El rucio de la guerra y el blanco de la gloria: la verdadera coloración de la epopeya

Tras una revisión exhaustiva de la correspondencia, proclamas y documentos administrativos dictados por Simón Bolívar, no se encuentra ni una sola mención que confirme que el Libertador montara un caballo blanco. En los archivos que componen su legado documental, el registro de sus cabalgaduras se limita a aspectos logísticos y operativos, tratando a los animales como recursos críticos para la movilidad de las tropas más que como símbolos estéticos. Las cartas dirigidas a generales como Santander o Sucre evidencian una preocupación constante por la falta de suministros, la fatiga de las bestias y la necesidad de reponer caballada resistente para las duras campañas andinas, mencionando a menudo mulas y caballos de paso sin especificar pelajes claros.

La figura del caballo blanco es, por tanto, una construcción de la iconografía romántica y la pintura épica posterior a su muerte, diseñada para asimilar su imagen a la de los grandes conquistadores europeos. En el rigor de las fuentes primarias, Bolívar describe una realidad mucho más pragmática: caballos agotados por el barro y el páramo, donde un color tan llamativo habría resultado, además, un riesgo táctico innecesario frente a las guerrillas realistas. La ausencia de este detalle en sus escritos personales refuerza la tesis de que el “caballo blanco” pertenece al terreno del mito nacionalista y no a la crónica directa de sus vivencias.

Al examinar las Memorias del General O’Leary, una de las fuentes primarias más detalladas por la cercanía de su autor con el Libertador, se confirma que el mito del caballo blanco carece de sustento en el registro de los testigos directos. Daniel Florencio O’Leary, quien fungió como edecán de Bolívar y documentó minuciosamente las campañas, no describe en sus diarios ni en su extensa narración de los hechos que el prócer tuviera predilección por caballos de pelaje blanco. Por el contrario, sus crónicas enfatizan la precariedad de los recursos; O’Leary relata cómo Bolívar y su estado mayor debían conformarse con las bestias que lograran sobrevivir a las marchas por el páramo o las inundaciones de los Llanos, donde el color era irrelevante frente a la resistencia.

Incluso en los pasajes donde O’Leary describe la entrada triunfal de Bolívar en ciudades como Bogotá o Caracas, se centra en la ovación del pueblo y el carácter del líder, omitiendo cualquier detalle sobre un corcel blanco que, de haber existido, habría sido un elemento visual digno de mención para un cronista tan observador. El edecán se refiere a los caballos del ejército como animales sufridos, a menudo “extenuados” o “enfermos”, lo que refuerza la idea de que la imagen del caballo blanco es una añadidura romántica posterior, ajena a la realidad táctica y física que O’Leary vivió y puso por escrito.

Es curioso, pero en sus memorias, específicamente en su Autobiografía, Páez cuenta que durante su primer encuentro en el Hato de Cañafístola en 1818, los papeles estaban invertidos respecto a la imagen tradicional que tenemos hoy. Páez relata que él mismo era quien iba montado en un caballo blanco y vestía un dolmán rojo, mientras que describe a Bolívar llegando sobre un potro rucio (un caballo de tono grisáceo o manchado).

Vuelvan Caras, de Arturo Michelena

En el caso de Santiago Mariño, la situación es muy distinta a la de Páez. No existe una anécdota similar sobre un caballo blanco en sus registros porque lo que conocemos como sus “memorias” son, en realidad, un “diario de operaciones militares” y un extenso archivo de correspondencia oficial.

Mientras que Páez escribió una autobiografía con un tono narrativo y casi legendario, los escritos de Mariño se centran en la logística, los despachos de guerra y la defensa del Oriente venezolano. En sus documentos no hay espacio para descripciones cromáticas de las cabalgaduras o detalles pintorescos sobre la montura de Bolívar; su enfoque es estrictamente administrativo y táctico. Mariño era conocido por su elegancia y su afición por los buenos caballos, pero esa faceta quedó plasmada más en los testimonios de cronistas externos que en sus propios papeles de guerra.

Santiago Mariño, por Martin Tovar y Tovar

En las memorias de Pablo Morillo la imagen de Bolívar sobre un caballo blanco brilla por su ausencia; de hecho, el relato del general español es famoso justamente por lo contrario. En sus registros sobre la histórica entrevista de Santa Ana en 1820, Morillo describe su absoluta sorpresa al ver llegar al Libertador con una apariencia que le pareció casi insignificante.

