“Los caudillos vencen; son los hombres de Estado los que pacifican. El deber de la hora presente no es vencer sino pacificar”.
César Zumeta
En las vastas estepas del gomecismo, los estudiosos suelen evocar a las figuras más visibles del régimen: José Gil Fortoul, Laureano Vallenilla Lanz y Pedro Manuel Arcaya. Todos ellos pertenecieron a aquella generación nutrida por el positivismo, que abrió en Venezuela una nueva manera de mirar la historia y de comprender sus métodos y alcances. El positivismo, en efecto, ha sido entre nosotros una materia de encanto y disputa, un terreno fértil para la polémica. Pero hoy conviene detener la mirada en otro de esos hombres eminentes: un diplomático de palabra pulida y lealtad constante que, al servicio del general Juan Vicente Gómez, honró el nombre de la Patria en los salones de Europa.
César Zumeta vino al mundo cuando la Guerra Federal agonizaba, en 1863. Fue un niño expósito. Se dice que era hijo no reconocido —bastardo— del segundo gran caudillo venezolano del siglo XIX: Antonio Guzmán Blanco, el Ilustre Americano. Sea como fuere, a Zumeta pareció no importarle jamás indagar la verdad. Paradojas del destino: fue el mismo Guzmán Blanco quien costeó sus estudios en Europa, y Zumeta, tiempo después, se encargaría de dirigir contra el guzmancismo sus más severas críticas. Doña Tomasa Zumeta de Foxerost crió al niño en la costa venezolana, en La Guaira, donde ya mostraba señales de un temperamento intelectual: inteligencia aguda y penetrante, la misma que Arturo Uslar Pietri destacaría años más tarde, cuando se conocieron en París. Aprendió latín con un cura local y fue discípulo de maestros que estimularon su talento: Agustín Aveledo, Luis Sanojo, Manuel María Urbaneja y Elías Rodríguez. Se formó bajo dos obras elementales para todo venezolano e hispanoamericano con aspiraciones de virtud: el Compendio de Gramática Castellana de Juan Vicente González, y el Manual de Urbanidad y Buenas Maneras de Manuel Antonio Carreño y Manuel María Urbaneja.

Aprendió alemán gracias a un distinguido doctor de la época, de apellido Knoohe. En Europa residió en la patria de la filosofía moderna, aquella donde los espíritus de Goethe, Schiller, Schopenhauer, Kant y tantos otros moldearon sus obras y se inmortalizaron. Fue en el Viejo Continente donde se fundió con los climas de la educación literaria; vivió y se aventuró entre los grandes clásicos de la filosofía y la literatura. Beowulf, Fausto y los dramas de Lessing, ¿por qué no?, seguramente delinearon sus primeros contornos de saberes fragmentarios, hasta unificar en él una línea conceptual más concisa y acuciosa.
Y, como haría tiempo después un protegido suyo, José Antonio Ramos Sucre, Zumeta fue un explorador de los universos idiomáticos: de la lengua hermosísima de Stendhal a la de Milton. Aunque regresó a Venezuela para cursar Derecho en la Universidad Central, estos estudios quedaron inconclusos; su verdadera formación fue, pues, aquella exploración autodidacta entre los escombros de Europa.
Zumeta fue un liberal convencido que denunció, con vigor, la autocracia, el personalismo y la anarquía que plagaban la República. En su diagnóstico, el país había adoptado como sistema una “dictadura militar interrumpida por revoluciones”, expresión que condensaba, en pocas palabras, la tragedia de una nación que no lograba desprenderse de los hábitos caudillistas heredados de la emancipación criolla. Tal situación, afirmaba, representaba una “franca regresión vertiginosa hacia la barbarie”, un retorno al instinto por encima de la razón, al ímpetu de la fuerza por encima del orden civil.
Para describir esta decadencia, Zumeta recurrió a la metáfora de La Ley del Cabestro, imagen poderosa que condensaba su visión moral y política del país. Según ella, la sociedad venezolana era como un animal sujeto por una cuerda, obligado a “ir adelante”, aunque sin libertad ni conciencia de su propio rumbo. En lugar de un movimiento hacia el progreso, veía en esa marcha forzada un simulacro de civilización, un retroceso disimulado hacia un “nuevo coloniaje”, donde la obediencia sustituye al discernimiento, donde la dependencia se disfrazaba de disciplina.
En su análisis de la historia política venezolana, Zumeta rechazó con firmeza la tesis de que la lucha entre liberales y conservadores hubiera sido una simple farsa, como sostenía Gil Fortoul. Dicha pugna, para él, representaba más que una apariencia partidista: era el reflejo de una fractura profunda en la estructura social del país. Sostenía que Venezuela estaba dividida sustancialmente en dos clases: una minoría apta para gobernar y una mayoría “numerosísima, apta sólo para ser gobernada”. En esa observación, cruda y realista, retrataba la desigual preparación cívica de la nación, incapaz todavía de sostener una vida pública fundada en la virtud y el conocimiento, polos necesarios para una dirigencia competente.
