#Orinoco | Hijos del hoy

Cuando en los primeros pasos del siglo presente las tecnologías asomaban con sus impresionantes avances sobre las montañas digitales de nuestras sociedades posmodernas, el futuro parecía difuso. El futuro —ese territorio incierto del mañana, ese estado aún por nacer de todas las cosas— jamás puede contemplarse con claridad. Es un don reservado a unos pocos: a esos seres que poseen dentro de sí un hálito de luz profética. Pienso, por ejemplo, en las advertencias de Carlos Rangel y Arturo Uslar Pietri, quienes desde su atalaya moral y crítica vislumbraron la crisis venezolana como una marea inevitable, una catástrofe que haría parecer pequeñas todas las anteriores de nuestra historia republicana. Acertaron, sin duda, como suelen hacerlo quienes —a la manera de Ortega y Gasset— entienden que los pueblos no se arruinan por accidente, sino por una larga incubación de errores espirituales.

Uno nunca puede preverlo todo, pero sí puede rascar la tela del mañana si sabe dónde tocar la superficie de las ideas del presente. Hoy, ese campo de las ideas se nos abre como un horizonte inconmensurable, un vasto mosaico de fragmentos y contradicciones: Vivimos entre «pastichos ideológicos», fragmentos de discursos que, como advirtió Lyotard, han perdido el hilo del sentido común y se repiten sin genealogía ni destino. En medio de este desconcierto, la incertidumbre se ha vuelto para los venezolanos un signo definitorio de su personalidad colectiva. «¿Pasará algo?», nos preguntamos una y otra vez, como si el porvenir fuera un espejismo que se aleja con cada intento de alcanzarlo.

A esta pregunta responden dos tendencias opuestas: los que repiten con resignación que «nunca pasa nada» y los que, movidos por una obstinada esperanza, «siempre esperan que algo ocurra». En esa tensión vive la nación: entre la parálisis y la expectativa, entre la costumbre del desastre y la nostalgia del milagro. Pero nosotros, los venezolanos, hace tiempo perdimos la capacidad de visión; no porque alguna vez la hubiésemos tenido en abundancia, sino porque hoy los intelectuales, absorbidos por la velocidad tecnológica y el ruido de las generaciones líquidas —como advertía Zygmunt Bauman—, ya no pueden producir respuestas, análisis ni esquemas de rumbo nacional. Hemos cambiado la contemplación por el impulso, la idea por el dato, la reflexión por el instante. 

A la deriva se hallan, pues, los nuestros. Hemos nacido en el alba del siglo y, con fortuna, alcanzaremos a vivir su ocaso. El umbral del próximo aún no se vislumbra, pero ya el ciclo de las ideas políticas, de los movimientos sociales y de las formas culturales parece obedecer a las viejas leyes de la sociología cíclica, esa intuición que Oswald Spengler y Arnold Toynbee reconocieron como la respiración natural de las civilizaciones: nacer, crecer, fatigarse y decaer. Todo se repite, aunque con nuevos disfraces. La historia, como advirtió Nietzsche, gira en eterno retorno, y nosotros, los hijos del hoy, giramos con ella sin un mapa de sentido definido. En medio de esa desorientación, un pequeño escuadrón de jóvenes —los que aún creen en el estudio como una forma de resistencia— se convence de la necesidad imperiosa de restaurar un sentido heroico de creación, de unificación y de destino.

Hoy, pese a los impedimentos —el frenesí hedonista, nihilista y materialista de la sociedad posmoderna que busca quebrar las voluntades cristianas y heroicas—, nuestra generación lleva en la sangre una esperanza inyectada, una vocación de combate. No se trata ya de guerras tradicionales: las balas, las granadas y los asaltos territoriales pertenecen al museo de las gestas pasadas. La batalla contemporánea se libra en otros frentes: en la mente, en la cultura, en el alma colectiva. Se impone, como diría Ernst Jünger, una “movilización interior”, una guerra espiritual que exige estrategia y disciplina, una organización que permita descifrar las ráfagas del futuro y comprender aquello que se aproxima con velocidad de tormenta. Solo así, con la serenidad del espíritu y la claridad del intelecto, podremos reconquistar el sentido que este tiempo nos ha arrebatado.

