En los albores de la década de 1920, la Francia que emergía sacudida de la devastación de la Gran Guerra oscilaba entre la nostalgia de sus cicatrices y el júbilo de las vanguardias que buscaban reinventar el espíritu artístico de Europa. A ese escenario de reconstrucción y efervescencia llegó un coronel venezolano, oriundo del Táchira agrícola: Eleazar López Contreras. No era un viajero más ni un curioso extranjero; acudía en misión oficial para adquirir armamento, respaldado por la confianza del entonces gendarme necesario Juan Vicente Gómez y por la justa estima de sus superiores militares. Esa designación suya representaba el reconocimiento de un hombre austero, disciplinado, íntegro, cuya figura comenzaba a descollar en medio de un ejército aún en proceso de modernización y en vías de institucionalizarse.
Aquella estancia de López Contreras en Europa fue breve, aunque marcada y cargada de consecuencias. Formado en una Venezuela rural, marcada por enfermedades endémicas y por la precariedad institucional, halló en Francia el espejo de lo que su patria podía llegar a ser. La industrialización, la reconstrucción de las ciudades y la vida cultural de París le revelaron que la modernidad no tenía por qué ser enemiga de la tradición, y que el Estado, siempre que se construyera sobre bases firmes, podía convertirse en el motor de un renacimiento nacional. Comprendió entonces que la disciplina podía convivir con la cultura, que la organización podía hermanarse con la libertad y que el porvenir venezolano exigía un liderazgo capaz de articular orgánicamente esas fuerzas.
El viaje no fue solo de aprendizaje, también fue memoria histórica, un examen abierto a los resabios del gran baño de sangre de 1918. Entre los territorios franceses y belgas, López Contreras presenció de cerca la herida abierta de la guerra. En enero de 1921, del día 2 al 6, recorrió los campos de Ypres, del Marne y de Verdun, esa ciudadela que se alzó como emblema de la resistencia francesa frente a la maquinaria alemana. Y no se conformó con contemplar desde la distancia: quiso vivir, aunque fuera por unos días, la vida del soldado común. Caminó entre el fango y el barro, enfrentó temperaturas glaciales que curtían el cuerpo, soportó el peso de la intemperie. Aquella experiencia no fue de un inerte turismo bélico, antes bien un acto de poderosa empatía: ponerse en el lugar de los que habían combatido y comprender, en la dureza de la trinchera, el significado del sacrificio colectivo.

El viaje de López Contreras estuvo también marcado por un gesto de hondo simbolismo. Al pasar por el molino Laffaux, en Chemin des Dames, se detuvo en el lugar donde cayó herido mortalmente el heroico capitán venezolano José de Jesús Sánchez Carrero, héroe de la Legión Extranjera. En el cementerio de Bois Robert depositó coronas de flores: una en nombre del presidente Gómez y otra en el suyo propio. Ese fue el primer homenaje rendido por un venezolano a aquel oficial que había llevado la bandera nacional más allá de sus fronteras, y de ese acto nacería la iniciativa de erigirle un monumento. Con ello, López Contreras reafirmaba que la historia venezolana también tiene sus extensiones en las latitudes de otros continentes y que, el sacrificio de un compatriota debía ser recordado con dignidad.