Veía en la Federación un momento simbólico, una comparecencia del pueblo en la escena política, un intento de democratización que prometía inaugurar una nueva era de participación y justicia. Pero esa ilusión —decía— se convirtió en una “mentira inicua”, pues jamás se instauró el municipio autónomo, célula fundamental del poder civil. Al negarse esa base de autogobierno, el país quedó, una vez más, sometido al mando central, perpetuando así la anarquía bajo el disfraz del federalismo. Zumeta comprendió, antes que muchos, que sin educación cívica y sin instituciones sólidas, toda revolución popular termina por reproducir el mismo desorden que pretende abolir.
Una de las ideas cardinales en el pensamiento de Zumeta fue la necesidad de una “revolución del trabajo” y la formación de una conciencia ciudadana. Entendía que el progreso material carecía de sentido si no se acompañaba de una regeneración moral del individuo. En su discurso de recepción en la Academia Nacional de la Historia defendió con elocuencia la “instrucción popular como matriz para la formación de ciudadanos”, convencido de que solo la educación podía convertir al habitante en sujeto político y al súbdito en ciudadano, fundamentalmente.

Es decir, la educación debía ser el gran instrumento de redención, igualdad y libertad civiles, un poder transformador, como también lo expresaría Alberto Adriani en su momento, capaz de levantar sobre el caos social una República ilustrada. Propuso una educación cívica intensiva y extensiva que sustituyera el reclutamiento por el sufragio, es decir, que reemplazara la obediencia militar por la participación consciente. Tal cultura, pensaba, haría imposible la permanencia del cesarismo, porque donde hay ciudadanos instruidos no prosperan los hombres providenciales ni las dictaduras que se alimentan de la ignorancia colectiva. De alguna manera, esta visión puede considerarse una conceptualización viable del etnarca robinsoniano: la idea de una nación etológica, fundada en la educación y la ilustración de sus ciudadanos.
Zumeta, como Simón Rodríguez, creía que la redención política no surge de la fuerza ni del azar histórico, y sí por medio del cultivo del hombre. Ambos entendieron que la república no se decreta, se educa; que el orden civil y la libertad no se sostienen en el miedo ni en la obediencia, sino en la conciencia moral y el trabajo creador.
La “revolución del trabajo” que proponía Zumeta dialoga directamente con la utopía pedagógica de Rodríguez: una nación que se construye desde el ejemplo y la instrucción, donde la ciudadanía no es una condición heredada: es una gran y maravillosa conquista espiritual del hombre venezolano.
Faltaría agregar algunas consideraciones sobre la obra que lo elevó al rango de autor reconocido, El continente enfermo. Pero ese tema, por su vastedad y hondura, habrá de quedar reservado para una pieza aparte, pues dicha obra merece una atención cuidadosa y un desenvolvimiento más amplio, no una mención pasajera que podría deslucir su aparición en esta semblanza.
En cuanto a su vinculación con el gomecismo, Zumeta, al igual que otros pensadores formados en la corriente positivista, justificó la dictadura del Benemérito como una etapa necesaria para garantizar el orden y el progreso venezolano. Veía en el gomecismo un mal transitorio pero útil, una pausa indispensable en medio de la anarquía nacional que buscaba comerse, de manera casi literal, al país.
Y, más allá de haber sido un ferviente opositor a Guzmán Blanco y a toda forma de autocracia, el logro de la pacificación alcanzada por Gómez le pareció una “ganancia pura”, un respiro histórico que, según él, permitiría modernizar la nación y fundar sobre la estabilidad victoriosa el edificio de la civilización venezolana, y así lo fue hasta el derrocamiento de Isaías Medina Angarita. Pues, la paz no era una renuncia a la libertad, tiene que ser comprendida, en cambio, como condición previa para ejercerla.

Esa adhesión parcial al orden gomecista no fue un acto de servilismo mugriento, se palpa, evidentemente, como consecuencia lógica de su visión evolucionista de la historia: antes del ciudadano debía formarse el orden, y antes del orden, el trabajo. Creía que sólo en la calma del mando férreo podían germinar las instituciones que, con el tiempo, harían posible la vida democrática e institucional.
Zumeta fue también un maestro diplomático, en su mayor parte, entre Europa y los Estados Unidos. Su nombre se asocia a las grandes misiones internacionales del período gomecista, donde actuó como diplomático, estratega político y consejero del régimen. Fue designado Ministro Plenipotenciario en México entre 1890 y 1892, y más tarde, bajo el gobierno de Gómez, ejerció como Ministro de Relaciones Interiores entre 1913 y 1914, antes de iniciar su prolongada etapa diplomática en el exterior.
Entre 1915 y 1935, en esos veinte años, su actividad internacional estuvo marcada por una doble vocación: la defensa de los intereses económicos del país y la consolidación del prestigio venezolano ante el mundo. En materia económica, Zumeta abogó por lo que él mismo denominó la “defensa económica de Venezuela”. En 1920 redactó un informe fundamental sobre la legislación petrolera, en el que propuso inspirarse en las leyes de los Estados Unidos para atraer “capital extranjero bien intencionado”. Con aguda previsión, advirtió que el auge del petróleo transformaría la estructura política nacional, desplazando a los viejos caudillos rurales por una nueva clase dirigente, formada ya no por hombres de lanza y sable, sino por los hombres modernos del cálculo y la administración.