Morillo, acostumbrado a la etiqueta de los ejércitos europeos, esperaba encontrarse con un general rodeado de una escolta brillante y montado con gran pompa. En cambio, dejó escrito su asombro al ver aparecer a un hombre pequeño, vestido de forma sencilla con una levita azul y una gorra de campaña, que venía montado en una mula (o un caballo muy modesto, según la versión del encuentro). Es célebre su reacción de incredulidad al preguntar si “aquel hombre” era realmente el famoso Bolívar.

Aunque tras el abrazo de reconciliación Morillo le regaló a Bolívar uno de sus mejores caballos de guerra, en sus memorias no hace hincapié en colores legendarios ni en simbolismos como el del caballo blanco. Sus escritos tienen un tono mucho más técnico y defensivo, buscando justificar ante la Corona española por qué no pudo derrotar a las tropas patriotas, a quienes sí reconocía una superioridad táctica en su caballería, pero sin detenerse en la estética de sus líderes.

Esta mención es célebre entre historiadores porque rompe con el mito iconográfico de Bolívar siempre sobre un corcel blanco, al menos en esa etapa de la guerra. Según el relato de Páez, su intención era impresionar al Libertador con la estampa del “Centauro de los Llanos”, mientras que Bolívar mantenía un estilo más austero para la travesía. La famosa historia de Palomo, el caballo blanco de Bolívar, es un evento posterior que ocurre tras la Campaña Libertadora de 1819.

Para encontrar el rastro del caballo blanco en fuentes primarias (documentos escritos por testigos directos en el momento de los hechos), hay que diferenciar entre la crónica militar y la anécdota personal.

El testimonio de Daniel Florencio O’Leary

En sus famosas Memorias, O’Leary es quizás la fuente primaria más detallada sobre la vida diaria del Libertador. O’Leary confirma que el caballo preferido de Bolívar durante gran parte de la campaña no era blanco, sino un rucio (gris claro o moteado). Lo llamaban el “Rucio de la Guardia”. Describe a Bolívar como un jinete incansable que prefería caballos resistentes y veloces sobre los puramente estéticos. Menciona que el Libertador cuidaba personalmente de sus monturas, pero sus descripciones suelen centrarse más en la resistencia del animal que en su color “heroico”.

El Diario de Operaciones de la Campaña de 1819

Existen registros de la travesía de los Andes donde se menciona la pérdida masiva de ganado y caballada debido al frío del Páramo de Pisba. Las fuentes primarias de este periodo (cartas y boletines del ejército) describen que Bolívar llegó a la Nueva Granada con caballos agotados y tuvo que pedir monturas a los pueblos locales.

El registro de Santa Rosa de Viterbo

 

Es aquí donde surge el documento o registro local que menciona a Casilda Zafra. Según la tradición recogida por cronistas locales poco después de la guerra, existe constancia de que Bolívar recibió un potro en esta zona. Aunque la “profecía” de Casilda tiene tintes de leyenda, el hecho de que se le entregara un caballo joven y claro (blanco/palomo) en ese punto de la campaña está respaldado por la tradición oral que fue documentada por los primeros historiadores de la República.

Las cartas de los oficiales británicos

Oficiales como Richard Vowell o James Rooke, que escribieron diarios y cartas sobre sus experiencias en la Legión Británica, coinciden con Páez en un punto clave: Describen a los líderes patriotas como hombres que usaban caballos pequeños y fuertes, típicos del llano, que no se parecían en nada a los grandes corceles blancos de las pinturas europeas de Napoleón.

El Archivo de Bolívar (Correspondencia)

En las cartas dictadas por Bolívar, hay menciones a sus caballos, pero suelen ser de carácter logístico: Instrucciones para que se le cuiden “sus rucio” o peticiones de caballos “de buen paso”. No existe una carta de puño y letra de Bolívar que diga “hoy monté mi caballo blanco Palomo”, ya que él veía a sus caballos como herramientas de guerra esenciales, más que como símbolos de propaganda.

Como hemos podido observar, las fuentes primarias más rigurosas (como O’Leary y los boletines militares) apuntan a que el color real de sus caballos de batalla era frecuentemente el rucio, mientras que el “blanco inmaculado” es una construcción que empezó a ganar fuerza en la pintura oficial y la tradición popular poco después de la independencia para elevar su figura a un nivel casi místico.