Las guerras de nuestros días son las guerras de las ideas. ¿Y qué ideas posee el venezolano de a pie? Una sola, casi instintiva: sobrevivir a toda costa. Su existencia transcurre entre la apatía y las promesas amargas de un progreso que solo unos pocos alcanzan. Es triste, pero es así. Tal es la condición de la vida venezolana: sin ideas rectoras, sin orientaciones firmes, sin posibilidades reales de ascenso que permitan invertir los factores de la miseria y convertirlos en instrumentos de desarrollo. El venezolano, hastiado de sí mismo, se disuelve en la rutina y pierde la vocación de rebeldía, ese impulso que, según Ortega y Gasset, mantiene viva la dignidad del hombre frente a su circunstancia.

Nuestra anarquía —esa tendencia bárbara que, como advirtió Laureano Vallenilla Lanz, brota de las raíces más hondas de nuestra sociología histórica— ha servido, en otros tiempos, como estallido de rebeldía y causa de feroces levantamientos, en su mayoría, negativos para nuestro historial patrio. Si apareciera hoy —y de hecho, así fue— el resultado no sería distinto: un estallido sin dirección, sin proyecto, sin norte moral. Vivimos tiempos en que ya no bastan las pasiones ni los métodos del pasado; el presente exige análisis, compromiso duradero y una sincera fidelidad  que trascienda la simple denuncia, una actividad de frecuencia inagotable. 

El pasado, lejos de ser un ancla, es un caudal de mejoría: en él hallamos inspiración, energía y la restauración del mito. Porque el mito, como señaló Mircea Eliade, es el retorno a los orígenes, la fuerza sagrada que reanima al hombre histórico. ¿Y cuál es el mito del venezolano? Ser, por supuesto, protagonista de su propia evolución. La heroicidad integral —esa que evocaba Mario Briceño Iragorry al hablar del temple civil del venezolano— constituye el rasgo esencial de nuestro carácter. Y aunque el mundo se halle desencantado, aún vibra en nosotros esa reserva moral que, como en Camus, hace del «hombre rebelde» no un vil destructor, sino un hábil creador que resiste los embates del absurdo. 

¡Pero hoy se nos hace inevitable estallar, movilizar las fuerzas, encarnar las sanas energías de una rebeldía con vocación de fundar y de hacer grandes las empresas civilizatorias! ¿Qué se vislumbra en el porvenir, lector? ¿Qué aproximaciones rozan nuestras vistas vendadas? «No pasa nada», se dice, «pero quizá, si nos movemos, pase algo». Hacia dónde y cómo, son las incógnitas. No existen líderes: hay que forjarlos. No hay clases políticas ni colectividad intelectual orientada a soluciones efectivas de los problemas esenciales de Venezuela: urge estimular su nacimiento, como pedía Arturo Uslar Pietri, convencido de que los pueblos se salvan solo cuando educan su inteligencia para construir los moldes de la nueva arquitectura cívica de la nación. 

Somos hijos del hoy. Y más nos vale saberlo siempre si deseamos pavimentar el suelo venezolano con obras que aspiren a erigir, en el cuerpo de la Patria, los edificios del desarrollo superior en todas sus ramas: desde la economía hasta el alma. Porque el destino no se hereda, se construye. José Vasconcelos lo intuyó al hablar de la «raza de espíritu», destinada a rehacer el mundo desde la fe en su propio genio creador. También Arnold Toynbee lo señaló: las civilizaciones no mueren por las invasiones externas, sino por el «agotamiento interior», por la renuncia de sus minorías creadoras.

Si somos, como se dice, un pueblo de esperanzas y optimismo, añadamos —con la sobriedad que exige la hora— que debemos ser también un pueblo de compromisos y gallardía. Porque la esperanza sin el ingrediente majadero del hacer es un sueño estéril, y el optimismo sin acción es una farsa. Solo cuando el venezolano transforme su esperanza en labor y su optimismo inamovible en virtud resolutiva, habrá iniciado el renacimiento nacional que tanto invoca. Con los pies sobre el hoy y la mirada en la eternidad de las creaciones por hacer, podremos, al fin, comenzar a fundar, como lo exigía Simón Rodríguez, a la República.

José Alfredo Paniagua
José Alfredo Paniagua
Ensayista en el boletín digital Idearium Caribe, guionista en el canal de YouTube La Nueva Enciclopedia, articulista en el sitio web Hechos Criollos, director de la revista de literatura y sociedad “Adᵃn” y afanoso poeta.

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