Durante la Primera Guerra Mundial, recomendó al general Gómez mantener la “perfecta neutralidad” como única vía para resguardar los intereses económicos y la estabilidad nacional. Tal prudencia, más que un gesto de cobarde aislamiento, era una forma de diplomacia silenciosa, mesurada, que buscaba preservar la soberanía venezolana en medio del reacomodo mundial que se gestaba por entonces.
Años después, su carrera alcanzó su punto más alto cuando fue designado delegado permanente de Venezuela ante la Sociedad de las Naciones en Ginebra. En noviembre de 1930 presidió el Consejo de dicha institución, un hecho que consideró un “alto honor” no sólo personal, sino nacional, pues simbolizaba el ingreso de Venezuela al concierto moral de las naciones civilizadas.
Pero ese distinguido rol diplomático no se limitó a la mera representación formal. Tras los sucesos estudiantiles de 1928 en donde una turba de estudiantes salieron a las calles a gritar en contra de la dictadura organizadora, Zumeta desempeñó una labor de propaganda en Europa, procurando contrarrestar los informes adversos al régimen gomecista y alertar sobre la infiltración bolchevique entre los jóvenes hispanoamericano, algo que no era raro ni ajeno. En esos años turbulentos, fue más que un funcionario de puesto: un ideólogo del orden, convencido de que el peligro del extremismo debía conjurarse no sólo con fuerza, sino con cultura política y disciplina nacional, y esa visión, evidentemente, estuvo coherente los tiempos venezolanos de la época.
A pesar de su fama de “hombre parco y modesto”, César Zumeta ejerció una influencia invisible pero muy decisiva sobre varios jóvenes venezolanos que, en los años veinte y treinta, se formaban en Europa. Creía con firmeza que el deber moral de los hombres instruidos era ofrecer oportunidades a los jóvenes modestos, para que, a través del estudio y del esfuerzo, revelaran su inteligencia y sirvieran a la patria desde la cultura, como él mismo lo hizo.
Entre esos jóvenes se encontraba Arturo Uslar Pietri, jovencísimo escritor y aspirante a ser personalidad destacada en Venezuela quien, al llegar a París en 1929 como Agregado Civil, fue recibido por Zumeta, entonces Ministro Plenipotenciario. De inmediato lo designó su secretario. Durante los dos años que trabajaron juntos, más que un vínculo frío y burocrático se estableció entre ellos una relación de maestro y discípulo muy genuina en su hacer diario. Uslar evocará luego aquellas “dilatadas conversaciones”, verdaderos diálogos pedagógicos donde Zumeta le hablaba de Venezuela, de la realidad europea y de los destinos del continente. Recordaba en él a un hombre de inteligencia penetrante, de precisión conceptual y elegancia en el lenguaje: un modelo de civilidad intelectual.
También mantuvo un vínculo cercano con Laureano Vallenilla-Lanz Planchart, a quien recibía con frecuencia en París. Con su mezcla habitual de pesimismo y lucidez, Zumeta le aconsejaba dedicarse a las Letras o a la Historia, y le advertía —con amarga franqueza— que “las altas posiciones oficiales en Venezuela no son para los mejores”. Le ayudó incluso a conseguir un nombramiento ad honorem ante la Sociedad de las Naciones en Ginebra, gesto que abría al joven las puertas del mundo diplomático. Le repetía, como si dictara un lema moral, que el destino del venezolano debía ser “vivir en un país culto”, antes que ambicionar el poder que envilece con el tiempo. Su casa en París se convirtió en un punto de apoyo para los compatriotas que buscaban orientación o ayuda, y él siempre los recibía, reconociendo en ellos a sí mismo, en su antigua y lejana juventud.
Hacia José Antonio Ramos Sucre, hondo abismo de visiones y personalidades, el más grande de los poetas venezolanos, Zumeta profesó una “invariable simpatía”. Lo trató “como a un hijo” durante la estancia del poeta en Ginebra, una etapa marcada por la enfermedad y el desamparo. En él encontró Ramos Sucre un protector y un interlocutor sensible, capaz de comprender la hondura de su melancolía y su genio. Aunque, para mal de todos, no pudo detener la agonía perpetua del cumanés, que terminaría por quitarse la vida.
Zumeta vivió sus últimos años en París, en circunstancias considerablemente modestas. Enfrentó dificultades económicas que lo llevaron a reflexionar, con tristeza, sobre la falta de apoyo que la patria brinda a sus intelectuales. Su sustento final provino de una pensión conseguida gracias a la mediación de Alberto Zérega Fombona ante el gobierno de Marcos Pérez Jiménez, en reconocimiento a su labor diplomática y al honor que representó para Venezuela haber presidido el Consejo de la Sociedad de las Naciones. Murió lejos de su tierra, había contemplado al país desde Guzmán Blanco a Pérez Jiménez, con la serenidad de quien había servido a la inteligencia y al orden con una fe casi religiosa.



Excelente artículo Dios te bendiga