La muerte de Carlos Rangel, el 14 de enero de 1988, dejó huérfano al país —aún más— de sentido común y de una voz dispuesta a decir lo que debía decirse. Su suicidio fue apenas la punta visible de un iceberg: el de un intelectual progresivamente marginado por una hegemonía política y cultural que, lejos de ser un accidente, sentó las bases de la destrucción nacional cuyo mayor desangramiento se ha vivido en los últimos veinticinco años.
Rangel fue, en el sentido más estricto, un estadista. No porque ocupara cargos de poder ni porque aspirara a ellos, sino porque su único interés fue siempre el interés nacional. Este hombre pensó al país con frialdad, con datos, con historia comparada y, sobre todo, sin el sentimentalismo tropical que suele confundirse en Venezuela con compromiso social. Su deterioro de la salud mental avanzó en paralelo al abismo en el que se precipitaba el país, mientras la clase política celebraba la borrachera de la deuda pública, el rentismo y la corrupción como si fueran signos inequívocos de progreso y modernidad.
Ya en 1983, Rangel vaticinaba la gran desgracia que sufriría Venezuela por negarse a reconocer su propia realidad. No hablaba desde el catastrofismo, sino desde la observación empírica: un país que se cree rico sin serlo, que se asume excepcional sin haber construido instituciones sólidas, y que confunde ingresos extraordinarios con desarrollo estructural, está condenado a estrellarse. Lejos de atender esas advertencias, los gobiernos de turno y buena parte del establishment intelectual optaron por ridiculizarlo. Fue convertido en burla pública; sus análisis fueron despachados como “pseudoensayos” por académicos incapaces y renuentes a mirar más allá de los mitos que sostenían su comodidad ideológica.
El problema venezolano, más allá de la tiranía criminal que hoy lo subyuga, reside también en su percepción distorsionada de la historia. En las comparaciones anacrónicas, en la negación sistemática de sus errores estructurales y en la ilusión de que puede combatirse políticamente a una organización criminal armada —como nunca antes ha conocido el país— con las mismas herramientas retóricas, morales e institucionales del pasado, y por eso los madrugó una intervención militar que a ciencia cierta nunca pidieron y que evitaron a toda costa, en ese juego de supervivencia y coexistencia donde Venezuela insiste en pensarse como una democracia “temporalmente desviada”, cuando en realidad nunca resolvió los vicios que incubaron su colapso catastrófico.
Aquí es donde la figura de Rangel resulta insoportable para muchos incluso hoy. Porque su diagnóstico no se agotaba en los políticos: apuntaba a una cultura política profundamente irresponsable, a una sociedad que delegó su destino en verbenas y rentas, pan y circo. Una sociedad que prefirió el relato épico al análisis incómodo. Rangel entendió —antes que la mayoría— que el populismo no era solo un fenómeno electoral, sino una pulsión cultural arraigada, transversal, celebrada incluso por quienes decían combatirla.
Venezuela por tradición populista, siempre exalta e idolatra al sinvergüenza, al dicharachero, al que en su distorsión del liderazgo encabeza la borrachera pública, porque se supone que el hombre en la silla de Miraflores debe parecerse al más mediocre de sus habitantes, siendo esto una estupidez sistémica de caracteristicas incalculables, un juego del ego y la prepotencia del venezolano común.
Este rasgo explica por qué figuras como Rangel resultaron indigestas. No ofrecía redención emocional ni culpables externos convenientes. No prometía grandeza automática ni destinaciones históricas. Exigía algo mucho más costoso: responsabilidad, autocrítica y renuncia al autoengaño. En un país que confundió durante décadas el petróleo con una bendición divina y la improvisación con viveza criolla, eso era imperdonable.
Hoy, cuando Venezuela yace devastada, exiliada y moralmente exhausta, Rangel sigue siendo citado más como una curiosidad intelectual que como lo que realmente fue: un diagnóstico temprano y certero de un fracaso anunciado. Su tragedia personal no puede separarse del país que lo ignoró. No porque Venezuela “lo matara”, sino porque lo obligó a vivir en una disonancia permanente entre lo que veía venir y la ceguera voluntaria de una sociedad que se negó a escucharse a sí misma.
Tal vez el mayor homenaje pendiente a Carlos Rangel no sea repetir sus frases ni convertirlo en una estampita liberal de ocasión en la ideología de moda, sino aceptar por fin que tuvo razón en lo esencial: Venezuela no fue destruida únicamente por Chávez y sus herederos, sino por décadas de negación, complacencia y autoengaño. Y mientras esa verdad siga resultando insoportable, el país seguirá buscando salvadores donde solo hay espejos deformantes.



Muy buena crónica sobre este gran personaje de la historia venezolana!
Excelente articulo que llama a la reflexion. Esta el venezolano dispuesto a cambiar ante los retos que enfrentan para tener una nueva e increible oportunidad de enderezar a ese hermoso pais y encauzarlo a un desarrollo y progreso de su gente?