Opinión | ¿Podrá Venezuela acabar con sus “cerros”?

La respuesta corta es no, y la respuesta larga es tampoco (al menos sin un cambio cultural relevante que podría tomar décadas, si tiene continuidad).

En Venezuela el cerro dejó de ser hace tiempo un problema urbano para convertirse en una institución política. No es solo es un tema geográfico, es una cantera electoral, una estructura clientelar y la reserva estratégica de votos desde que a los partidos -del color que sean- se les ocurrió prostituir el sistema republicano de una manera tan miserable, donde aprendieron que un cerro no se planifica, se administra.

Hubo un momento —breve y casi olvidado— en que la idea era erradicarlos, y casi se logra, gracias a la voluntad política y la petrochequera -era plena guerra fría, no pidan mucho más- lo complejo estaba en integrar a la gente a la ciudad formal, construir vivienda o motivar a la construcción privada y la competencia. Pero eso exigía responsabilidad administrativa, continuidad y dinero bien invertido. Mucho más fácil resultó otra cosa, permitir que crecieran y, de vez en cuando, “ayudarlos” a crecer.

Porque el cerro no se expandió solo por pobreza. Se expandió también por conveniencia. Cada elección traía su kit de supervivencia política: láminas de zinc, bloques, promesas, cables improvisados, conexiones “temporales” que llevan décadas. Entre Rómulo Betancourt, Rafael Caldera, Raúl Leoni, Carlos Andrés Pérez, Jaime Lusinchi, Luis Herrera Campins, Hugo Chávez y Nicolás Maduro, juntos como equipo, entendieron algo fundamental: un voto hoy vale más que una ciudad planificada mañana.

En Caracas sobre todo esto se volvió paisaje. Lo que empezó como asentamientos precarios terminó transformándose en cinturones humanos prácticamente imposibles de revertir. No porque no se pudiera intervenir, sino porque nadie quiso pagar el costo político de hacerlo en serio. Urbanizar exige disciplina; clientelizar solo exige campaña.

Y ahora aparece un problema más complejo: la identidad. Hay gente orgullosa de su cerro. Orgullosa por nostalgia, por pertenencia… o porque durante años se nos obligó a romantizar la pobreza hasta convertirla en relato épico. El rancho como símbolo de resistencia, la precariedad como autenticidad, la carencia como virtud moral.

Y allí está el nudo. ¿Cómo desmontas un problema urbano cuando millones de personas lo sienten como parte de su historia, de su comunidad y de su dignidad?

No se trata de “acabar con el cerro”. Eso es retórica vieja y, además, inútil. Se trata de acabar con la necesidad de que exista como forma obligada de vivir.

Porque mientras el cerro sea identidad, refugio y estructura política al mismo tiempo, seguirá creciendo. Y mientras siga siendo rentable electoralmente y emocionalmente defendible, nadie va a tocarlo de verdad.

La verdadera pregunta no es si Venezuela puede eliminar sus cerros, sino si puede superar el modelo que los hizo inevitables y luego útiles. Porque los cerros no son solo urbanismo fallido, son décadas de incentivos perversos convertidos en paisaje humano. Ninguna retroexcavadora resuelve eso. Ningún plan de vivienda aislado lo cambia. Ningún discurso lo desarma.

Solo ocurre cuando vivir en un cerro deja de ser destino, deja de ser herramienta política y deja de ser identidad obligada. Cuando mudarse a la ciudad formal no signifique traicionar el origen, sino ampliar las posibilidades.

Ese día, los cerros no desaparecerán de golpe. Pero empezarán a dejar de crecer. Y en Venezuela, que algo deje de crecer por fin ya sería, en sí mismo, una revolución silenciosa.

Francisco Pérez Alviárez
Francisco Pérez Alviárez
Periodista de investigación, maestrando en historia, director de Venezuela Inmortal. Productor y promotor cultural.

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