Bolívar en Carabobo, de Arturo Michelena

Calificar lo de Casilda Zafra y el caballo Palomo es entrar en el terreno donde la historia se funde con la mitología fundacional. Dependiendo del rigor con el que se mire, se le puede dar distintas etiquetas:

La tradición oral documentada no es un “cuento” inventado recientemente, sino una tradición que se recogió de boca de los habitantes de Santa Rosa de Viterbo poco después de la guerra. Para los historiadores locales, es un hecho real con adornos poéticos. Existe constancia de que Bolívar pasó por allí y que recibió caballos de la población para reponer su maltrecha caballería tras cruzar los Andes.

La leyenda hagiográfica se acerca a la “hagiografía” (historias de vidas de santos) porque añade un elemento profético, el sueño de Casilda sobre un caballo blanco que llevaría a un libertador. Este tipo de relatos sirven para dar un aura mística a los héroes, sugiriendo que su destino ya estaba escrito o bendecido por el pueblo.

La construcción de identidad nacional más que un simple cuento, es un mito de origen. Las naciones necesitan símbolos visuales potentes. El “Palomo” de Casilda permitió que Bolívar tuviera su equivalente al “Marengo” de Napoleón. En las fuentes primarias de los oficiales (como O’Leary), se habla de caballos rucios y de batalla, pero la historia de Casilda le da al pueblo llano un papel protagonista en la epopeya: el caballo del Libertador fue un regalo de una campesina, no un lujo de la aristocracia.

Es probable que el regalo existiera (un potro joven), pero su transformación en el caballo blanco inmaculado que aparece en los óleos de Tovar y Tovar, Michelena o Tito Salas es un proceso de embellecimiento posterior. La realidad de la guerra era de barro, sangre y caballos rucios (grises) sucios, pero la memoria histórica prefirió la pureza del blanco de Casilda.

Es una leyenda con base histórica. Es el punto exacto donde la realidad de un suministro militar se convirtió en un símbolo sagrado para Colombia y Venezuela.

Referencias:

Academia Boyacense de Historia. (s.f.). Registro y tradiciones de Santa Rosa de Viterbo: El obsequio de Casilda Zafra al Libertador [Registro local de la tradición oral documentada]. Tunja, Colombia. Disponible en: https://www.boyaca.gov.co/

Bolívar, S. (s.f.). Archivo del Libertador (Correspondencia, proclamas y documentos administrativos sobre logística y recursos de guerra). Caracas, Venezuela. Disponible en: https://www.archivodellibertador.gob.ve/

Morillo, P. (1826). Memorias del General Pablo Morillo (Relato de la entrevista de Santa Ana y descripción del Libertador). Madrid, España. Disponible en: https://bibliotecadigital.aecid.es/

O’Leary, D. F. (1879-1888). Memorias del General O’Leary (Narración detallada de las campañas y el “Rucio de la Guardia”). Caracas, Venezuela: Imprenta de “El Monitor”. Disponible en: https://archive.org/details/memoriasdelgener01olea

Páez, J. A. (1867). Autobiografía del General José Antonio Páez (Relato del encuentro en el Hato de Cañafístola). Nueva York, EE.UU.: Hallet y Breen. Disponible en: https://archive.org/details/autobiografadel00pezgoog

República de Colombia. (1819). Diario de Operaciones de la Campaña de 1819 (Boletines del ejército y registros de la travesía de los Andes). Bogotá, Colombia. Disponible en: https://www.banrepcultural.org/

Vowell, R. L. (1831). Memorias de un oficial de la Legión Británica (Cartas y diarios sobre los líderes patriotas y sus cabalgaduras). Londres, Reino Unido. Disponible en: https://books.google.com/

José David López
José David Lópezhttps://venezuelainmortal.com
Profesor de Geografía e Historia del Instituto Pedagógico “Rafael Alberto Escobar Lara” de Maracay, MSc. en Educación mención Educación Superior. Docente de Investigación del Departamento de Componente Docente del Pedagógico de Maracay, Miembro Correspondiente de la Academia de la Historia del Estado Carabobo, Jefe del Consejo de Honor de la Sociedad Divulgadora de la Historia, Miembro del Comité Académico de Fundación Venezuela Inmortal.

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