La vida venezolana, en los últimos suspiros del siglo pasado, pareció disolverse en su propia sombra mezquina, como si un velo oscuro hubiese descendido sobre su herencia gloriosa de tradición, libertad y heroísmo. La vitalidad congénita de nuestra historia, tallada a fuerza de lanza en la epopeya de la independencia, se adormeció sobre la tierra de Bolívar, quedando inmóvil, exangüe, como si la lozana savia del espíritu nacional hubiera sido absorbida por raíces muertas, tullidas. Fue así como el letargo de una patria emborrachada de riquezas inimaginables y sin rumbo marcado, abrió sus puertas a las camarillas desvergonzadas, sin virtud ni decoro, que ascendieron impúdicamente a los aposentos de Miraflores, vaciando de sentido la dignidad del poder.
Ese desfallecimiento moral de la colectividad halló su resultado más trágico en los acontecimientos de las últimas décadas: un vórtice de frialdad, de desidia y odio, en el que la ciudadanía venezolana ha sido revestida con las viejas telas del tribalismo, vestigios de una barbarie que creíamos apaciguada y que recobró su influencia salvajamente. El entusiasmo patriótico, la juventud enardecida de sueños, la energía creadora, la fuerza moral como dirigente de nuestros actos, han sido reemplazados por un aluvión pútrido de individualismos mezquinos, una masa amorfa y sin sustancia, hambrienta de discordia. Emergió, con renovada fuerza, esa plaga endémica que ha infectado nuestra alma desde la Conquista: la viveza criolla, esa burla al ideal, esa astucia vil que sustituye la virtud por la trampa, la grandeza por la trampa pequeña del oportunismo empequeñecedor.
Reducir la idea de nuestra nacionalidad a un simple artificio jurídico, a una constitución inerte, fría y sin alma, es no sólo un error, sino una traición a nuestros antepasados. Es un acto de profanación del alma venezolana. Y este crimen abyecto contra el espíritu se ha hecho costumbre entre los nuevos apátridas, nacidos en el seno de generaciones desvinculadas de nuestra esencia primordial. Criados entre la miseria material y la indigencia moral, privados de los nutrientes del carácter, impulsados por el temor a la incomodidad y al sacrificio, han renegado de todo aquello que ha hecho sagrada nuestra historia. Desprecian el honor, ignoran la dignidad que resuena en el himno nacional, y como promotores de un pesimismo y fatalidad organizadas, han infectado terriblemente la opinión pública con una imagen distorsionada: la del país condenado a la mediocridad, el país irredento, el país incapaz.
Mucho se ha repetido, con sordidez y sin pudor, que el venezolano sólo brilla en el crimen o la burla. Pero ¿qué mayor crimen puede cometerse que el de enterrar, vivos, nuestros mejores impulsos y mejores pasiones? No se trata aquí de rezarle a una nostalgia hueca, sino de recordar —con gravísima urgencia— que sobre nosotros pesa el mandato de los héroes, el encargo de los fundadores. Bolívar, Sucre, Miranda, no fueron hombres para el aplauso banal, fueron arquitectos de un porvenir que aún espera realizarse.
Las estatuas del Libertador en otras regiones del continente no funcionan como elemento decorativo de una arquitectura cumplidora: son realidades vivientes y mudas que nos observan y juzgan, esperando que asumamos el juicio de la historia venezolana en nuestras experiencias propias. En ellas no hay deslizamientos de bronce: hay destinos palpables. Y ese destino venezolano no se alcanzará sino por medio de un resurgimiento espiritual, por una reconstitución del alma nacional, por la vía de la excepcionalidad venezolanista. Estos mandatos no consisten en un proyecto utópico o en una invención de laboratorio ideológico o una pretensión chauvinista; es un llamado natural, orgánico, visceral, a retornar a nuestras fuentes más puras, a nuestras verdades elementales que han hecho de nosotros insignes majaderos de la América.
Debemos apartar el embrujo de los nombres ruidosos y los becerros de oro que, con sonrisa maquiavélica, nos han echado por los caminos de la ruindad moral. Preciso es desterrar, sin temor ni vacilación, las doctrinas elevadas que nos hacen abrazar al sacrificio, a la lucha, al dolor necesario que toda grandeza exige. La vida venezolana es un deber histórico, una alabanza hecha a martirios, ni una juerga sin sangre: es una labor heroica, y como tal debe ser comprendida, vivida, encarnada.
Lo que llamo la promesa de la vida venezolana no es una falsedad discursiva, un engaño dialéctico, una invención grandilocuente. Es el reclamo que nos invoca desde lo recóndito de nuestro suelo y de nuestro añejo palacio del ayer. Es la certeza absoluta de que, en nuestras venas, circula aún la sangre de los que resistieron la domesticación, conquistaron tierras y fundaron repúblicas. Es, como decía Uslar Pietri, la prédica de un país ideal, pero no uno imaginado sino reencontrado; no uno fabricado, sino uno redescubierto en lo más íntimo de nuestro ser colectivo, en nuestro vocerío de venezolanos expectantes.
Pero esta patria no reside únicamente en el mármol de los próceres o en páginas descoloridas, permanece inalterable en las dunas fulgurantes de Coro, en el agua azul que baña la isla de Margarita, en la verticalidad solemne del Salto Ángel, en la selva callada del Orinoco, en los llanos sin fin donde galopan los vientos de una vida venezolana más grande, más admirable. No es en los decretos donde se imprime la nación, es en la entraña viva del paisaje, en el sudor del trabajo noble, en el silencio del cumplimiento abnegado del deber nacional.
La venezolanidad es una sustancia vitalicia y regeneradora, una energía histórica impermeable al olvido o la muerte, que se derrama majamente sobre todo lo que respira en esta tierra abrazada de tantas bonanzas concedidas. Se dilata incontenible en el aliento de nuestros Andes, se esconde juguetona entre los pliegues de las sabanas infinitas, se hace residente en el canto de las aves nativas y se reconoce en el bramido de los ríos que surcan, como arterias patrias, los confines del territorio de la Tierra Firme. Es una esencia solar —el venezolano, ciertamente, es un hombre solar, hijo del Caribe—, incorruptible, que se postra de pie sobre la felicidad ingenua de la infancia, sobre los destellos matutinos que despuntan en el horizonte del Ávila, aunque las sombras insistan en nublar su pureza naturalista. La venezolanidad es, pues, un hálito eterno de heroicidad, de identidad, de pertenencia inquebrantable, que sube aún entre los escombros del caos, que aguanta valientemente aún entre los empeños de los hombres pequeños por disminuirla, como promesa de redención, como una convocatoria mística al rescate de la venezolanidad tradicionalista.
Nuestra tarea, exigente, urgente, necesaria, es la de levantar un entusiasmo juvenil, un fervor profundo que rompa los muros de la apatía y edifique, sin distinción de origen o fortuna, a toda la nacionalidad hacia su cumbre más esplendorosa. Este entusiasmo no es otra cosa que una devoción al suelo venezolano, un amor diligente y constructivo, una entrega apasionada al hecho de ser venezolanos. Solo así se hará realidad la promesa de la vida venezolana, dentro de la órbita del trabajo hacia un verdadero nacionalismo fecundo, en la estrecha unión de todo el conjunto de potencias morales, espirituales e intelectuales, buscando redimir nuestro presente nefasto y engrandecernos de cara al porvenir, sin confusiones, sin incertidumbre temerosa, más con una seguridad en el triunfo de nuestro oficio como labradores de la nueva tierra venezolana.


