de energías excepcionales amparadas sobre una vigorosa estructura dotada de inteligencia. Su huella es el depósito egregio de las máximas aspiraciones de los venezolanos. Alrededor del Libertador, en pleno júbilo, nosotros, los venezolanos, estamos realizando un rito nacional: una “acción celebratoria de la venezolanidad, de nuestra identidad”. 

El signo bolivariano hincha a los espíritus, los dirige a su destino heroico. Hay una fuerza mística que los empuja desde el primer momento en que la heroicidad bolivariana penetra en la conciencia madura del ser venezolano. Es un caudal de glorias que, tan sólo con estudio y admiración, invita a participar en la grandeza de la historia nacional y universal. Y por eso no debe recluirse al Libertador en los libros, los tomos gruesos vestidos de telarañas  y polvo. Hay que procurar mantener vigente su aire positivo y constructivo. Si pretendemos verlo desde una posición paralizante, el mito sufre la desaparición de su efecto elevador. 

Buscamos que la herencia de Bolívar sea positiva y efectiva. “Bolívar vivo” es la perspectiva que puede salvarnos. Porque no se trata de aislar al Libertador, sino de invocarlo en nuestros actos de civilidad y grandeza, emulando las capacidades del Padre de la Patria. La “vigilia de Bolívar reclama la continuidad de nuestro esfuerzo por la Patria”, el “esfuerzo y disciplina” para complementar el sacrificio de los héroes, y enfrentar los desafíos modernos bajo la guía del pensamiento bolivariano. 

Bolívar, héroe creador y redentor, constituye para el imaginario colectivo venezolano una piedra angular irremovible y un estímulo de valor incalculable. A través de “la mística bolivariana”, su figura trasciende lo histórico para hacerse simbólico, principio de unidad, infundiendo a la nación la energía espiritual, la voluntad transformadora y la “constancia moral” necesarias para la consecución de su destino de libertad, unidad y dignidad. Así, virtus et exemplum, su vida se convierte en un llamado permanente a realizar aquello que todavía espera ser alcanzado. Atendamos el llamado del Padre Libertador y respondamos: ¡vivir heroicamente! 

José Alfredo Paniagua
José Alfredo Paniagua
Ensayista en el boletín digital Idearium Caribe, guionista en el canal de YouTube La Nueva Enciclopedia, articulista en el sitio web Hechos Criollos, director de la revista de literatura y sociedad “Adᵃn” y afanoso poeta.

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