¿Quién fue Sánchez Carrero? Su vida condensa, al igual que Nogales Méndez e Ismael Urdaneta, el arquetipo del soldado venezolano de vocación universal. Hijo de campesinos tachirenses, formado en la aspereza de las montañas andinas, combatió de joven contra la Revolución Libertadora y alcanzó el grado de coronel a tan temprana edad, testimonio de una disciplina severa y de un temple singular.
En 1912 viajó a Suiza, obligado por quebrantos de salud, y allí halló una oportunidad inesperada: perfeccionarse en los estudios de táctica de montaña, disciplina poco conocida en el medio venezolano. Esa formación sería decisiva pocos años después, cuando estalló la Primera Guerra Mundial. Ante la magnitud del conflicto, Sánchez Carrero decidió alistarse en la Legión Extranjera Francesa, ingresando con el grado de teniente. La experiencia lo llevó al frente de Verdun y del Somme, escenarios donde se templó el acero y la voluntad de toda una generación. Sus méritos en combate le valieron, el 26 de diciembre de 1917, el ascenso a capitán, la más alta jerarquía que podía alcanzar un extranjero en la Legión.
Regresó a Venezuela en marzo de 1918 con un permiso temporal, recibido como héroe por autoridades y ciudadanos. Sin embargo, esa tramposa comodidad del retorno no lo retuvo. Dos meses después volvió a Europa, convencido de que su destino estaba unido al fragor de la contienda. Fue puesto al mando del segundo batallón de la Legión Extranjera y, más tarde, del tercer batallón del Primer Regimiento. En la batalla del Argonne halló su final glorioso, herido de muerte mientras comandaba a sus hombres en plena acción. ¡Ha caído allí el capitán, sus restos cultivan el heroísmo de nuestro gran pueblo! Sus restos reposan en el cementerio nacional de Ambleny, en Francia, junto a tantos combatientes que ofrendaron su vida en aquel conflicto devastador.
En medio de esas experiencias, López Contreras fue distinguido por el propio Ejército francés. El general Bouat, Jefe del Estado Mayor, le confirió la Legión de Honor en grado de Caballero, distinción que él aceptó con sobriedad, interpretándola como reconocimiento no únicamente a su persona, antes bien como muestra del aprecio que Francia otorgaba a la misión venezolana. Ese honor, lejos de alimentar vanidades, lo entendió como compensación justa a sus esfuerzos en beneficio de la patria. Así lo expresó el futuro mandatario: “Aprecié mucho este honor, tanto por el afecto que siempre le he profesado a la Francia grande y heroica de la Revolución, como por creerme compensado en los trabajos que desempeñaba, tratando de servir a mi Patria y dejar sentada mi reputación como militar”.
No estuvo solo en su labor. El cónsul Jaime Picón Febres y el ingeniero Salustio González Rincones lo acompañaron, y con este último participó incluso en un vuelo de prueba en Versalles, a bordo de un avión P-40, enfrentando alturas y fríos intensos. Era la prueba de que no rehuyó el contacto directo con la técnica y que quiso conocer de cerca los avances que debía llevar a su patria.
Las negociaciones de armamento pusieron de relieve su rigor y transparencia. Informó sobre la compra de cañones Schneider de 75 y 155 milímetros, armas reconocidas por su ligereza y alcance, de las cuales el gobierno francés entregó dos baterías a bajo costo como gesto de deferencia. Adquirió también pertrechos menores y materiales de transporte, cuidando siempre el ahorro y la probidad. No todas las operaciones prosperaron: la adquisición de un buque de guerra fracasó por el aumento inesperado de su precio. Pero aun los tropiezos se convirtieron en pruebas de su entereza y en evidencia de que actuaba con rectitud.
Su seriedad no pasó inadvertida. Un diplomático argentino en París, habituado a ver militares venezolanos envueltos en aventuras revolucionarias y de personalidades dudosas, expresó su respeto honesto al encontrarse con un oficial en misión oficial, acreditado y digno representante de su gobierno. Esa diferencia marcaría la impronta de López Contreras: un soldado institucionalista, meticuloso, consciente de que la misión en Europa no era asunto personal, antes bien tarea de Estado. Con ello se convirtió en un eslabón decisivo en la modernización de las Fuerzas Armadas venezolanas, y en ejemplo de cómo la disciplina, esa virtud que rectifica la moral, de un hombre puede, evidentemente, reflejarse en beneficio de toda una nación.



Un muy útil retrato del talante de López Contreras, es lo que estaba buscando.
Cuando termine el articulo que estoy escribiendo -no está dedicado a López- te lo enviare.